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sábado, 31 de agosto de 2013

Oscar y la máquina secuenciadora de ADN

CRONICA 
Oscar y la máquina secuenciadora de ADN

@750palabras

Oscar, no quería abandonar su campo, sus vacas, sus torcazas y todo lo que le recordara su niñez; pero su madre, que vivía pensando que hacer con su hijo menor, lo mandó a estudiar a Argentina, según ella, algo que tenía que hacer con su vida.
Lo subieron al tren, luego a una flota, lo dejaron en la frontera y ahí, mediante una transacción en Yacuiba, lo introdujeron a un taxi que lo llevó hasta Buenos Aires. Más tardó en llegar que en volverse, no quería saber de las universidades y menos estudiar, algo raro pasaba en él. Extrañaba su vaca, su ternero, la leche a las seis de la mañana.

Otra vez, lo subieron al tren, lo metieron a la fuerza a la flota y lo enviaron en avión al microcentro porteño, hospedado en un hotel de media estrella, comenzó a estudiar: las plazas, las calles, los campos, la General Paz, Puerto Madero y por fin, se quedó estancado en una universidad cerca del río de la plata.

Estudió por más de cinco años, su madre nunca supo que, porque no le importaba. El, que era de poco escribir, y con el resentimiento de hijo forzado a hacer lo que no quería, tampoco le contó que no estudió ni derecho, ni arquitectura, ni publicidad, ni nada de lo que su madre alguna vez soñó.

Al volver a su rancho, allá en Tundi, pueblito de mala muerte, afueras de la ciudad, y lejos de todo lo que tenga que ver con tecnología, desembarcó en la frontera con Chile, una máquina que traía vía exprés desde Europa, Nadie sabía lo que era, ni los de la Aduana, por eso no supieron cuánto pedirle como coima para hacer pasar la máquina rara.


Oscar, había preparado un cuarto especial para su herramienta de trabajo, para esa máquina que nadie entendía que hacía. Su madre al verlo llegar con el camión de mudanza trayendo un armastrote descomunal, donde más eran cajas y plastoformo prendidos con cintas adhesivas con anuncios de frágil, no entendió de qué se trataba.

Al mes de llegada la carga, Oscar le pidió a su madre que le prestara a Rosita, la vaca favorita de la familia, que estaba a punto de cumplir siete años. Ella no entendía que podía hacer con una vaca que lo único que hacía era espantarse las moscas con la cola,  y deambular rumiando todo el día.

A los pocos meses, apareció una vaca, idéntica a rosita, y luego otra, y luego otra, y así hasta completar un lote de diez vacas idénticas. Oscar satisfecho, al ver que su trabajo daba frutos, comenzó a sacarle fotos para enviarla de nuevo a la universidad de donde había salido. Su madre que vivía en su mundo eterno de hacer pan, biscochos y patascas para vender los fines de semana en la ciudad, no se había percatado de tal situación.

Doña felicidad, -le dijo la vecina del siguiente canchón, -sus vacas gemelas, se están comiendo los choclos de mi campo-, ella no entendía de que se trataba, cuando salió a ver, a la mujer y su vaquero subido en un caballo lleno de garrapatas, lo que denunciaba, no podía creer lo que veían sus ojos. Su vaca rosita, estaba reproducida por diez, todas idénticas, llenas de manchas negras, con la oreja cortada, y las patas chuecas.



No le dijo nada a su hijo, porque pensó que era una venganza de él, por haberlo mandado durante cinco  años a un lugar que no quería, y por hacerlo estudiar a la fuerza. Se quedó aterrorizada porque no sabía que era lo que había estudiado su hijo en realidad. -Y si ha estudiado magia negra, pensó-.

Unas semanas después, cuando su madre se encontraba descansando en su mecedora, en el patio, mientras terminaba de amanecer, vio como los pollitos que pasaban corriendo tras los maíces que le tiraba al suelo, tenían algo raro, se acerca a mirarlos de cerca, después de haberse puesto los lentes, y haberse agachado lo suficiente como para enfocar bien, descubrió que todos los pollitos que seguían a su mama gallina, tenían cada uno dos juegos de alas, parecía que estaban a punto de volar con la súper potencia de un par de juegos de alitas extras. Lanzó un grito al cielo y salió despavorida corriendo hacia la cabina telefónica más cercana del lugar. En Tundi casi nunca pasaba nada que llame la atención, los menonitas caminaban descalzo por los alrededores, como si vivieran en el siglo veinte, los camiones todos eran de los años setenta, y los teléfonos celulares eran algo que no quería usar por ser parte de una modernidad que ella se resistía a entender.

Oscar, no pudo evitar la risa sarcástica al ver a su madre, con la cara de terror, al desconfiar de que su hijo se haya convertido en el famoso Dr. Frankenstein, haciendo de los pollitos adefesios articulados con más de dos alitas. y no solo eso, en su área de trabajo donde tenía la máquina rara que nadie sabía de qué se trataba, había un ternero con dos cabezas, un perro que maullaba, un loro que hablaba perfectamente el inglés, y muchos cerditos caminando en dos patas.
Oscar no podía dejar de reír, cuando vio a su madre, que horrorizada agarraba sus pilchas, y corría a la parada del colectivo para que la lleve a la ciudad. Nunca se enteró que su hijo, había estudiado biología y farmacia y que en ese lapso, un científico loco, lo llevó de su aprendiz en biotecnología.


Cuando le preguntaron en la aduana, que era lo que hacía la máquina, él dijo inocentemente: "es un secuenciador de ADN".

viernes, 30 de agosto de 2013

CRONICA DE CIUDAD Los micros parte del genoma citadino

CRONICA DE CIUDAD
Los micros, parte del genoma citadino

Los micreros son los que mueven la ciudad, corren todo el día por sus arterias y casi que se vuelven necesarios para la existencia de este organismo vivo, que es la urbe cruceña.

Todos los días miles de personas, se suben a uno de estos vehículos para trasladarse a su trabajo.

Esta es la historia de una de ellas, que vive en los micros de la ciudad como una casa rodante, ya que el mundo se ve diferente desde allí. Comienza su recorrido en la zona sur, desde donde agarra el micro que sale desde la refinería y se lanza en un viaje tremendo hasta la zona norte, kilometro catorce casi quince, es su manera de vivir, es su forma de recrear el mundo en un viaje sin parar.

Luego de llegar a la parada final, toma otro micro que la dirige por otro tramo más espeluznante aún, es una línea que acaba de crearse que solo entra a barrios recién creados, llenos de pozos y movimientos tectónicos, con pasajeros que suben en estado de ebriedad y casi siempre con el olor característicos de los chivos. Suben y bajan, suben y bajan, llegan hasta su recorrido, dicen parada y bajan a prisa para no ser arrastrados por la corriente de aire que deja el transporte público.

Según cuenta ella, que los peores micros, son los que entran a los mercados, casi todos ellos entran a los más populosos centros de abastecimiento, donde, no solo personas entran para ser transportados de un punto de la ciudad a otro, sino, también sus animales: no faltan los perros, los gatos, los patos, los loros, las chivas, los chanchitos, lechoncitos, todo tipo de animales escondidos en bolsos de aguayo.

También suben mercaderías: desde los tomates casi podridos, no vendidos en el centro, comida para los chanchos en las casas, abarrotes, comidas, frituras y alimentos perecederos que huelen quiabó, podridos por el paso del tiempo.

No faltan los montacargas humanos, esos hombres que viven de arrastrar, cargar, llevar como animales las mercaderías de los grandes gremialistas, que utilizan a estos pobres hombres como bagayeros de contrabando, para que las autoridades pertinentes no lo coloquen en el régimen general  y paguen impuestos.

Prosigue su viaje más allá de los olores, esta mujer que vive de escuchar las historias de las personas que se sientan al lado de ella, atrás o adelante, dice que estás son mejor que quedarse viendo la mejor de las novelas en la televisión o la superproducción de una película gringa. Las historias que ha escuchado sentada en los micros duran generalmente veinte minutos, la duración de un viaje de dos personas que cuentan todo sin pudor mientras se trasladan de un punto a otro en la ciudad. Dramas familiares, amores encontrados, amantes, mujeres infieles, fulanitas que se acuestan con el fulanito, deudas impagas, amores maltratados, hijos maleducados, todo.

En ese ir y venir, se puede decir que Ofelia, que es como se llama esta científica que estudia la vida cotidiana subida en un micro, ha logrado descifrar el genoma del cruceño, ese hombre pobre que tiene que utilizar el transporte público. Comenzando desde el chofer que es el pretérito perfecto de los hombres de las cavernas, pasando por las amas de casa que visten de madres y cocineras con los rulos en las cabezas pensando en voz alta, hasta los hijos de todos los vecinos del pueblo y sus problemas personales, existenciales y menstruales. Todos se encuentran en ese universo llamado micro: el transporte público de la ciudad.

Desde que tengo uso de razón, dice Ofelia siempre me gustó viajar en estos vehículos que lleva a muchas personas de un lado a otro: la historia se remonta a mi niñez cuando tenía que subirme al colectivo de la línea uno, un camión ñato que había sido adaptado para ser vehículo que preste este servicio, era una especie de cacharro bien alimentado, con las láminas de su chasis levantadas y una caja de cambios que sonaba como si los fierros estuvieran torciéndose por dentro y suplicando aceite y grasa para continuar.

Alguna vez también existieron unos micrangos llamados ENTA, empresa nacional de transporte, que era un experimento por demás de desubicado ya que su estructura de gigante apenas podía entrar por las estrechas calles de la ciudad. Luego vinieron los misiles, micritos donde todos los pasajeros entraban agachados, apretados como sardinas, y traumatizados por las grandes velocidades imprimidas para llegar a marcar la tarjeta.

Ofelia, vive sentada en los micros como una pasajera eterna, que encontró la manera de nunca estar quieta, en un solo lugar, con compañía de los choferes de micros, ha encontrado una familia y una extensión de su aventura viajera, por el ombligo del mundo.




jueves, 1 de agosto de 2013

CUENTO: VIRUS HACE PERDER LA MEMORIA A MILES DE PERSONAS

Nahuel Parada despertó ese día con la fe puesta en que iba a hacer ejercicio. Su doctor se lo había recomendado. Un sub 40 necesita correr porque si no su hígado y su corazón sufrirían una intervención urgente. Algo normal en un profesional que se había pasado la vida realizando varios proyectos empresariales de los cuales ninguno le había dado resultados. El hígado se constriñe y el corazón se achica; pero eso sí, la esperanza nunca muere.

21 de Noviembre

Las calles están vacías, los autos y los micros hoy no hacen bulla, la frecuente, la normal, algo pasa. No me acuerdo pero algo pasa.  No me puedo despertar, porque algo pasa. Ah, sí, ya me acuerdo, hoy es el día del censo, del puto censo. ¿Hay algo peor que entrar a la categoría de indígena siendo mestizo con un número en una boleta censal? ¿Hay algo peor, que venga un conscripto o un estudiante a tomarte examen de los datos principales de tu vida un día inimaginado, entre semana? es para partirte la cabeza. Nahuel, desesperado, enciende el televisor. Espera tranquilo, y mientras pasan los minutos, las horas, llega el mediodía, llega la tarde y por fin. Llega el censador. La primicia. Algo pasa en un edificio de 10 pisos  donde el último que tienen que censar es el del primer piso. ¿Las preguntas son las mismas del último censo?, preguntó Nahuel; el estudiante del colegio de la esquina recogió los hombros en duda, la respuesta era clara, apenas tenía 5 años desde el último censo. ¿Te censaron a vos?  Preguntó; fui el primero, a las 8 de la mañana llegó el supervisor y nos hicieron las preguntas de rigor. Y que respondiste en la pregunta existencial de la boleta censal, esa que dice de qué nación sos. Disculpe, respondió el muchacho, yo estoy aquí para preguntar no para responder.

La entrevista terminó en diez minutos. “Hace rato que no hablo con nadie tanto de mi vida como lo he hecho con este muchacho”, pensó. Cerró la puerta y sintió como ponían el sticker de censado en la madera. Aliviado, salió a correr al parque urbano más cercano.

22 de noviembre

Son las cinco de la mañana, Nahuel despierta cansado y con los ojos hinchados, algo pasa. “¿Será la hamburguesa americana con doble porción de papas y el café? Podría ser”. Trató de recordar que era lo que había pasado en su sueño que lo despertó, pero fue imposible. Cinco de la mañana y no me acuerdo en que terminó la película, ¿era una película?

9:00 am

Llego tarde al trabajo, espero que no esté Silverio que me va a pedir los informes y esos sí que no los tengo, a decir verdad no me acuerdo que informe era. Pero sé que me los va a pedir.

12:00 am

“¿Alguien sabe dónde dejé la calculadora en esta puta oficina?”. Los compañeros de trabajo de Nahuel estaban desconcertados. Algo había pasado con él; de pronto, sin más remedio que el de la sorpresa, lo vieron sacándose la corbata y diciendo, “¡me cago en la puta corbata que me hincha el cerebro apretándome el coto!”. La tarde fue igual. El día siguiente también. Los fines de semana peor.

Un mes después…

Hay cosas que se han perdido doctor en mi casa, no comprendo, estoy perdiendo la memoria, todo se me pone borroso, pero no son mis ojos, es mi memoria, algo está pasando. No tiene algún tónico para no perder la memoria así de golpe. El doctor, el médico general, el cardiólogo, el psicólogo, la nutricionista, todos le daban una respuesta inexacta de lo que le pasaba. Al salir del consultorio se olvidada de pronto todo.

Una noche antes de navidad,

“Hace dos meses que me estoy perdiendo los mejores momentos de mi vida, y no puedo hacer nada” se quejaba Nahuel, frente a la mesa familiar apenas recordaba quien era su madre. Todos preocupados lo asistían y lo miraban diferente. ¡Algo le pasa!, comentaba la prima que había venido desde Tarija para asistir a la cena familiar de noche  buena, es algún virus parece, porque en Tarija también está pasando lo mismo con mucha gente. Según las noticias, dicen que es una enfermedad como el H1N1, dijo Daniela, hermana del infortunado. Es contagiosa, toces, y ya está. Contagiaste a medio mundo.

Nahuel se sentó frente al televisor y encontró en los noticieros la posible respuesta a su pérdida de memoria. Los titulares decían, alarmando a la población: “Virus que hace perder la memoria; el SEDES confirma el contagio de un virus que estaría haciendo perder la memoria a muchos ciudadano en los departamentos de Santa Cruz, Tarija y Beni; según los datos preliminares emitidos por la gobernación, son cerca de 50 mil personas que han sido afectados; los síntomas son los siguiente: mareo, pérdida de memoria, y la piel se pone diáfana”

Nahuel saltó del sillón, desconcertado, no sabía qué hacer. Pero debe haber alguna vacuna, algo que te puedan dar, comenzó a gritar, a exigir explicaciones, pero nadie se las podía dar.

1 de Enero,

Las calles estaban vacías, silenciosas, con camellones llenos de borrachos tirados boca arriba; el sol quemándole la cara. Nahuel miró por la ventana, de pronto un haz de luz cayó sobre su cabeza, enceguecido se tiró sobre la cama: “21 de noviembre. Censo. Nací el 74, provincia Sara, nacionalidad boliviana; eso era, de pronto los recuerdos del día en que empezó a perder los recuerdos, paradójicamente se le vino a la memoria. Algo estaba pasando en ese sistema perverso del destino, pensó. La piel se le compuso, los flashback venían a borbotones, ya recordaba su infancia de nuevo, su adolescencia, sus novias, su paso por la universidad. ¡Todo!

Se sentó en su escritorio, frente a su computadora comenzó a escribir de manera desmesurada, por si en caso de que vuelva a suceder de que comience a perder la memoria, pueda leer que es lo que pasó. Escribió hasta que se hizo de noche, se quedó con el cursor del mouse parpadeando sobre una cifra que había encontrado en el portal del periódico “La Voz” 120 mil personas perdieron la memoria en los últimos tres meses, las causas del desvarío son provocadas por un virus que el ministerio de salud no ha sabido identificar.


Según cuenta, Aurelia bejarano, que viven en Tarija, comenzó a recuperar la memoria en las últimas horas y sus familiares explican que ella empezó a sentirse mal desde el día después del censo; Francisco vaca, nacido en el Beni, propietario de una ventita en el barrio de San Borja cuenta: cinco de la mañana del día del  cumpleaños de mi mamá, comencé a sentir dolores de cabeza y malestar estomacal, me daba vueltas todo y me olvidé por completo de quien era mi madre. De golpe perdí la memoria; Asunta Cadario, 35 años, de profesión veterinaria, nacida en el barrio los choferes, Santa Cruz, cuenta que lo último que se acuerda desde aquel día que no supo diferenciar entre una vaca y un perro danés, es la cara de la muchacha que fue a censarla.



Tercer día de carnaval,

Hasta ahora no hemos vuelto a escuchar sobre lo que te pasó Nahuel – a mí y a otro montón de gente, respondió despreocupado a Javier; pero ahora es lo de menos. Caminaba por la calle Ballivian, entre la multitud de gente que saltaba y bebía desaforadamente, cinco y media de la tarde. La mayoría de los carnavaleros estaba a punto de quedar inconsciente ante tanto jolgorio. Él tenía la certeza que no, que no le iba a pasar eso; no había bebido mucho de la cerveza en lata que se calentaba en su mano; cuando de pronto, algo lo tiró al suelo.

Miércoles de ceniza,
  
Lo último que recuerdo es que estábamos en la Ballivian, vos me pediste una cerveza, yo…no me acuerdo más. Nahuel salía de la clínica, donde estuvo las últimas 5 horas en emergencia, observado por el médico de turno que había atendido ocho casos parecido a los de él. No eras el único le comentó Davier, su compañero de juerga, todos parecido a vos, o sea, con tu historia. Estaban caminando, estaban sentados, estaban bebiendo, estaban bailando y de pronto, plop! Cayeron desmayados. Así que tranquilízate que si algo pasa, no vas a estar solo.

Comunicado oficial de la gobernación: ante la creciente ola de enfermos en los hospitales con problemas referidos a la pérdida de memoria y desmayos, se solicita a la población lavarse siempre las manos y usar barbijo en los lugares públicos. La noticias salió en los noticieros de la televisión, en los periódicos, en la radio, en todas partes: “el contador que aparece al lado superior izquierdo de su pantalla, es la cantidad de personas que están perdiendo la memoria” decía el presentador de noticias, “más de 50 mil personas se encuentran infectadas por este virus al que se lo ha denominado H1NE”.

“Otra vez volvió Nahuel”, le escribieron en sus hojas impresas donde había escrito todo lo que había pasado el día que le volvió la memoria. “Poco a poco su piel se volvió blancuzca, diáfana, translucida, parecía un fantasma caminando por la casa”, comentaba la abuela de Nahuel a un periodista del Diario “La voz”; siempre era un chico atento, juguetón, alegre; ahora no sé qué va a pasar”.

31 de Julio,

Nahuel estaba sentado frente al televisor mirando lo que sucedía en Brasil sin poder entender, el papa cargaba a una niña en sus brazos y la besaba; cambió al canal estatal sin pensarlo, la pantalla se puso borrosa, se estrujó los ojos para enfocar mejor; pero la lluvia de pixeles de su plasma y el ruido que hacía lo estaban perturbando; se paró, dio unos cuantos pasos, trató de agarrar el control, miró su mano al extenderla: “no está, mi mano no está” exclamó, algo le estaba pasando, corrió a mirarse en el espejo del baño y al llegar allí solo veía una parte casi transparente de él. “El virus”, pensó, me está desapareciendo; buscó su celular, era casi el mediodía. La señal del televisor volvió a su pantalla, la presentadora del programa anunciaba de manera primicial los datos del censo.


Nahuel volcó la mirada al espejo y vio como poco a poco su rostro, sus manos, su cuerpo, desaparecía.

miércoles, 31 de julio de 2013

LAS NOTICIAS Y LA FICCION

La Paz, 22 de Junio

En el comando Mayor de las fuerzas armadas apareció muerta una enfermera; en la plaza murillo un canillita gritaba las noticias: hallaron el cuerpo sin vida de una enfermera en las instalaciones del estado mayor, ¡Extra! ¡Extra!; cinco de la mañana, el editor del periódico matutino, “La Voz” salía cansado pensando  que la noticia  que le había llegado a último momento desde la calle Miraflores, le había llenado la portada con gran éxito. Abren cuaderno de investigaciones en la fiscalía: el fiscal Monasterio ha dicho que la muerte pudo ser por demasiada ingesta de bebidas alcohólicas; por lo tanto, citarán a las personas con las cuales estaban compartiendo en la institución castrense.

Santa Cruz, 18 de julio.

El rancho estuvo pesado, la comida que dan en el colegio militar es cada vez peor; escribía Gilbert a su novia, por whasapp , mientras hacía la guardia del mediodía pensaba en la mujer que había conocido en el pajonal, cerca de los muertos; ella tiene todo lo que busco, le comentaba a su compañero de armas. La guardia es secante cuando el sol se pone, por suerte hoy vino con viento, pensaba; dos disparos bastaron para silenciarle los pensamientos, uno al costado de su humanidad, el otro en la espalda. Una avioneta pasaba en ese momento, la miró en contra luz, no pudo abrir más los ojos y dejó de respirar.

Cochabamba, 20 de Julio.

Inconscientemente pensaba: “Me estoy muriendo, algo ha ocurrido. ¡El palazo mi coronel, el palazo!”; ”¡El que me dio el cabo Martínez, no lo soporto, me duele mucho! Tenía un impacto de bala alojado en el cráneo, salía sangre,  a borbotones; ya va a acabar conscripto, no llore, no sea maricón carajo, aguante; el sollozo de ambos daba por perdida una vida. Las barricadas estaban vacías aquel sábado encapotado por nubes de agua, solo el subteniente García podría dar fe de lo que dice el cabo Churuta; ¿Quién ha dado el informe? ¡Avise pues! No se quede ahí parado maldita sea. ¡Mamani¡…¡Mamani! Respire. El cabo cayó inconsciente, reportó el oficial que estaba de turno; sin embargo los oficiales que presenciaron el acto de mala muerte dijeron lo contrario. El comenzó a vomitar sangre, se desmayó, su cuerpo cayó pesado en el piso y nosotros lo llevamos a enfermería. Algo pasó en el camino, no aguantó. Eso es lo que puedo decir mi coronel…explicación breve e inconclusa, dijo el fiscal.

Tarija, 26 de Julio.

Jugaba con el arma de reglamento, de pronto, ¡bam! Un balazo salió; el alférez estaba frente a mí, no me dijo nada; y, salió el disparo; las enfermeras llegaron corriendo hasta el lugar, encontraron el cuerpo del conscripto desangrándose. La noticia corrió por las ondas de la FM, noticiero local; el locutor se esmeraba para darle tono de urgencia: “Noticia de último momento: nos acaban de informar: “otro soldado muere con un disparo en la cabeza”; la información reporta que bien muerto, hablan de un accidente; ¡La hermana sargento, la hermana!  Ha explicado como ocurrió el hecho: “estaba disfrazado de cholita, estaba haciendo un trabajo de patriota, y cuando estaba sacando el arma por debajo de la pollera, que la tenía acomodada para ponerla dentro del pecho, se disparó” eso dijo la hermana; el viceministro de régimen interior mandó a investigar el caso y dijo que no se protegerá a nadie.

Noticias ficcionadas.
Ejercicio literario