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domingo, 25 de agosto de 2013

La misa de domingo

PERDIDOS EN LA FE
La misa de domingo

@750palabras

Como todos los domingos, llegábamos a la iglesia, a la misa de las ocho, en la plaza principal, a la basílica Mayor de San Lorenzo. Vestidos de comunión, con mocasines recién  lustrados y camisas de manga larga, con el rosario entre las manos y los rezos repetidos. El obispo nos espera, con la sotana blanca, el incienso encendido y la fe puesta en que los feligreses lleguen con la mejor de las ganas de escuchar la palabra de Dios.

Ese domingo, la iglesia se llenó, como casi todos los domingos, de los mismos temerosos de Dios: porque ese es el principio de la sabiduría, llegar primero para ganar asiento, aunque sea en la última fila de las banquetas largas de madera. Cuando uno tiene 10 años, los techos de las iglesias parecen infiernillos para calentar la fe y dejar en cocimiento los pecados en los confesonarios.

Estaban las beatas de la Cordillera y Junín, de las calles adyacentes al mercado "siete calles", los Foianini que vivían a media cuadra, la familia Telchi y toda su prole, los hijos del vecino sin su padre, el teniente coronel retirado que había participado en la guerra del chaco y que quedó en silla de ruedas para el resto de su vida, y la viuda de Don Zenón, tía abuela de mi madre. Estaban todos menos los testigos de jehová que esperaban afuera a los vecinos para tocarles la reja y regalarles un Atalaya y palabras de fe.

Comenzaba el rezo, el padre nuestro y toda la liturgia desplegada como una gran obra de teatro, aprendida de memoria y ensayada una y otra vez con los monaguillos de la confirmación. Pero entre tanta distracción, orfebrería de la palabra leída de la biblia, versículo tras versículo, siempre me distraía, la blancura del vestidito de la niña sentada delante mío, nunca faltaba a la misa de las ocho, así como infaltable era su moño rosado que le agarraba sus rizos rubios sobre su cabecita prensada. Era el dominio de un sentimiento raro, de niños que no entendíamos, como hacer la señal de la cruz: en la frente, en la boca, en el pecho y luego signar y santiguar, cuando rezaban todos al unísono en voz alta: "por mi culpa, por mi culpa por mi gran culpa" golpeándose el pecho y cerrando los ojos. Nos mirábamos como buscando una complicidad entre tanto adulto, con vergüenza y con ese sentimiento de enamoramiento precoz, de timidez absoluta y de imaginería de cuentos de hadas.

Por esos días, el Papa Juan Pablo II, estaba por arribar al aeropuerto “El Trompillo”, todos los católicos, iluminados por la fe y gracia provocada por la visita del pontífice, se encontraban con el fervor católico renovado; el sermón de ese domingo, con el obispo Julio subido en la testera, una especie de garita empotrada en uno de los horcones de la iglesia, dirigió la homilía correspondiente, sobre la importancia del buen cristiano, de la constancia que guía el camino del hombre que busca al señor, con la voz retumbante, que caía en cada uno de los rincones de la iglesia, amplificado por los parlantes distribuidos en toda la arquitectura del templo, su voz calaba profundo y despertaba a más de uno que se había quedado dormido.

Cuando de pronto, un grito de llanto y dolor se escuchó entre la multitud de gente, abarrotada en el pasillo izquierdo de entrada a la iglesia, cerca del cristo crucificado colgado en la pared lateral; eran los gritos de una mujer, que había perdido la fe, que había perdido el sentido de rezar y rezar sin tener resultado, ¡es mentira! gritaba ¡es mentira todo lo que nos dicen! vengo todos los domingos a misa, me confieso cada vez que lo necesito, me arrodillo y le pongo velas al santísimo, y todo sigue igual, gritaba la demandante, gritaba con estruendoso dolor, que rebotaba en cada uno de los rincones de la iglesia, sin necesidad de micrófonos; el Obispo se calló, esperó que termine su suplicio, y denuncie su incredulidad ante las autoridades presentes. Cayó arrodillada, cuando se dio cuenta que todos los feligreses, no entendieron sus gritos y menos le dieron importancia, no convenció a nadie de sus palabras y los fracasos de sus rezos, que dio por vencida su lucha, se lió en el cuello su chalina  negra, y salió derrumbada en llanto.

Mi madre me tapó los oídos, mi padre me puso la mano en la cabeza, mis hermanas vestidas de blanco lino, confundidas agarraron sus libritos de comunión y se sentaron acongojadas por lo sucedido. Fue la primera vez que vimos un protestante dentro de un grupo de inquilinos de la fe, católico, apostólico y romano, inquirir respuestas directas.


Terminó el sermón el cura, se bajó y dio la hostia  en la boca, en la lengua, en la mano, los miró a todos a los ojos, indagó en sus miradas para ver si encontraba a otro "desdecido" entre nosotros. La misa acabó, con las firmes palabras de despedida: "Podéis ir en paz".

sábado, 24 de agosto de 2013

La Balsa de Otto

La balsa de Otto
El inventor de historias
@750palabras

Otto tenía la cabeza aguayabada, flaco como él solo. Nadie lo encontraba sentado porque siempre tenía algo que hacer, todos le conocían el oficio de “arreglalotodo”.

Un día de Noviembre, después de muchos días de lluvia, lo vimos, como una gran visión, cargar una gran balsa sobre sus hombros; salía de su casa, acompañado por una tropa de peladingos petacudos, que gritaban y vociferaban, -¡ya está el barco!-,-¡ya está la balsa, ya está terminada!-.

Todos los vecinos, extraídos de sus casas, sorprendidos por la novedad, como si fuera la gran nave importada desde otros lados del mundo, salieron a vitorear al creador de ese transporte náutico.

Todos querían ver cómo funcionaba; caminaban con los pies descalzos y las chinelas agarradas en las manos, las viejas que eran sus clientas. La posa, laguna, Curichi, o como sea que le llamasen, estaba a  más que veinte metros de su casa.

Llegaron a la orilla, con los tablones costurados con clavos, alambres y cola de carpintero, tenía una tabla en medio que servía de asiento para el capitán, no medía más de metro y medio de largo y setenta y cinco centímetros de ancho, a rajar solo entraban dos personas apretadas.

El agua de la posa tenía el color verdoso, característico de los curibichales de la época, noviembre, el mes de la lluvia, de los sapitos cantando en las cunetas, de los tordos anunciando la salida del sol, de las nubes cargadas de agua, era el mes de la invención, de un muchacho, que por la falta de trabajo, se las rebuscaba para hacer algo.

Cuando casi todos los vecinos de los alrededores estaban presentes, expectantes bordeando las orillas de la posa, - desde la casa de petete hasta el enmallado de la aldea de niños pobres-, se veía que  esperaban que el navío improvisado, zarpe a las aguas semiprofundas de la posa. Todos sabían, que alguna vez, según la historia de las abuelitas, en ese lagunón, hubo un Jichi: animal de una cabeza inmensa, cuerpo de anguila, lengua de víbora; que  salía y se comía no solo a los ratones, sino a perros y vacas que se acercaban al lugar, cuando llegaba la noche, pero ya a nadie le importaba, porque solo aparecía en las pesadillas de los niños y los abuelitos.

Era casi el mediodía, cuando se produjo el embarque. Comenzó a navegar, se impulsaba por una madera con forma de pala, que lo llevaba hasta el centro del universo de aquella laguna. Al llegar allí, todos gritaron,  saludaron, y vitorearon al navegante.

El acto duró casi todo el día, entre que iba y venía al centro con pasajeros, que en la mayoría eran niños, mujeres y ancianos. Todos disfrutando de un viaje corto pero placentero. Los que vivían alrededor de la posa, soñaban con llegar al centro y pescar, en lo más profundo, las palometas, las sardinas y las anguilas.

Los turos (caracoles pequeños), las ranas, los sapos gigantes y las gallaretas, desprevenidos por el suceso, también formaban parte del ambiente. Al final de la tarde, Otto, agarró su balsa, de la misma manera como la sacó de su casa, "espaldada" (cargada en la espalda), se metió con la conciencia tranquila, de haber logrado, que esos días, en que la gente pensaba que estaba de vago, valieran la pena.

Otto, no medía más de un metro sesenta, tenía la piel pegada a los huesos, y su andar era como la una viejita que iba de prisa al mercado, su voz era delgada y su risa de hiena, burlona y chillona servía para batirse en duelo con los más dicharacheros del grupo. Cantaba y tocaba la guitarra, las uñas del pulgar y el dedo índice era para puntear, arte y talento que lo hacía popular en las reuniones de los jueves a los lunes. Nunca pagaba nada de lo que consumía, tomaba tanta cerveza que podía y, casi nunca quedaba borracho y embarrado en una cuneta.

Un día, pintando la casa de los Medinacelli, donde pretendía a la hija mayor; su desprevenido suegro, le dio la misión de pintar el techo alto y el ladrillo visto rojizo con grandes surcos amarillos entre cada uno.

Arrastraron los muebles al patio y quitaron los cuadros de las paredes, para que el artista pase su brocha. Tenía cara de saber lo que hacía, sus baldes de pintura y sus brochas lograban el trabajo encomendado, hasta que tocó subirse a la escalera de unos cinco metros de altura, la apoyó a la pared principal de la sala y se subió sin más miedo que el que se le acabe el cigarrillo arriba y no pueda encender otro mientras acababa su cometido.

Todos entraron a sus aposentos, la madre el padre y la hija pretendida, con el objetivo de dormir una siesta, mientras el pintor, que era Otto, terminaba su trabajo; cuando de pronto, el estruendo de una bandeja que caía al piso, y un montón de maderas sonaron estrepitosamente, salieron corriendo a ver qué había pasado. Era Otto, que se había caído desde lo más alto de la casa. La pared se quedó sin pintar más de medio año, hasta que el artista improvisado salió del hospital, y se animara nuevamente a subirse a una escalera a continuar con su trabajo.

Los vientos de Agosto siempre traían novedades, para ese año de elecciones presidenciales, Otto, creó un pájaro de papel periódico, era un volantín con silueta de ave. El esqueleto estaba hecho de varillas de una silla que había desarmado, cincuenta centímetros de un lado por sesenta del otro, armaba la cola con las bolsas de pan olvidadas en la cocina, y le sacaba de la máquina de costurar Singer de su madre, las bolas de lana para amarrar su nuevo invento y así no se escapara con el viento.

De nuevo, aquella tarde, salieron todos de sus casas, los niños lo perseguían con sus petaquitas redondas, las madres detrás de ellos, y los transeúntes que pasaban recurrente por el lugar, para mirar como subía, lentamente, el volantín de Otto, hasta atravesar las nubes. Solo se veía la pita, que era de color rojo, haciendo una curva infinita.

Naviero, cantante, pintor, inventor, PM (policía militar), boxeador, gallero, carpintero. Todos los oficios que le daba la cabeza los hacía Otto, hasta que un buen día, decidió subirse a un avión y no volver jamás (fue uno más de los hijos del éxodo). En su casa, como parte de un estante de cosas hechas y olvidadas, quedaron la balsa, el volantín con cara de pájaro, su guitarra de palo, las uñas de sus gallos de pelea, su uniforme de PM y sus guantes de boxeador.


Su madre, que lo lloraba de lágrima en lágrima, murió hace un mes atrás, triste por la pérdida de su hijo, quien le robaba las lanas  y las tijeras de su máquina de costurar, sus utensilios y su neceser de enfermera. No resistió al ataque de soledad de los años y desistió de la vida. El, volvió tras la noticia, pero ya era demasiado tarde.

viernes, 23 de agosto de 2013

Beto: el basurero de Normandía

BETO: EL BASURERO DE NORMANDIA
El hombre que vive de lo que los demás botan

750palabras


Vivía escarbando la basura desde ya hacía mucho tiempo atrás, desde 1983 cuentan los que saben, desde los días en que el rio se puso bravo y se entró a la ciudad e inundó todo.

Las bolsas de basura eran su pasión, no podía ver una sin llevarse la mano a la boca para lamerse las babas. Era así: cuentan que tenía (tiene) una enfermedad; "un talento innato", explicaba una de sus vecinas, porque no cualquiera encuentra un paquete de dinero en fajos de cien tirado en pleno basurero.

Roberto tenía 15 años cuando descubrió el placer y el talento de ejercer el oficio de basurero. Desde aquel día sábado que se quedó escarbando en el basural que se había formado en la posa central del barrio; en vez de ir a jugar a la canchita como religiosamente hacíamos todos los muchachos de la zona.

La alcaldía, que entre otras necesidades, tenía que tapar el Curichi más famoso de la cuadra con lo que sea, no tuvo mejor idea que botar en el hueco semiprofundo de la laguna artificial, la basura que desechaban los vecinos de la ciudad: por esos años, el censo indicaba que no pasaban de los novecientos mil habitante en todo el esqueleto de la urbe. Ese día, el cielo estaba encapotado, el viento nos pegaba a la cara anunciando una lluvia de norte, y Roberto, dominado por un instinto que lo llevó a quedarse a escarbar entre la basura, encontró un tesoro escondido en la última volquetada de basura descargada.

El descubrimiento fue íntimo: cuenta que primero vio una bolsa negra, no le dio importancia, porque pensó que era carne podrida o papel de baño, porque el olor nauseabundo lo tenía; pero su voz interior lo hizo agarrarla, zarandearla, para ver caer, primero un billete, luego un fajo, y al final, abrir desesperadamente el cofre de plástico, para encontrar diez mil pesos. Salió corriendo directo a su casa, que no quedaba a más de dos cuadras, enloquecido volvió para verificar si no había más. A la semana estrenó bici, con llantas pantaneras BMX

Desde ese día, desde esa mañana, sentí que perdimos a un amigo, a un compañero de equipo, de cancha, porque Roberto, no volvió a ser el muchacho jocoso que se divertía jugando pelota con los pies descalzos.

Pasaron los años, y "Beto" como le decía su mamá, seguía encontrando cosas en el basural del barrio: Reloj, cadenas, llantas, cuadernos, libros de español - Guaraní, biblias, espejos rotos. Se dedicó al oficio a tiempo completo, sin pensarlo dos veces. Se levantaba  a las seis de la mañana, se cambiaba para ir al colegio, desayunaba, agarraba los cuadernos, y en vez de tomar la ruta para ir al establecimiento educativo, se dirigía directamente al basural del barrio, que cada vez era menos, porque el municipio había decidido limpiar el lugar.

La desesperación de Beto, al no tener el basural cerca de su casa, un basural como Dios manda, empezó a hurgar en las bolsas que sacaban los vecinos, que dejaban colgadas en las rejas de las casas, para que los perros no la muerdan y la escarben; pero él, al igual que los caballos y las vacas que pasaban por el barrio: con el hocico, la cabeza rumiante y las manos de Beto, deshacían la envoltura de mierda, desperdicios y cosas que no tenían arreglos.

Al poco tiempo, desde el concejo municipal, decidieron abrir un vertedero, lo llamaron Normandía, quedaba al sur este de la ciudad, entre el naciente sol y el plan 3000, proyecto de urbanización para gente afectada por el turbión. Beto al saber eso, agarró sus ropas y todos sus bártulos encontrados en la basura y, se fue a vivir con los Suchas que comenzaron a pulular por el lugar. Fue el primero en llegar al barrio, cuentan los vecinos de Paurito, pueblo aledaño, no había ni avenida cuando él llegó con el primer camión de basura. Dicen los que lo vieron arribar: lucía  como capitán de un barco pirata desembarcando a una isla desierta solo para él,  con la frente en alto, levantando la nariz, aspirando el aire que emanaban los camiones.


Se volvió un experto: cada día se revolvía la basura de un barrio completo. Luego los clasificó por distrito; decía: a mí me gusta mucho la basura que llega del distrito 5, donde viven los nuevos riquitos de la ciudad, los de Equipetrol, encuentras manjares entre sus bolsas de supermercado, zapatos de medios uso, y alijos de coca metidos en ceniceros Árabes; los que no tienen nada bueno, pero de vez en cuando traen alguna sorpresa, son las basuras que traen del distrito 9, se nota que por esa zona son pobres, sus bolsas de basura son menores y cada vez que escarbo encuentro botellas de cerveza quebradas, bolsas de azúcar llenas de mierda y juguetes hechos a mano, trompos y bicu bicu destruidos.

Los del distrito 11, son los más agradables, casi siempre, la basura viene con helados un poco derretidos, despedazados por mitades y con uno que otro televisor en blanco y negro “arreglable”, periódicos, revistas y cajetillas de cigarrillos rubios.

Cada día era una sorpresa para Beto, que decidió vivir entre los escombros,  entre los deshechos de los demás y la esperanza de encontrar, de nuevo, otra bolsa llena de fajos de billetes rojos de a cien.


Normandía - Vertedero municipal
Santa Cruz de la Sierra


jueves, 22 de agosto de 2013

Los hijos del Éxodo

LOS HIJOS DEL EXODO
La década de los abrazos rotos.

750 palabras



Cinco millones de personas ya habían salido del país, todos escapando del desempleo. Sólo quedaban las ruinas de una economía que se derrumbaba a cada paso que uno daba.

Los más inteligentes decidían emigrar al interior del país, los más osados se lanzaban en aviones repletos al viejo mundo. En ese ir y venir mujeres y hombres  encontraron la excusa perfecta para acceder al éxodo.

Cinco millones uno, cinco millones dos. Acaban de desembarcar en Madrid, en el aeropuerto de Barajas: vaciaron sus carteras, sus maletas, sus pasaportes con acento latino. Luego de desembarcar, miraron las fotos de sus familias: uno de los fotografiados, el menor de todos, tenía la cara alegre pero la sonrisa mordida, los ojos llorosos, no se le notaba, pero ahí estaba, con un nudo en la garganta. Pero como los éxodos no son lastimeros, más al contrario buscan hacer fuerte a las personas, Ana, guardó la foto y la metió en el fondo de su cartera.

Sarita, que amilanada por su certeza de que el paraíso que había dejado no se comparaba en nada con el viejo continente, decidió apretarse las ganas de volver, mordió en silencio su miedo, su cicatriz que le rodeaba su memoria, el rostro deslucido de hermana e hija, y caminó segura de que, por lo menos, le iba a arrancar una historia de amor al viaje.

Como ellas, muchos hombres y mujeres, salieron corriendo del país: albañiles, confeccionistas, arquitectos, ingenieros, licenciados. toda la mano de obra productiva se volcó a los campos europeos a cosechar naranjas, a pintar casas, a cuidar ancianos y niños.

Cinco millones y seguimos contando, al poco tiempo, esa cifra comenzó a borrarse, ya no se sentía sus ausencias, la gente caminaba más libre, con más espacio en las ciudades principales, había trabajo pero para comer, había plata pero para gastar solamente. La plata llegaba en courrier, en sobres metidos en maletas de viajantes improvisados que de pronto aparecían en las casas de los hijos, de los esposos, de las esposas que se habían quedado a esperar que el aventurero, el exiliado por necesidad económica, mande sus euros para convertirlos en bolivianos.

¡Como cambió la niña!, comentaba la vecina del barrio, su madre se fue hace cinco años,  y desde entonces que no ha vuelto; ella tenía diez añitos, ahora baila el vals con sus abuelos; quince años y ya piensa, que quizá la vida no valga tanto, sin su madre a su lado.

Unos investigadores, realizaron un estudio y denominaron, a esa cantidad de gente que emigró y a esa cantidad de gente que se quedó a esperar al emigrado que vuelva, "los hijos del éxodo". Gente que sufrió de alguna manera la falta de alguien y no por muerte natural, sino alejamiento físico. Esto afectó a la estructura de la sociedad, que al tener ciudadanos habitando la ciudad en estado casi vegetativo, proclive al hedonismo, sucedieron varios cambios en la estructura de la conciencia colectiva. Eso provocó que haya más gente, que durante una década, se dedique a esperar, a no producir como debiera una sociedad que progresa, a dejar que las cosas pasen, como pasa el agua por el río.

Cinco millones de personas salieron del país, 10 millones se quedaron esperando a que vuelvan, dos millones nacieron en esa situación: hijos de niñas olvidadas, de matrimonios separados por las distancias, de jóvenes indiscretos sin supervisión adulta, procreando.

Al finalizar el éxodo, muchos volvieron y encontraron que la ciudad que habían dejado, que el barrio desde donde habían salido con los pies embarrados, no era el mismo. Sus historias no le pertenecían, las miradas eran desconfiadas, las salutaciones inverosímiles. Muchos se quedaron viviendo en el extranjero, porque decidieron irse con sus familias completas, pero no volvieron a hablar de la misma manera, porque como alienígenas, pasaron a mejor vida, involucrándose en una sociedad que los aceptó como una herramienta necesaria.

Cuando volvieron al país, los aeropuertos se abarrotaron, se mojaron las salas de espera de tanto llanto concebido como felicidad. Los aviones volvían repletos, con gente que se había ido de chinela y volvía con acento español, francés, argentino, diciendo "vale" en vez de “elay”, pronunciando las "eses" exageradamente, con los ojos curtidos en los naranjales y tomatales.

Las cámaras de televisión grababan, una y otra vez, la llegada del éxodo, la vuelta del hijo pródigo, del campesino vuelto urbanita a la fuerza, del hombre que se fue dejando una familia, y volvió encontrándose con otra realidad.

sábado, 3 de agosto de 2013

ATRAPADO EN LA CALLE BALLIVIAN


Esta es la historia de un hombre que no puede salir de la calle Ballivian, está encerrado en sus 14 cuadras que la contienen. Camina de Este a Oeste, y no entiende por qué no puede salir de ellas.

No es una fantasía, no es un drama, es una historia que no tiene sentido. Como puede ser que un hombre se encuentre encerrado en una calle. ¿Por qué no puede cambiar a la calle paralela? Esa es la pregunta que no tiene respuesta. “Todos los días lo vemos pasar”; “Es un loco”, dicen algunos. La mayoría de las tiendas de disfraces que están en el lugar lo ven caminar ida y vuelta. Muchos le han preguntado por qué no se va a su casa. El misterio está en que ni él sabe por qué le pasa lo que le pasa.

Trata de huir todos los días. Corre de la Ballivian a la Oruro y aparece en la acera de en frente, o sea, en la misma Ballivian. Corre del primer anillo al segundo anillo, osa cruzar hacia la “Melchor Pinto”,  y aparece nuevamente en mitad de la calle de “la Ballivian”. Un día casi lo atropellan, porque de pronto, zas! Apareció delante de un micro de la línea 36. El chofer del micro, hábil para tocar la bocina y no parar aunque haya una abuelita en frente, atinó a frenar de golpe, provocando que todos sus pasajeros que iban parados, cayeran a sus pies.

A las seis de la mañana, se levanta, toma un café que le dan en la tienda de la esquina. Siete en punto, camina apresurado imitando la prisa que tienen los trabajadores de la Caja Nacional de Salud para entrar a su trabajo. Ocho y diez, llama por teléfono por enésima vez a su casa, nadie le contesta, debe ser porque él está encerrado en la Ballivian, piensa. Nueve de la mañana, ayuda a abrir la tienda de disfraces de Marbella, una mujer mezcla de brasilera con yungueña. Diez y cuarto, lee el periódico con el guardia que cuida  la clínica nuclear Niño Jesús. Once y media, se sube a un micro que lo lleva hasta la intersección de la Ballivian y la calle La Paz, ahí desaparece y vuelve a aparecer en la parada de micros de “el primer anillo”. Mediodía, almuerza en la federación de periodistas.

Nahuel, ahora tiene 38 años, desde 1995 está atrapado, en la calle Ballivian, sin poder salir, sin poder escapar.


jueves, 1 de agosto de 2013

CUENTO: VIRUS HACE PERDER LA MEMORIA A MILES DE PERSONAS

Nahuel Parada despertó ese día con la fe puesta en que iba a hacer ejercicio. Su doctor se lo había recomendado. Un sub 40 necesita correr porque si no su hígado y su corazón sufrirían una intervención urgente. Algo normal en un profesional que se había pasado la vida realizando varios proyectos empresariales de los cuales ninguno le había dado resultados. El hígado se constriñe y el corazón se achica; pero eso sí, la esperanza nunca muere.

21 de Noviembre

Las calles están vacías, los autos y los micros hoy no hacen bulla, la frecuente, la normal, algo pasa. No me acuerdo pero algo pasa.  No me puedo despertar, porque algo pasa. Ah, sí, ya me acuerdo, hoy es el día del censo, del puto censo. ¿Hay algo peor que entrar a la categoría de indígena siendo mestizo con un número en una boleta censal? ¿Hay algo peor, que venga un conscripto o un estudiante a tomarte examen de los datos principales de tu vida un día inimaginado, entre semana? es para partirte la cabeza. Nahuel, desesperado, enciende el televisor. Espera tranquilo, y mientras pasan los minutos, las horas, llega el mediodía, llega la tarde y por fin. Llega el censador. La primicia. Algo pasa en un edificio de 10 pisos  donde el último que tienen que censar es el del primer piso. ¿Las preguntas son las mismas del último censo?, preguntó Nahuel; el estudiante del colegio de la esquina recogió los hombros en duda, la respuesta era clara, apenas tenía 5 años desde el último censo. ¿Te censaron a vos?  Preguntó; fui el primero, a las 8 de la mañana llegó el supervisor y nos hicieron las preguntas de rigor. Y que respondiste en la pregunta existencial de la boleta censal, esa que dice de qué nación sos. Disculpe, respondió el muchacho, yo estoy aquí para preguntar no para responder.

La entrevista terminó en diez minutos. “Hace rato que no hablo con nadie tanto de mi vida como lo he hecho con este muchacho”, pensó. Cerró la puerta y sintió como ponían el sticker de censado en la madera. Aliviado, salió a correr al parque urbano más cercano.

22 de noviembre

Son las cinco de la mañana, Nahuel despierta cansado y con los ojos hinchados, algo pasa. “¿Será la hamburguesa americana con doble porción de papas y el café? Podría ser”. Trató de recordar que era lo que había pasado en su sueño que lo despertó, pero fue imposible. Cinco de la mañana y no me acuerdo en que terminó la película, ¿era una película?

9:00 am

Llego tarde al trabajo, espero que no esté Silverio que me va a pedir los informes y esos sí que no los tengo, a decir verdad no me acuerdo que informe era. Pero sé que me los va a pedir.

12:00 am

“¿Alguien sabe dónde dejé la calculadora en esta puta oficina?”. Los compañeros de trabajo de Nahuel estaban desconcertados. Algo había pasado con él; de pronto, sin más remedio que el de la sorpresa, lo vieron sacándose la corbata y diciendo, “¡me cago en la puta corbata que me hincha el cerebro apretándome el coto!”. La tarde fue igual. El día siguiente también. Los fines de semana peor.

Un mes después…

Hay cosas que se han perdido doctor en mi casa, no comprendo, estoy perdiendo la memoria, todo se me pone borroso, pero no son mis ojos, es mi memoria, algo está pasando. No tiene algún tónico para no perder la memoria así de golpe. El doctor, el médico general, el cardiólogo, el psicólogo, la nutricionista, todos le daban una respuesta inexacta de lo que le pasaba. Al salir del consultorio se olvidada de pronto todo.

Una noche antes de navidad,

“Hace dos meses que me estoy perdiendo los mejores momentos de mi vida, y no puedo hacer nada” se quejaba Nahuel, frente a la mesa familiar apenas recordaba quien era su madre. Todos preocupados lo asistían y lo miraban diferente. ¡Algo le pasa!, comentaba la prima que había venido desde Tarija para asistir a la cena familiar de noche  buena, es algún virus parece, porque en Tarija también está pasando lo mismo con mucha gente. Según las noticias, dicen que es una enfermedad como el H1N1, dijo Daniela, hermana del infortunado. Es contagiosa, toces, y ya está. Contagiaste a medio mundo.

Nahuel se sentó frente al televisor y encontró en los noticieros la posible respuesta a su pérdida de memoria. Los titulares decían, alarmando a la población: “Virus que hace perder la memoria; el SEDES confirma el contagio de un virus que estaría haciendo perder la memoria a muchos ciudadano en los departamentos de Santa Cruz, Tarija y Beni; según los datos preliminares emitidos por la gobernación, son cerca de 50 mil personas que han sido afectados; los síntomas son los siguiente: mareo, pérdida de memoria, y la piel se pone diáfana”

Nahuel saltó del sillón, desconcertado, no sabía qué hacer. Pero debe haber alguna vacuna, algo que te puedan dar, comenzó a gritar, a exigir explicaciones, pero nadie se las podía dar.

1 de Enero,

Las calles estaban vacías, silenciosas, con camellones llenos de borrachos tirados boca arriba; el sol quemándole la cara. Nahuel miró por la ventana, de pronto un haz de luz cayó sobre su cabeza, enceguecido se tiró sobre la cama: “21 de noviembre. Censo. Nací el 74, provincia Sara, nacionalidad boliviana; eso era, de pronto los recuerdos del día en que empezó a perder los recuerdos, paradójicamente se le vino a la memoria. Algo estaba pasando en ese sistema perverso del destino, pensó. La piel se le compuso, los flashback venían a borbotones, ya recordaba su infancia de nuevo, su adolescencia, sus novias, su paso por la universidad. ¡Todo!

Se sentó en su escritorio, frente a su computadora comenzó a escribir de manera desmesurada, por si en caso de que vuelva a suceder de que comience a perder la memoria, pueda leer que es lo que pasó. Escribió hasta que se hizo de noche, se quedó con el cursor del mouse parpadeando sobre una cifra que había encontrado en el portal del periódico “La Voz” 120 mil personas perdieron la memoria en los últimos tres meses, las causas del desvarío son provocadas por un virus que el ministerio de salud no ha sabido identificar.


Según cuenta, Aurelia bejarano, que viven en Tarija, comenzó a recuperar la memoria en las últimas horas y sus familiares explican que ella empezó a sentirse mal desde el día después del censo; Francisco vaca, nacido en el Beni, propietario de una ventita en el barrio de San Borja cuenta: cinco de la mañana del día del  cumpleaños de mi mamá, comencé a sentir dolores de cabeza y malestar estomacal, me daba vueltas todo y me olvidé por completo de quien era mi madre. De golpe perdí la memoria; Asunta Cadario, 35 años, de profesión veterinaria, nacida en el barrio los choferes, Santa Cruz, cuenta que lo último que se acuerda desde aquel día que no supo diferenciar entre una vaca y un perro danés, es la cara de la muchacha que fue a censarla.



Tercer día de carnaval,

Hasta ahora no hemos vuelto a escuchar sobre lo que te pasó Nahuel – a mí y a otro montón de gente, respondió despreocupado a Javier; pero ahora es lo de menos. Caminaba por la calle Ballivian, entre la multitud de gente que saltaba y bebía desaforadamente, cinco y media de la tarde. La mayoría de los carnavaleros estaba a punto de quedar inconsciente ante tanto jolgorio. Él tenía la certeza que no, que no le iba a pasar eso; no había bebido mucho de la cerveza en lata que se calentaba en su mano; cuando de pronto, algo lo tiró al suelo.

Miércoles de ceniza,
  
Lo último que recuerdo es que estábamos en la Ballivian, vos me pediste una cerveza, yo…no me acuerdo más. Nahuel salía de la clínica, donde estuvo las últimas 5 horas en emergencia, observado por el médico de turno que había atendido ocho casos parecido a los de él. No eras el único le comentó Davier, su compañero de juerga, todos parecido a vos, o sea, con tu historia. Estaban caminando, estaban sentados, estaban bebiendo, estaban bailando y de pronto, plop! Cayeron desmayados. Así que tranquilízate que si algo pasa, no vas a estar solo.

Comunicado oficial de la gobernación: ante la creciente ola de enfermos en los hospitales con problemas referidos a la pérdida de memoria y desmayos, se solicita a la población lavarse siempre las manos y usar barbijo en los lugares públicos. La noticias salió en los noticieros de la televisión, en los periódicos, en la radio, en todas partes: “el contador que aparece al lado superior izquierdo de su pantalla, es la cantidad de personas que están perdiendo la memoria” decía el presentador de noticias, “más de 50 mil personas se encuentran infectadas por este virus al que se lo ha denominado H1NE”.

“Otra vez volvió Nahuel”, le escribieron en sus hojas impresas donde había escrito todo lo que había pasado el día que le volvió la memoria. “Poco a poco su piel se volvió blancuzca, diáfana, translucida, parecía un fantasma caminando por la casa”, comentaba la abuela de Nahuel a un periodista del Diario “La voz”; siempre era un chico atento, juguetón, alegre; ahora no sé qué va a pasar”.

31 de Julio,

Nahuel estaba sentado frente al televisor mirando lo que sucedía en Brasil sin poder entender, el papa cargaba a una niña en sus brazos y la besaba; cambió al canal estatal sin pensarlo, la pantalla se puso borrosa, se estrujó los ojos para enfocar mejor; pero la lluvia de pixeles de su plasma y el ruido que hacía lo estaban perturbando; se paró, dio unos cuantos pasos, trató de agarrar el control, miró su mano al extenderla: “no está, mi mano no está” exclamó, algo le estaba pasando, corrió a mirarse en el espejo del baño y al llegar allí solo veía una parte casi transparente de él. “El virus”, pensó, me está desapareciendo; buscó su celular, era casi el mediodía. La señal del televisor volvió a su pantalla, la presentadora del programa anunciaba de manera primicial los datos del censo.


Nahuel volcó la mirada al espejo y vio como poco a poco su rostro, sus manos, su cuerpo, desaparecía.