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domingo, 23 de octubre de 2016

EL HIPOCRITATICO

EL CÓDIGO HIPOCRITATICO

La primera vez que lo vi a Alejandro fue en una oficina en el séptimo piso de una de las instituciones más importantes de la región. Tenía la pinta de un ejecutivo en sus primeras batallas. Los lentes orgánicos. Los pantalones de tela. La camisa y la corbata. Algo no calzaba en su personalidad. Era evidente. Su amabilidad. Sus ganas de caerle bien a todo el mundo. No hacía mucho esfuerzo. De hecho, nunca le pregunté cómo había llegado allí. 


 Años después lo veo sentado a la entrada del set de televisión. Tuitea o facebookea algo. Siempre está atento a las redes.  Ya no trabaja en el séptimo piso de las torres empresariales. Es músico. Es cantante de su propia agrupación y, está a punto de presentar un tema que escribió e interpreta como nadie más puede hacerlo. El es Alejandro Apodaca. De Villamontes para el mundo diría él. No sé exactamente en qué tono, pero me imagino que puede llegar muy lejos. Siempre se lo he dicho. Desde esa vez que lo vi subido en el escenario cantando como telonero de calle 13, robándose el show y marcando una tónica que ningún artista local tiene.




Tiene 28 años, o tiene menos, parece que tiene menos, pero lo que propone lo hace ver un tipo serio, comprometido con lo que hace y con lo que piensa. No es político ni anarquista. Es de la forma como yo lo veo. Después de esa foto que se me quedó en la cabeza de ejecutivo joven aprovechando cada apretón de mano para escalar; a esta estampa de hip hopero o algo parecido. Tiene su estilo. Su look negro. Su gorra torcida. Sus ojos anclados en el escenario.

Toma el micrófono. Entra al estudio. Habla sobre su proyecto. Canta su canción. Explota la consola. Canta diferente y nadie le puede negar que cuando llega al clímax de la canción es difícil no entender de qué habla. Al principio no entiende que es lo que pasa, pero luego se da cuenta que está apretando la atención de todos. Es el cantante de Doble A interpretando Hipocritático. Un tema de su autoría. Habla sobre lo mal que está el sistema de salud. Su campaña denominada “Me enferma” trata de concienciar a la gente para que tome las armas de la voluntad y comience a exigir su derecho a una mejor ley, a una mejor atención, a no morir en los quirófanos por negligencia o en las salas de emergencia por mala atención. Es el dolor que todos vemos cada vez que salen en las noticias las victimas de este flagelo. Muchos han sido parte de este proceso infeccioso. Es una herida que tenemos todos y que no sabemos cuándo empieza la putrefacción.



Termina la entrevista. Se baja del set. Mandan al corte y excitado o exaltado baja bronceado por las luces calientes de la televisión. Es exposición a full de lo que piensa y como lo expresa es como una ametralladora botando con humo las balas, mil por segundo, agujereando los sentidos y temiendo que el mensaje pueda desangrar a más de una víctima negligente de sus ataques metafóricos. No es cinismo. No es comunismo. Socialismo o algunos de estos últimos istmos que hemos vivido. Es lo más parecido a una protesta ciudadana de boca de uno de los artistas que está por despegar hacia otros universos.



Agarro la cámara. Trato de documentar todos sus gestos. Se acerca al lente. Sabe que ahí detrás de ese foco puede llegar a miles de personas y lo hace porque lo lleva en el espíritu comunicarse con todo lo que es él. El  Hipocritático que todos tenemos. El juramento hipocrático no es nada. Es el otro el que vale. El de la conciencia. El que busca que todo se pueda hacer de una mejor manera. Al menos Alejandro lo intenta. Ahí, bien por él. Y por todos los que podamos hacer lo mismo.

El Hipocritático lo podés encontrar en su cuenta de Facebook o youtube y es fácil dar con él. Seguilo.



viernes, 7 de octubre de 2016

NO ME VOY A RENDIR

No me voy a rendir.  Voy a continuar. Sé que es difícil. Pero nadie dijo que iba a ser fácil.


Detrás de ese escritorio. Del escritorio de Barthez, me había prometido, que iba a salir de allí victorioso. Nada de megalomanías ridículas, ni frases hechas de paulo Coello o algún otro aventurero de los intensivos de autoayuda. No era fácil y nunca lo fue. Las cosas están difíciles. Hacer empresa en este país es parir problemas.  Un lugar donde los impuestos son los más altos de la región. Donde las principales empresas del estado se niegan a ser eficientes o a combatir la corrupción. Donde las empresas privadas se contagian de esas negligencias. Cada día vemos como muere gente por ineptitud de los que deben crear políticas de estado para mejorar el buen vivir de todos.

No era fácil. Nunca lo fue.


Vivimos en una sociedad donde la mediocridad está socialmente aceptada. La búsqueda de que mejoren las cosas. La autorrealización está mal vista. Ser propositivo. Generar empresas es la cúspide de toda persona que quiere crecer. Luego encontrarse con las trabas de la formalidad, dan ganas de pasarse a las filas de los asalariados de un sueldo pobre y triste. Y es que los hombres que manejan las finanzas de las empresas entienden que vivimos en una ciudad cara por culpa de que la gente se fue a vivir muy lejos. Muchos vienen al centro a sus fuentes laborales. Los sueldos no alcanzan. Las frustraciones aumentan. Adónde vamos a parar.

Cuánto quiere ganar o cuánto quiere perder.

Esa es la cuestión. Vamos a pedirles a todos que se maten trabajando hasta 12 horas de lunes a sábado, para obtener un sueldo de mierda. Es tan pobre que las leyes que lo sustentan están apoyadas en conceptos retrógrados y sacados de una especie de caja ficticia del pasado siglo antepasado. No quiero caer en las exageraciones pero, no cuesta nada entender que una persona tiene que gastar por día más de 20 dólares. Entonces ahí te sientas a escuchar a los organismos internacionales decir que la gran parte de los habitantes de este país, han salido de la extrema pobreza. 20 dólares por día son 600 al mes. Un trabajador promedio gana 300. Como es posible que tengamos ofertas de préstamos a tasas exageradamente altas. Irrisorias. Tasas del 23 % anual. Dejémonos de huevadas. En este país se aprovecha de la gente. Que lo único que sabe hacer es trabajar. Miles y miles de bolivianos suben a micros, buses, taxis, caminan, van en bici, a pie, en lo que sea, a un trabajo que los humilla. Luego, con el miedo de fracasar, se endeudan a una banca pyme. Se esfuerzan el doble. Solo para pagar la cuota del banco y lo que sobre en comida. Y si alcanza para algo más, en fiesta.




miércoles, 5 de octubre de 2016

LA LIMOSNA NUESTRA DE CADA DÍA

Hay 100 mil bolivianos dando vuelta en la ciudad. No hablo de personas, sino de bolivianos, moneda oficial de Bolivia. En Santa Cruz de la Sierra, cada día – pienso – se entregan cien mil bolivianos. Pasan de una mano a otra.

Las manos se encuentran al lado de la acera. Las otras, se encuentran agarrando el volante. O la cartera. O están de pasajeros. Las donaciones de a pie. Esas que se hacen cada día. De un momento a otro. Se hacen por lástima. Por caridad. Por obediencia católica. Religiosa. Estado mental. Lo que sea. Se hace. Algunos se aprovechan. Otros lo necesitan de verdad.

Entre los que extienden la mano están: los ancianos. Personas de la tercera edad que están en las calles pidiendo limosna. Se sostienen por un bastón. Por sus arrugas en la cara. Por la enfermedad que se les nota. Ellos caminos lento.  Se apegan a los vehículos casi arrastrándose. Van a pie. Van en silla de ruedas. Van tirados en la acera.

Los otros, son los que están al otro lado de línea de tiempo. Esos son los niños. Las niñas. Que sometidos por un trance diario, asoman sus caritas por las ventanillas de los vehículos. Miran adentro. Como si fuera otro mundo. Asoman su nariz. Dejan ver sus ojeras. Sus ojos tristes. Se alejan poco a poco. Pero dejan húmedo el vidrio. Siempre extienden la mano. Desdibujada la sonrisa. La mirada está algo perturbada. No entienden porque lo hacen, pero lo hacen. Muchos de ellos juegan mientras a pedir. Da el semáforo en verde y vuelven al palito y tierra. A la tuja de esconderse entre los autos estacionados. Ellos están semidesnudos. Con la pancita al aire. Con los mocos que le caen por la boca.

Los discapacitados. Ellos también dejan las manos abiertas para que les caiga un par de quintos de esa torta de más de cien mil – imagino que son cien, pueden ser más-  algunos están postrados en sillas de rueda. Otros se sostienen en muletas. Caminan desprovistos de ritmo, no tienen partes del cuerpo esenciales para trabajar. Están lisiados. Derrotados de sus armas principales. Sin manos. Sin piernas. Sin ojos. Caminan por las calles. Se arriman a los pasos cebra. Allí dan de comer a sus ilusiones. Se corrompen. Olvidan sus desgracias. Se dejan tentar por el dinero fácil. Sobreviven pidiendo lástima de los demás. Porque ser discapacitado para algunos es el fin del mundo. No para todos. Si para algunos que ven una oportunidad de tocar el corazón y el bolsillo del ciudadano.

Están los locos. O los que se hacen los locos. Hablan y gritan. Vociferan y esquizofrénicos aceleran el paso de muchas personas que se topan con ellos en las aceras. Muchos no lo son. Se esmeran a  escribir un cartelito. A disfrazarse de ciego. A venderse como paralítico. Enfermo. Muchas familias viven de eso. De actuar a los demás para que les de pena y, saquen del quintero unas monedas. Es algo aberrante, simulan estar enfermos de la cabeza para que no les de remordimiento luego, cuando les toque confesarse  y pedir perdón.


Cien mil bolivianos. O cien mil dólares. O cien mil intenciones de hacer plata cada día. 
(aclaro que el dato es netamente ficticio, no comprobado. Es una aproximación de la cantidad de veces que donamos cada día, peso a peso, a personas que se nos acercan en la calle a pedir limosna. Personalmente yo solo doy a las personas de la tercera edad)


lunes, 3 de octubre de 2016

LOS BANCOS SE CREEN DUEÑOS DE NUESTRA PLATA


Son las 11 de la mañana de un lunes. Comienzo la semana y no tengo efectivo. Paso por una empresa a retirar un cheque de unos servicios prestados. Y decido: opción número 1- volver al parqueo a recoger el vehículo e irme a recoger a los chicos al colegio. Opción número 2 – Caminar 8 cuadras hasta el banco más cercano a cambiar en efectivo el cheque. Decido la opción  número 2.


No importa. Lo pude haber hecho de manera diferente. Cambiar la ruta. Entrar a un autobanco. Hacerlo en otro momento. Pero no, decido la opción número 2, mido mis tiempos. Camino rápido. Sudo un poco. Grabo el proceso a medias. Estoy apurado. Los minutos avanzan rápidamente. Tal vez no llegue a tiempo al colegio. Eso me estresa.

Verifico el cheque. Miro el logo del Banco Mercantil Santa Cruz. Reviso en mi billetera mi carnet de identidad. Esta todo en orden. En ese momento pienso. Para cambiar el cheque necesito más tiempo del requerido. Así que decido utilizar mi tarjeta de débito del banco. Es más fácil y seguro lo hago más fácil. Mi tarjeta de débito del banco está gastada porque siempre la llevo en la billetera. Es algo que se gasta con el tiempo. A todos nos pasa. Se borran los números. La banda magnética también sufre daño. Incluso el pequeño chip que lleva inserto. Pero no importa. Pienso de todas maneras entrar al cajero y retirar efectivo.

Llego al banco, donde tengo mi cuenta. Entro al cajero automático. Y lo que me preocupaba. El lector del cajero no lee mi tarjeta. Salgo del cajero. Miro hacia adentro del banco. No había nadie haciendo fila ni esperando. Entro y saco mi ticket para ser atendido. Me llama el cajero número 1. Me saluda amablemente. Un joven de unos 21 años. Pareciera que tiene menos. Lo miro y le entrego mis documentos: Carne de identidad y tarjeta de débito. Me pide deslizar la tarjeta por la maquinita donde meto el pin. Le digo que es en vano, ya que siempre me rechaza el artefacto. Porque la tarjeta está gastada, el lector de la cinta magnética no  la lee. Me mira insistiendo en que realice la operación. Lo miro y pienso. Hago la operación y verá que no pasa nada. Entonces me hará la operación manualmente. Error. La máquina dio otra vez error y el chico que me atendía en la caja también. Llamó a la supervisora. Una joven, bajita y menuda. Con lentes negros que le tapaban media cara. Le explico la situación y me pidió hacer de nuevo la operación. Obedecí como mero trámite esperando que ella diera la señal de aprobación de que realice la operación manualmente. Pero para mi sorpresa, al estilo de funcionario público mal pagado. Me dijo. Señor, tiene que cambiar su tarjeta. Le costará Bs. 80. De otra manera no podemos atenderlo.

Pero como, pensé. Sin alterarme decidí que me devuelva la tarjeta. Salí del banco profiriendo algunas malas palabras pero en silencio. Caminé las 8 cuadras que habían de diferencia entre la sucursal y la central del Banco Mercantil Santa Cruz. Entré. Saqué mi ticket. Por suerte había poca gente esperando. Me tocó la ventanilla 5. Una joven muy amable me atendió. Me preguntó que operación iba a realizar. Le dije retiro. Le di el monto.  Me pidió mis documentos. Agarro mi tarjeta de débito y sin pedirme que deslice la tarjeta por la cinta magnética, procedió a entregarme el dinero que le había pedido de mi caja de ahorro.

Fin de la historia.


sábado, 24 de septiembre de 2016

EL VIDEO ES EL REY DE CONTENIDOS


Cómo crear una historia de la nada. Cómo llevar por un camino que no se tiene definido a una audiencia que espera ser transportada mediante imágenes y audio a otro mundo – realismo mágico-.

En 1982, Gabriel García Márquez ganaba el premio nobel de Literatura por haber transportado a sus lectores a un mundo que él solo conocía y que de cierta manera salió de su cabeza. Su creatividad fue en aumento desde el día que comenzó a escribirla. Según dicen los artículos de prensa y biografías de el Gabo. Ese viaje que realizamos como creadores de contenidos lo puede hacer cualquiera que determinando a fuerza de voluntad, sentarse a escribir y delinear a los actores de la trama, es un proceso difícil  de sostener pero reconfortante cuando se llega a formar todo el cuadro con todas las piezas.

En los procesos creativos, tomando en cuenta algunos Vlogger, como es el caso de Casey Neistat, el dice que lo principal es la historia. Que no importa cuántos aparatos tecnológicos tengas a mano a la hora de producir un video, si no tienes la historia, no puedes crear mucho, o de hecho, nada. La tecnología es una herramienta que sirve para contar la historia pero no es la historia en sí.

En mi caso, los procesos creativos se van dando en función de la inspiración, los estados de ánimos y otras variables que pasan por los recursos técnicos, tiempo de producción, distribución del tiempo destinado para la parte creativa. Pero, la inspiración es una pieza importante en el engranaje creativo. Si no tengo en que inspirarme, no avanzo en la creación de contenidos: videos o textos. Eso yo le llamo arte. Porque siempre el arte es una conquista diaria.

He escuchado de boca de artistas con una gran trayectoria que prefieren perder mucha plata a vender su arte. El Arte es esencial para el artista, si no lo tiene, deja de serlo. No se puede ser artista sin arte. Es por eso, que la ambigüedad se mezcle en este tema. Y haya mucha gente que no se identifique con sus obras, o haya relegado su arte por miedo a que los demás no lo entiendan. Saber entender estos procesos es saber enfrentarlos. Si no se arriesgan a caer en el error, o el menosprecio, difícilmente un artista llegue a conocer su obra. Por otra parte, los que consumen el arte, no reconocen un artista hasta que ven sus obras. El artista pasa a segundo plano cuando la obra es más grande que él. Pero, en ese momento, cuando la obra deja de ser de él, y pierde todo el poder sobre su obra, tiene que comenzar de nuevo, a dibujar o crear un nuevo mundo. Para el arte.



miércoles, 21 de septiembre de 2016

ME CURÉ DEL CANCER

La aldea del padre Alfredo siempre estuvo cerca de mí, desde que tengo memoria ha existido. De hecho tiene 2 años más que yo. El padre Alfredo, austriaco, la había fundado en 1972.

Alrededor de la aldea había una poza. Una laguna que separaba el barrio. Mucha maleza, mucho bicho, mucho barro. Siempre me paraba al otro lado de la orilla. En las noches, escuchaba los gritos de niños jugando en las canchas de fulbito. Era otro mundo que nunca sospeché por completo de que se trataba.

Como hoy, cuando mi hijo de 8 años escuchaba el relato de otro niño de 8 años, en la aldea del Padre Alfredo. Contaba el niño que había tenido cáncer. Que lo había vencido y que soñaba con seguir viviendo. Que cuando sea grande quería ser doctor, para curar a todos los niños. Ese niño se llama Pedro Ibañez. Acogido en la Aldea del Padre Alfredo.

“Pedro es un milagro”, cuentan las mamás que cuidan a todos los niños en las viviendas de la aldea: algunos abandonados por sus padres, otros nunca conocieron a sus progenitores. Es un milagro como todos los niños que están ahí. Gracias al poder de la oración. Los médicos no se explican qué pasó con Pedro, soportó todas las quimioterapias.

Pedro toca la batería. Mira a la cámara como mirándose al espejo. Sabe que su historia está ahí, sonando al ritmo de sus tambores y platillos. Las baquetas  transforman el golpe en música, mientras el conjunto lo sigue después de que él ejerce el tono para que comience la canción.

El padre Alfredo sufre de Alzheimer, enfermedad degenerativa. Analía dice en la testera que él se ganó el cielo. Me mira como si encontrase en mi mirada aquel muchachito que se colgaba de la malla olímpica para ver como jugaban los niños que estaban adentro de esa aldea. Me dio la bendición acostado en su cama. Su piel blanca, sus lentes binoculares, su voz apagada, su fuerza marchita. Lo miro y me encuentro.


Pedrito Ibañez llegó del oncológico desahuciado, era esperar lo inevitable, cuenta Claudio Américo Caiguara Romero - vocero de la Aldea de niños Padre Alfredo - Llegó sin pelo, estaba en su séptima quimioterapia y luego hizo dos más. A la novena no aguantó y le suspendieron los medicamentos. La mamá con hojas de sinini y mucha oración le dimos fe. Claudio Caiguara es hijo de la aldea, y explica que la oración con fe es mejor medicina. Hace dos meses, a fines de agostos, se le hizo el último examen de laboratorio, y sale que todas las células cancerígenas se habían paralizado. Prácticamente el cáncer está curado.

Claudio, explica que los médicos no lo pueden creer y certificaron que Pedrito no está con cáncer.


martes, 7 de enero de 2014

La historia de Roberto Suárez y Pablo Escobar



Ellos se conocieron  a finales de los setenta, cuando la droga estaba convirtiéndose en un negocio seguro y prospero, de esos negocios que nadie más sabe cómo hacerlo y solo unos cuantos se animan, un negocio maldito.

Roberto Suárez Gómez  era un empresario reconocido, de familia pudiente en Bolivia, descendientes de los  Suárez  que explotaron la goma en el siglo decimonónico. Luego pasaron a la ganadería el momento que los mercados internacionales encontraron la competencia contra el monopolio y luego, por intermedio de Roberto Suárez, llegaron a terminar con el negocio multimillonario de la droga.

Pablo Escobar, que cuando tenía treinta años aproximadamente, se convirtió en socio del llamado rey de la cocaína, comenzó intermediando y sirviendo de puente para refinar la droga llevada desde Bolivia, para meterla  por la florida al universo potencial de clientes en Estados Unidos. La más purificada de las drogas que se vendía durante los ochenta. Luego, ante la creciente demanda y habilidad para negociar con la blanca, y ante el acecho de los gobiernos de Colombia y Norteamerica, lograron abatir al narcotraficante más conocido y temido del mundo.

Ellos dos tuvieron una historia en común, un negocio que los unía, pero dos  finales diferentes. después de casi dos décadas del fin de su reinado de la droga, de ambos hombres. Salen sus historias contadas por los que quedaron en el camino, familiares que se animan a contar todo sobre ellos: hijos, ex esposas, nietos, amigos, artículos de periódicos que cuentan la historia publicación tras publicación.

Roberto Suárez  El rey de la cocaína, titula el libro de Ayda Levy, ex esposa del  hombre que tuvo el mundo a sus pies los primeros años de los ochenta. Ella, proveniente de una familia  del Beni, donde se enamoró del joven Roberto, el hijo de uno de los empresarios del ganado más prominente de esa  época, 1950, cuenta, con una narrativa prolija, con detalles que llevan y conectan su historia con la del único hombre que llegó a amar, los momentos que ella vivió en ese mundo tan peligroso. En 1979, Roberto Suárez, escuchó un mandato divino que le pedía entrar al negocio de las drogas, para paliar la pobreza de su país, dando oficialmente, la creación del primer Narco Estado. Las páginas del libro, invitan a cada párrafo, descifrar parte de la historia de Bolivia, algo que tal vez, nadie sabía y que se descubre en cada capítulo del libro EL REY DE LACOCAINA.




Pablo Escobar, Pablo Emilio Escobar Gaviria, también vuelve, en boca de su hijo, que reside  en Argentina, y hasta hace  poco tiempo, vivía con la identidad cambiada, luego del documental Los pecados de mi padre donde  pide perdón por  el dolor causado a mucha gente en su país.

Su padre fue uno de los hombres que tuvo mucho poder, manejó  su mundo y el de los demás con demasiada violencia. Hoy el hijo de ese hombre que llegó a amasar una de las fortunas más grande de su país, comercializa ropa con la imagen de su padre. La polémica marca de Pablo Escobar, titula el periódico EL PAIS de España, donde el arquitecto de 36 años de edad, Juan Pablo Escobar Henao, explica sus intenciones de empresario y pacifista. Es una idea que no ha sido bien recibida en Colombia ya que la ropa utiliza la imagen del Capo y se presta a confusiones tales como la apología a la violencia. 

 reportaje de periódico ELPAIS de España


viernes, 30 de agosto de 2013

CRONICA DE CIUDAD Los micros parte del genoma citadino

CRONICA DE CIUDAD
Los micros, parte del genoma citadino

Los micreros son los que mueven la ciudad, corren todo el día por sus arterias y casi que se vuelven necesarios para la existencia de este organismo vivo, que es la urbe cruceña.

Todos los días miles de personas, se suben a uno de estos vehículos para trasladarse a su trabajo.

Esta es la historia de una de ellas, que vive en los micros de la ciudad como una casa rodante, ya que el mundo se ve diferente desde allí. Comienza su recorrido en la zona sur, desde donde agarra el micro que sale desde la refinería y se lanza en un viaje tremendo hasta la zona norte, kilometro catorce casi quince, es su manera de vivir, es su forma de recrear el mundo en un viaje sin parar.

Luego de llegar a la parada final, toma otro micro que la dirige por otro tramo más espeluznante aún, es una línea que acaba de crearse que solo entra a barrios recién creados, llenos de pozos y movimientos tectónicos, con pasajeros que suben en estado de ebriedad y casi siempre con el olor característicos de los chivos. Suben y bajan, suben y bajan, llegan hasta su recorrido, dicen parada y bajan a prisa para no ser arrastrados por la corriente de aire que deja el transporte público.

Según cuenta ella, que los peores micros, son los que entran a los mercados, casi todos ellos entran a los más populosos centros de abastecimiento, donde, no solo personas entran para ser transportados de un punto de la ciudad a otro, sino, también sus animales: no faltan los perros, los gatos, los patos, los loros, las chivas, los chanchitos, lechoncitos, todo tipo de animales escondidos en bolsos de aguayo.

También suben mercaderías: desde los tomates casi podridos, no vendidos en el centro, comida para los chanchos en las casas, abarrotes, comidas, frituras y alimentos perecederos que huelen quiabó, podridos por el paso del tiempo.

No faltan los montacargas humanos, esos hombres que viven de arrastrar, cargar, llevar como animales las mercaderías de los grandes gremialistas, que utilizan a estos pobres hombres como bagayeros de contrabando, para que las autoridades pertinentes no lo coloquen en el régimen general  y paguen impuestos.

Prosigue su viaje más allá de los olores, esta mujer que vive de escuchar las historias de las personas que se sientan al lado de ella, atrás o adelante, dice que estás son mejor que quedarse viendo la mejor de las novelas en la televisión o la superproducción de una película gringa. Las historias que ha escuchado sentada en los micros duran generalmente veinte minutos, la duración de un viaje de dos personas que cuentan todo sin pudor mientras se trasladan de un punto a otro en la ciudad. Dramas familiares, amores encontrados, amantes, mujeres infieles, fulanitas que se acuestan con el fulanito, deudas impagas, amores maltratados, hijos maleducados, todo.

En ese ir y venir, se puede decir que Ofelia, que es como se llama esta científica que estudia la vida cotidiana subida en un micro, ha logrado descifrar el genoma del cruceño, ese hombre pobre que tiene que utilizar el transporte público. Comenzando desde el chofer que es el pretérito perfecto de los hombres de las cavernas, pasando por las amas de casa que visten de madres y cocineras con los rulos en las cabezas pensando en voz alta, hasta los hijos de todos los vecinos del pueblo y sus problemas personales, existenciales y menstruales. Todos se encuentran en ese universo llamado micro: el transporte público de la ciudad.

Desde que tengo uso de razón, dice Ofelia siempre me gustó viajar en estos vehículos que lleva a muchas personas de un lado a otro: la historia se remonta a mi niñez cuando tenía que subirme al colectivo de la línea uno, un camión ñato que había sido adaptado para ser vehículo que preste este servicio, era una especie de cacharro bien alimentado, con las láminas de su chasis levantadas y una caja de cambios que sonaba como si los fierros estuvieran torciéndose por dentro y suplicando aceite y grasa para continuar.

Alguna vez también existieron unos micrangos llamados ENTA, empresa nacional de transporte, que era un experimento por demás de desubicado ya que su estructura de gigante apenas podía entrar por las estrechas calles de la ciudad. Luego vinieron los misiles, micritos donde todos los pasajeros entraban agachados, apretados como sardinas, y traumatizados por las grandes velocidades imprimidas para llegar a marcar la tarjeta.

Ofelia, vive sentada en los micros como una pasajera eterna, que encontró la manera de nunca estar quieta, en un solo lugar, con compañía de los choferes de micros, ha encontrado una familia y una extensión de su aventura viajera, por el ombligo del mundo.




jueves, 29 de agosto de 2013

CRONICA INTROSPECTIVA: El escritorio de Barthez

CRONICA INTROSPECTIVA
El escritorio de Barthez

@750palabras

El escritorio como medio de transición al subconsciente

Ese rincón del mundo que se llama escritorio, donde colocamos cada uno de nuestras necesidades cotidianas de ejecutivo, administrador, portador de transacciones, etcéteras y etcéteras... es el lenguaje omnímodo de las cosas pendientes, hechas y mal hechas. Es el recordatorio de las cosas que estamos haciendo y de las que faltan por hacer.

En lo apretado del plano subjetivo, Barthez, encuentra la foto de su hijo, estampada en un trabajo escolar, donde dice “Te amo Papá”, es un ordenador de lapiceras y cosas comunes, es el regalo por el día del padre, es la ilusión de un niño de encontrar en un detalle pensado por la profesora.

Las llaves del auto, de la puerta principal de la casa, de la casa en la que solía vivir y ya no vive. Hay una cámara fotográfica y una de ficción. Billetera, la funda del celular. Facturas pagadas, pañuelos, y una reportera marca Sony que nunca ha utilizado. Marcadores y clips. Recibos de tipo de cambio del banco.

Una taza de café, sorpresivamente dos perforadores, uno de color negro y otro de color verde. Auriculares de estudio, más facturas, un “UHU stic” para colar los papelitos de ayuda memoria en la pizarra acrílica. Y el teclado con su monitor mirando pendiente lo que escribe. No dice nada, inmutado, sacrificado, le salen ojos de pixeles y no dice nada.

El resto se encuentra en orden, el polvo que se acumula todos los días, los papeles del banco retirados con prisa para que nadie vea los números rojos.

El trámite del escritorio es simbólico, es el lugar donde se encuentran la silla giratoria con los cajones archiveros, es el cargo inmediato, es el rol del administrador que no se quiere asumir como tal.

Los administradores son tipos fríos, que no tienen sangre en la cara y que cuando ven los números que no le cuadran, le genera dolor de cabeza e irritaciones malhumorantes. Barthez es uno de ellos.

Es el trabajo de un malabarista que juega con el destino tratando de torcerle el brazo para que lo favorezca.

Lo que falta en el escritorio de Barthez es el teléfono fijo, que por alguna extraña razón nunca existió. Debe ser por la falta de capacidad de comunicarse dirán algunos, tipo bueno pero atrasado en sus deberes de relaciones públicas.

Introvertido, desanimado, desasosegado, es un arraigado al cargo, emergido de las aulas de las universidades que petrifican el alma y el espíritu del ser humano. Cargado de nebulosas, “estupidizado”, cargado de penas y llantos, esperando el final del día para comenzar a vivir, entramado en unas vacaciones que no puede acceder, mirando fotos de otros en playas lejanas, copernicano, casi bipolar,  que no sabe  aplicar la ley de Murphy, porque perdió el buen humor; vive desesperado y casi agobiado, los trámites le han quitado dos cuartos de respiración, anda acongojado, le duele la espalda, tiene gases y orina cada hora y media.

Lo peor de todo del administrador, es que no tiene secretaria, ha intentado tener pero las faldas lo seducen y siempre cae en la tentación de olvidarse de que el cargo solo es para las funciones de la empresa y no para conquistar amores repentinos con mujeres que se sientan a escribir el dictado y  rol de llamadas.  Convencido de que tal aspecto no lo deja concentrarse prefiere tener charlas aleatorias con todo el personal y salir a pagar cuentas y a cobrar cheques atrasados.

El administrador tiene por ventaja su posición, que es como una contradicción porque él piensa que es una obligación hacer lo que hace. Correr al banco a pedir préstamos, salir a la calle a buscar clientes, agendar pagos de impuestos y trámites ante el ministerio del trabajo. Sacar licencias de funcionamiento y nuevos trámites de las administradoras de pensiones. Es un mundo enrevesado para un solo hombre que solo quería hacer empresa. Pero que tiene la firme convicción de no volver a pisar una empresa más como empleado.

El administrador cuenta con la salvaguarda de que todo puede salir bien y victorioso cuando pasen los días y lo encuentren solvente y bien parado. Pero eso pasa por ser una película de ficción cuando se imagina que abrir un negocio es tan difícil como cerrarlo.


Pero hay un escritorio más que falta por explorar de Barthez, el de la pc, la laptop, el ipad, el celular, y el de la agenda. El misterio de las personas que hacen de su rutina un trámite de colas y calvarios, es destramado, allí, con perfil casi exacto de su personalidad, es su escritorio. 

miércoles, 28 de agosto de 2013

CRÓNICA El terror en la calle Harrington

CRÓNICA
El terror en la calle Harrington

@750palabras


Era difícil explicar por qué el 15 de enero de 1981 iba a ser un mal día.

Camino a la plaza de armas, donde los periódicos se vendían al por mayor, la tembladera de un nerviosismo raro me corría por el cuerpo; solo tenía 7 años, y  comprar el periódico delante de policías que hacían guardia en el Comando Departamental de la institución del orden,  creaba un escalofrío desafiante.

Cinco de la tarde, las habladurías de un golpe de estado ya corrían por las calles, todos tenían el temor del balazo perdido, de la reyerta inevitable, de los conflictos políticos entre los socialistas, los parlamentarios, y los del Estado Mayor. Las portadas de todos los periódicos decían lo mismo, a nadie le importaba que en ese año, previo al mundial de 1982, se diera tanta “bomba” a un tipo que había salido de la bombonera, para llegar al Nou Camp.

Acá las luces se apagaban temprano por miedo a ser reconocido como comunista, los toques de queda eran tales, siempre que te agarraban caminando, y si no estabas en tu sitio te subían al Caimán (camión militar). Por suerte para mí, a los de siete años no le hacían nada.

Mi polerita blanca de elite, con mi shorcito azul de escuelita, mis zapatos Manaco bien lustrado, y mi peinado de gomina con raya a un lado, daba la sensación de una expresión de los años veinte, y la depresión de los gringos.

Mi madre, que llevaba el bolso de lienzo para las compras, asumía que ese día no iba a pasar nada, ante tanto anunciado de una posible guerra civil, lo correcto era refugiarse en la casa. Pero no, no era tal por que las luchas intestinas se daban en La Paz. Ese lugar frio de donde salían las noticias. Por eso los periódicos se vendían al por mayor, porque todo el mundo quería enterarse que pasaba en los 3600 metros de altura.

Primero las noticias llegaron a mansalva vía radial, Don Chevo y compañía anunciaban el terror en la calle Harrington, parecía una serie novelada de esas que daban en las coberturas radiales, tan impresionante y bien elaboradas, con la voz de locutores sacados de películas de ficción, tan rimbombantes que escenificaban todo a la perfección.

Primero la sirena, luego la metralla, los gritos de guerra, las botas moviendo el piso, todo eso en menos de lo que tardaban armar un teletipo en el diario Mayor.

La noticia decía: "al promediar las cinco de la tarde de este fatídico día (15 de enero de 1981)" los miembros escogidos de todas las instituciones del terror se dirigieron a la calle Harrington" lo primero que me imaginé fue la película Harry el sucio, pero no era ni lo más mínimo en comparación.

El cable seguía, "Los del DIN cortan el tráfico, los del DOS (departamento de orden social) cuidan la calle, los del ministerio del interior y del departamento II, penetran las casa donde se hallaban reunidos  los dirigentes Miristas". Por esas obsesiones que uno tiene de niño, y las aflicciones que causan los desajustes hormonales del crecimiento, el miedo me entró por el pis, las ganas de orinar fueron inevitables, el miedo se sentía en el ambiente, nosotros que comprábamos el periódico del diariero de siempre, su radio prendida  a todo volumen nos relató los sucesos que ocurrían en la sede de gobierno; mientras tanto, los golpistas deambulaban por la calle, con gorra y gafas facistas. El terror comenzó a sentirse en el ambiente, otra vez.

La voz del locutor seguía delirando con la noticia: "algunos quedan en la planta baja, pero la mayoría sube al piso donde se encontraban aquellos; todos los represores llevaban chalecos antibalas, luego de muchas precauciones penetran con violencia intimando la rendición de los Miristas"   la palabra que causaba zozobra entre el cúmulo de gente que se fue formando al pasar el relato fue aumentando, mi madre me agarró de la mano con más fuerza; el solo pensar que dos familiares amasaban pan a dos cuadras de la plaza disfrazadas de panaderas pero sin embargo llevaban el códice de los comunistas bajo el brazo, desdibujaba la cara a cualquiera que sean relacionados con ellos.

"José Reyes, uno de los reunidos grita: ¡No disparen, estamos desarmados!", luego de un breve silencio entran todos los del Departamento II y del Ministerio del interior; luego de otro momento de silencio, los represores fingen un griterío, y mientras simulan un enfrentamiento van disparando contra los ocho dirigentes, quienes caen heridos de muerte" al escuchar eso mi madre, agarra el periódico de ese jueves tenebroso y se encaminó por la (calle) Ingavi, bajó la mirada llegando a la (calle) Velasco, sollozaba de temor por la (calle) cordillera, hasta que enderezamos hacia la panadería que quedaba al frente de la casa. Todos tenían la cara de preocupación de esos días, los PM pasaban con  los caimanes, en la (calle) Junín se escuchan gritos y balazos, eran los universitarios que habían salido a protestar a la calle y eran reprimidos de manera violenta.

Caída la noche, mis tías viajaron al galope de un Toyota rojo Land Cruiser modelo 1970 de otro de mis tios y la escondieron en una quinta por la zona de la colorada, al final de la pista del aeropuerto.


El terror en la calle Harrington había dejado estupefacto a más de uno que entendían que el momento histórico había llegado.




martes, 27 de agosto de 2013

LA CAÑOTO Avenue


LA CAÑOTO
Avenue

@750palabras

Cuando vivíamos por la (Av.) Cañoto, entre la (calle) Isabela católica y Charagua, la vida era apacible, hermosa, calmada. Las casas tenían patio, la avenida recién sellada con asfalto, los camellones llenos de árboles algodoneros y Toborochis.

Corrían los ochentas, cuando la revolución de la hiperinflación había pasado, cuando salíamos a la calle todavía se sentía el hedor de las botas de los militares y la hostilidad de la policía. La cárcel quedaba en el centro, a pocas cuadras de la plaza, y los cuarteles a pocos pasos del segundo anillo.

A la medianoche, los autos dejaban de pasar, y se escuchaba uno de vez en cuando; no era como ahora, que los autos no paran toda la noche. Las aceras eran "caminables", vivía pensando que era el paseo perfecto para la gente que le gustaba trotar bajo la luz de la luna; ahora, la vida es imposible de día y de noche, caminar a las cero horas, implica correr el riesgo de ser asaltado sin más remedio ni el auxilio que el de las sombras nocturnas. Todo puede ocurrir.

Aunque en esos tiempos, después de que pasó el turbión como si fuera parte de la ladera del río Piray, las cosas se fueron empeorando poco a poco, ese lapso de años (80´s), fueron los mejores para esa parte de la ciudad.

Los vecinos se conocían, sus hijos jugaban al fútbol en los jardines centrales, los negocios eran rentables, los bicicleteros colgaban sus bicis viejas y nuevas para alquilar. Estaba el silpanchero, el gomero de Don Santos, la familia Becerra que su casa quedaba en la mitad de la esquina y salía hasta la otra cuadra adyacente.

Nosotros teníamos un árbol inmenso plantado en el patio, recibía a los visitante con sus hojas grandes cargadas de resinas con las cuales hacíamos bolas de goma, que rebotaban hasta el techo donde al final se perdían, También teníamos un perro llamado Bobby, que nació el mismo año que mi hermano mayor (61), que había vivido en el campo toda su vida, y de pronto lo hicieron citadino; de andar por los cañaverales, pasó a andar en las pollerías de los vecinos, restaurantes administrados por asiáticos. Las ventas (pulpería) eran caseras, las puertas se abrían hacia arriba quedándose como una especie de toldo, media agua.

Pero esa tranquilidad poco a poco se desvanecía. Tres eventos marcaron mi indolencia pueril y sacaron a relucir la intranquilidad de mi madre para con el lugar.

La primera fue cuando Percy (15), el nieto de Don Joaquín y la señora Nancy, después de ver muchas películas de Bruce Lee, en una intrépida jugada de fútbol en el camellón central de la avenida, actuó como tal, se lanzó hacia la pelota que se metía debajo de los autos, corriendo y salvándola; en consecuencia, un Datsun rojo, lo levantó de un golpe, cayendo en el capot y rebotando en el asfalto caliente de esa hora.

El segundo evento que me fue cambiando la visión del lugar, fue el asalto a la familia Valdivia, que vivían en la esquina, aprovechando que tenían espacio para poner un restaurante, dejaron cocinando unas salchichas para vender panchitos afuera del lugar; cerca de la medianoche, unos jovenzuelos pasados de copa, agarraron la tira de embutidos y corrieron con ellos como perros asaltando la carnicería; no tomaron en cuenta que el hermano mayor de los Valdivia había salido campeón departamental de lucha libre y que tenía una fuerza descomunal, a pesar de su tamaño (1.60 mts). No corrió más de 30 metros el avezado ladrón: sintió que lo agarraban del cuello, lo tiraban al piso y le ponían la bota texana en la cara. Los golpes se escucharon tan fuerte, que los vecinos salieron a ver la lucha libre afuera de la casa. Lo tiraba al piso, lo levantaba de nuevo, lo dejaba caer poniéndole la bota en la  oreja.


El tercer evento que no dejó que duerma durante mucho tiempo, sin poder cerrar los ojos y cargar esa imagen, fue cuando atropellaron a un anciano a pocos metros de la casa. Los autos, al no haber demasiado tráfico en el horario nocturno y a la falta de existencia de un semáforo como los hay ahora, pasaban corriendo a más de cien por hora, esa noche, para desgracia del infortunado anciano, que se prestaba a cruzar la avenida, tuvo la mala suerte de no ver el bólido, quemando llantas y desaforado, embestirlo sin gana y gracia. Su cuerpo se elevó por lo cielos y su cabeza fue a golpearse precisamente al filo de la acera. Sus sesos salpicaron en la jardinera y el silencio de la noche quedó contrastado con el frenazo de las llantas del auto, que al segundo de lo sucedido, emprendió viaje nuevamente para perderse en el olvido.

Hoy en día, caminar por la (av) Cañoto, es toparse con un nido de prostitutas y travestis ofreciendo sus servicios amatorios, peleándose el lugar; es enfrentarse con los palomillos, cleferos o carteristas que deambulan perdidos sin saber que hacer. Es arriesgarse a ser víctima de las trancaderas, de los malos olores de los restaurantes que aun ofrecen pollo a la brasa y a la broasted altamente tóxicos.

Sigue el viejo Pollo Moderno, los budines y mocochinchis del Kiosco Beni, la ventita de la esquina llamada "La Tapera" y los recuerdos de aquel lugar apacible que  un día fue.


lunes, 26 de agosto de 2013

MATANZA EN PALMASOLA: los muertos no tienen nombre

MATANZA EN PALAMASOLA
Los muertos no tienen nombre


@750palabras

La noticia, a las seis de la mañana, ya era preocupante: humo, balazos, palazos, y gritos de dolor y euforia salían de la cárcel de Palmasola, exactamente de Chonchocorito, régimen de máxima seguridad dentro del penal.

El bloque "B" había planificado controlar y quitar el poder a los del bloque "A", cerca de 500 internos, clasificados entre sentenciados y sin sentencia; entre asesinos, violadores, asaltantes a mano armada, violentos, despiadados, despertaron ese viernes para vivir una pesadilla. La antesala del infierno, el corredor de la muerte los esperaba.

Todo estaba planificado, la panadería serviría de cuartel para elaborar la matanza: varias garrafas de gas, cuchillos, machetes, y armas blancas punzo cortantes eran distribuidas entre los reos del bloque "B". Todo se sabía, la declaración de una madre desesperada doce horas después declaraba a los medios que ella había sido advertida  por su hijo (interno dentro del penal) para que le cuide a su hija (nieta de ella) por si algo le pasaba. La lucha por el poder se venía batiendo desde hacía ya mucho tiempo.

Prendieron fuegos a las casetas que estaban en la parte baja del pabellón, abrieron las válvulas de las garrafas de gas y la utilizaron como lanzallamas; crearon la calle de la amargura para "sunchar", machetear y golpear a los que, sin previo aviso, más que el olor a quemado, el estruendo de explosiones, salieran despavoridos del bloque sin saber lo que les esperaba.

Más que un enfrentamiento fue una emboscada, cuentan los que salieron con vida. Uno de los reos que era llevado al hospital con dos heridas de puñal y parte del cuerpo quemado dijo a la prensa: "nos querían matar a todos, nos querían quitar el poder, querían matar a nuestros líderes, pero nunca van a poder porque nosotros estamos con Dios", ante la mirada atónita de los periodistas y la respuesta dada por el malogrado, continúo diciendo mientras lo metían a la ambulancia "Nosotros matamos a dos de esos malditos, los golpeamos con palo hasta que se murieron los desgraciados" ¿y por qué lo mataron?, preguntó uno de los reporteros, a lo que atinó a responder, con la indolencia de su situación: "porque nos querían matar a todos, por eso, en defensa propia".


El campo penitenciario, se había convertido en un campo de batalla, los heridos estaban tirados en el patio enmallado: los quemados temblaban de dolor, los más afortunados solo tenían un corte de machete en la cabeza, los demás tenían en su cara la expresión del horror. Ensangrentados, quemados, olvidados y sin nombres.

Mientras tanto, los familiares de los reos, de los más peligrosos, lloraban afuera del penal, exigiendo saber si sus padres, hermanos, maridos, hijos estaban vivos. Después del mediodía reportaron la muerte de un padre con su pequeño hijo: "Murieron abrazados, calcinados en el bloque A" decía el titular; la gente no lo podía creer; como es costumbre, los internos tienen “derecho” a dormir con sus hijos dentro del penal, a convivir con ellos en régimen abierto, pero no a ser violados y maltratados.

Más de treinta internos quedaron calcinados, los muertos no tienen nombre, no hay manera de identificarlos, no hay manera de revivirlos para preguntarles cuál de ellos tenía el poder total del penal, por qué le querían quitar el mando, que era lo que pasaba allí adentro para que les hayan dado semejante muerte.

"Treintañeros" lo denominan a aquellos que tienen la máxima condena en el penal, no tienen nada que perder, ni siquiera el nombre: "Cindy y treinta treinta serían los responsables", anunciaban por las noticias de último momento en la radio, dos de los reos más peligrosos del lugar.

Hay una lista de muertos sin nombre que solo los familiares quieren saber, porque todavía mantienen la esperanza de que estén vivo, no importa si ha sido un asesino, si la condena que le dieron allí se la merecían, o si por cosas del destino fue a dar a una de las cárceles más peligrosas del mundo sin merecerlo. Es una cuestión del ser humano y sus derechos.

Cuando los muertos no tienen nombre, no significa que no le importa a nadie; porque sí, hay una razón para tener preocupación por ellos, deberían ser menos los que están encerrados en la cárcel de máxima seguridad denominado Palmasola, deberían ser reformados los que entran allí. Ellos (los reos) nacieron con un nombre que cuidar, un número de carné de identidad, una nacionalidad y una responsabilidad.

No se los puede dejar calcinados en el olvido, porque puede suceder, que en la misma cárcel, se borren los nombres otra vez, de personas que aunque hayan hecho de su vida un infierno, pueden tener el derecho a la redención.





domingo, 25 de agosto de 2013

La misa de domingo

PERDIDOS EN LA FE
La misa de domingo

@750palabras

Como todos los domingos, llegábamos a la iglesia, a la misa de las ocho, en la plaza principal, a la basílica Mayor de San Lorenzo. Vestidos de comunión, con mocasines recién  lustrados y camisas de manga larga, con el rosario entre las manos y los rezos repetidos. El obispo nos espera, con la sotana blanca, el incienso encendido y la fe puesta en que los feligreses lleguen con la mejor de las ganas de escuchar la palabra de Dios.

Ese domingo, la iglesia se llenó, como casi todos los domingos, de los mismos temerosos de Dios: porque ese es el principio de la sabiduría, llegar primero para ganar asiento, aunque sea en la última fila de las banquetas largas de madera. Cuando uno tiene 10 años, los techos de las iglesias parecen infiernillos para calentar la fe y dejar en cocimiento los pecados en los confesonarios.

Estaban las beatas de la Cordillera y Junín, de las calles adyacentes al mercado "siete calles", los Foianini que vivían a media cuadra, la familia Telchi y toda su prole, los hijos del vecino sin su padre, el teniente coronel retirado que había participado en la guerra del chaco y que quedó en silla de ruedas para el resto de su vida, y la viuda de Don Zenón, tía abuela de mi madre. Estaban todos menos los testigos de jehová que esperaban afuera a los vecinos para tocarles la reja y regalarles un Atalaya y palabras de fe.

Comenzaba el rezo, el padre nuestro y toda la liturgia desplegada como una gran obra de teatro, aprendida de memoria y ensayada una y otra vez con los monaguillos de la confirmación. Pero entre tanta distracción, orfebrería de la palabra leída de la biblia, versículo tras versículo, siempre me distraía, la blancura del vestidito de la niña sentada delante mío, nunca faltaba a la misa de las ocho, así como infaltable era su moño rosado que le agarraba sus rizos rubios sobre su cabecita prensada. Era el dominio de un sentimiento raro, de niños que no entendíamos, como hacer la señal de la cruz: en la frente, en la boca, en el pecho y luego signar y santiguar, cuando rezaban todos al unísono en voz alta: "por mi culpa, por mi culpa por mi gran culpa" golpeándose el pecho y cerrando los ojos. Nos mirábamos como buscando una complicidad entre tanto adulto, con vergüenza y con ese sentimiento de enamoramiento precoz, de timidez absoluta y de imaginería de cuentos de hadas.

Por esos días, el Papa Juan Pablo II, estaba por arribar al aeropuerto “El Trompillo”, todos los católicos, iluminados por la fe y gracia provocada por la visita del pontífice, se encontraban con el fervor católico renovado; el sermón de ese domingo, con el obispo Julio subido en la testera, una especie de garita empotrada en uno de los horcones de la iglesia, dirigió la homilía correspondiente, sobre la importancia del buen cristiano, de la constancia que guía el camino del hombre que busca al señor, con la voz retumbante, que caía en cada uno de los rincones de la iglesia, amplificado por los parlantes distribuidos en toda la arquitectura del templo, su voz calaba profundo y despertaba a más de uno que se había quedado dormido.

Cuando de pronto, un grito de llanto y dolor se escuchó entre la multitud de gente, abarrotada en el pasillo izquierdo de entrada a la iglesia, cerca del cristo crucificado colgado en la pared lateral; eran los gritos de una mujer, que había perdido la fe, que había perdido el sentido de rezar y rezar sin tener resultado, ¡es mentira! gritaba ¡es mentira todo lo que nos dicen! vengo todos los domingos a misa, me confieso cada vez que lo necesito, me arrodillo y le pongo velas al santísimo, y todo sigue igual, gritaba la demandante, gritaba con estruendoso dolor, que rebotaba en cada uno de los rincones de la iglesia, sin necesidad de micrófonos; el Obispo se calló, esperó que termine su suplicio, y denuncie su incredulidad ante las autoridades presentes. Cayó arrodillada, cuando se dio cuenta que todos los feligreses, no entendieron sus gritos y menos le dieron importancia, no convenció a nadie de sus palabras y los fracasos de sus rezos, que dio por vencida su lucha, se lió en el cuello su chalina  negra, y salió derrumbada en llanto.

Mi madre me tapó los oídos, mi padre me puso la mano en la cabeza, mis hermanas vestidas de blanco lino, confundidas agarraron sus libritos de comunión y se sentaron acongojadas por lo sucedido. Fue la primera vez que vimos un protestante dentro de un grupo de inquilinos de la fe, católico, apostólico y romano, inquirir respuestas directas.


Terminó el sermón el cura, se bajó y dio la hostia  en la boca, en la lengua, en la mano, los miró a todos a los ojos, indagó en sus miradas para ver si encontraba a otro "desdecido" entre nosotros. La misa acabó, con las firmes palabras de despedida: "Podéis ir en paz".