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jueves, 4 de julio de 2013

El pesimismo del escritor

Lo que le afecta al escritor es tragarse tantas historias que pasan alrededor suyo e indigestarse con tanta mierda. No se puede escribir obviando las cosas que están podridas. Ese es el escritor optimista, el que ve todo color de rosa, que se inspira en lo bello del paisaje, en lo hermoso del cielo azul, en lo cálido de las palabras que se dicen con ternura. Pero la otra cara de la moneda es el escritor pesimista, que escribe para no sentir tristeza por lo que pasa. Contar lo que ve que está mal, es una forma de catarsis para exorcizar todos sus miedos. Vive encarnándose en cada animal pensante que cruza la tierra como si fuera una transfusión de sentidos, alma, espíritu, pensamiento. El dolor es penetrante, la frustración es degradante, el pesimismo del escritor es un grito que se escucha en las páginas de los autores de ficciones o realidades.

El pesimismo es parte de la escritura, pero al mismo tiempo es la esperanza de encontrar algo positivo en todo lo que escribe. Es mirar, comprender, sentir, almorzar con el estómago hecho nudo. Es adentrarse en el fondo de las situaciones sin ni siquiera pertenecerle, es abordar la vida de otras personas, tener una relación extraña, con gente que nunca le hubiera gustado ser. El escritor que vive del pesimismo, es un escritor que desgrana palabras llenas de furia, verdades desgarradoras sobre lo que ve.

La niña estaba sentada en su cama, llevaba una bata de hospital, atrás de ella estampado en la pared, el retrato de Jesús con la leyenda “En ti confío”, el suero cayéndole gota a gota a su vena, el pelo perdido por la quimioterapia, el dolor de la madre en los ojos rezando con el rosario que maquina en la mano. Dos semanas después, su cuerpo de niña de diez años no soportó y se rindió. Murió en la madrugada luego de agonizar lentamente, el cáncer le había arrebatado la vida gota a gota. El silencio terminó con la pesadilla.

Las historias que cuenta el escritor están hechas de muchas capas: de sensibilidad, de empatía, de correspondencia, de momentos que pueden ser buenos o malos, todos son lo mismo, porque el dolor puede terminar en una alegría, el placer en una tortura, la certeza en una duda infinita.

Cuando Cali salió de su casa ese día, llevaba veinte gramos de coca en su bolsillo, un arma calibre 38, estaba desvelado, buscaba dinero para terminar una transacción que había tenido con un narcotraficante, tenía que pagar de manera urgente. Desesperado llamó a la persona que le debía cinco mil dólares, lo citó en la licorería de siempre. Al llegar el endeudado, lo increpó, lo zamarreó como a un títere, lo insultó sin descaro, lo hizo huir por la calle, lo persiguió docientos  metros, le apuntó con su arma caliente, lo pateó en el suelo y no lo dejó levantarse nunca más, arrojó cinco balazos sobre su cuerpo, el primero lo mató, los otros cuatro eran de rabia, la cámara de seguridad que apuntaba a la calle grabó toda la escena, como si estuviera escrita  en el guión de una mala película.


El escritor sufre las desgracias ajenas, porque las tiene que contar, vive el dolor pernicioso de los mortales, se debilita ante cada acción desenfrenada que le toca escribir. El pesimismo se ha vuelto parte de su ser. Las letras con la que escribe no tienen la culpa, tampoco él, que siempre trata de arrancarle una sonrisa a las letras. Nadie tiene la culpa, las historias son así. Seguro, aunque no queramos reconocerle al autor de las letras el optimismo con que se vive la buena escritura, no podemos abstraernos a  la realidad del escritor.

lunes, 1 de julio de 2013

La izquierda y la derecha del escritor

De los que escriben con la izquierda y de los que escriben con la derecha, pierden el derecho de tener verticalidad en un mundo horizontal. Tratan a los rojos como negros y a los blancos como colorados, todos tienen una simbología que los hacen agredir al resto de los que leen sus escritos. Todos tienen algo que decir; los salva la escritura. El escritor de izquierda, escribe con el corazón sesgado por el dolor y el comunismo, lo sigue la franqueza que acompaña a todo soñador, todo es posible en un mundo donde esa opción desaparece en el fondo de las utopías, siguen intentando darse modos para vivir en un mundo hecho para “zurdos”, para gente que piensa diferente a los demás, les gusta ir en contra ruta, demostrar que el sol si puede ser brillante para todos. Los que escriben con la derecha, son dadivosos, generan expectativas de venta muy alta, crean mercados de la simbología entregados en una fantasía totalitaria. Viven en sociedades apretadas, solo miran al lado  derecho de la vida sin tomar en cuenta que al otro lado del camino también hay vida, urden todo tipo de estrategias para generar más palabras que ayuden al régimen a subsistir, crean edificios de babel, no buscan la igualdad ni uniformidad en las palabras, encuentran oportunidades en las ideas. Los dos escritores tanto el de izquierda como el de derecha, dirige el ritmo de vida de sus páginas, según como ellos creen que debe ser. Aterrador territorio el que habitan cuando quieren ser ambos la bandera que lidera la libertad de expresión, cada uno a su vez se censura para no decir lo que el otro no debe escuchar y para exigir que se escriba como ellos quieren que se lea la historia.

George Orwell, seudónimo de Eric Arthur Blair (Motihari, Raj Británico, 25 de junio de 19031 2  Londres,Reino Unido, 21 de enero de 1950) fue un escritor que delimitó esas fronteras, donde las palabras corren el riesgo de caer fuera del margen de lo que el escritor de turno quiere que se plasme en el papel prensa, en el libro de referencia, en la historia oficial. Cómo es que  parió el mundo gente que piense con un solo lado del corazón y respire por las heridas causadas por sus ideologías. Los escritores de ideologías nacieron en tiempos paranoicos. Carlos Marx, Karl Heinrich Marx, (Tréveris, Reino de Prusia, 5 de mayo de 1818  Londres, Reino Unido, 14 de marzo de 1883) fue el que marcó estas fronteras a punta de poemas y manifiestos, el comunismo en el escritor sesgando la libertad de transcripción de palabras de la mente, del corazón, del bienestar social y de la necesidad de creer que todos podemos vivir bajo un mismo texto. Keynes, John Maynard Keynes (5 de junio de 1883  21 de abril de 1946), presupuestó las palabras que hicieron que la economía del mundo pase a ser parte de un sesudo tratado de diferenciales y empleos, para lograr el equilibro en la teatralización que el dinero hace con los hombres, mientras más inversión de textos que formulen la solución a la baja calidad de vida, más probabilidades de tener un mundo equitativo. Cuando los hombres quedan seducidos por textos que lo llevan a un lado u a otro de la orilla de la vida, sea la orilla izquierda o la derecha, pueden llegar a mojarse para anidarse en el lado que más le conviene, porque de eso se trata. El escritor que se moja los pies tratando de cruzar el rio cada vez que ve mejor perspectiva en la orilla del frente, puede ahogarse en lo menos profundo del charco y ser llevado por la corriente.

El Gabo, Gabriel José de la Concordia García Márquez, que había nacido en 1928 y ganado el premio nobel en 1982, simpatizó desde sus inicios en la escritura con la izquierda; Mario Vargas Llosa, Jorge Mario Pedro Vargas Llosa (Arequipa, 28 de marzo de 1936), premio nobel de literatura 2010, cruzó el rio descalzo, para situarse al otro lado de la orilla. La escritura hace al escritor, las ideas hacen la escritura, el escritor juega con las ideas, si en el camino se tropiezan con ella o la encuentran una carga muy pesada de llevar, es mejor dejarla en el camino, que otro la recoja. Volver a escribir lo que se ha escrito, sin llegar a hacer honor al refrán, de que escribe con la mano y borra con el codo, tiene sentido en la inteligencia, de enmendar lo que el espíritu del escritor, a su conciencia, escribió mal. Volver sobre los pasos derramados, es de valientes, correr hacia el rio y lanzarse de cabeza, es una opción, cruzarlo solo por conveniencias, es de traidores.

La escritura no se mancha, no se deja de lado el placer de escribir, por el morder el lápiz con rabia, y escribir por conveniencia de unos cuantos en desmedro de muchos. La escritura debe salvar y no defenestrar.

sábado, 29 de junio de 2013

El determinismo y el escritor

Escribir sobre el determinismo es como buscar la punta del ovillo en una madeja de hilo de mil colores. Es pensar que ya todo está escrito. Es creer que lo que ocurrió estaba planificado de tal manera que nada más podía haber ocurrido que aquella acción. “Yo sabía que iba a pasar algo así”, “los sospeche desde un principio”, “obvio”, era el determinismo casero el que hablaba por ellos, por esas personas que buscan que las cosas pasen como dice el destino. El destino es ese camino por el cual caminan las personas ciegas y confiadas de que ese es trecho por el cual deben caminar el resto de su vida. Es su destino, el lugar donde siempre pensaron que iban a llegar, puede ser bueno o malo. La gente vive en el determinismo por la creación de las palabras bíblicas que dicen que las cosas tienen que pasar como manda la ley católica, apostólica, romana, cristiana, etc. El determinismo es pensar que nada puede ser cambiado y que la vida es un mero trámite para pasar a mejor situación o peor. Cuando los símbolos de las palabras buscan que el determinismo haga efecto, usan el miedo, palabras poderosas de temor, para afianzar el camino, el destino de las personas, hacia el lugar donde el determinismo universal ha decidido que vaya. El cielo, el infierno, la muerte, la vida, todos esos son destinos y nadie los puede cambiar. El determinismo se fundó para que la gente no piense, o para que no deje de pensar en el asunto. No hay matemáticas que valgan, ni estudios científicos válidos para definir que el determinismo es aquello en lo que confíes que pase sin ni siquiera saberlo.

El determinismo tiene que ver mucho con el escritor porque en su caso, como creador de personajes, se convierte en el determinismo puro. Es el que gobierna en ese mundo lleno de vicisitudes. Es el que define cuando nacen y cuando mueren los personajes. El, como creador define que va a pasar en cada página. Es un escritor que sabe el destino de los personajes y por más que hagan lo que hagan los hombres y mujeres que residen en sus cuentos, historias, novelas, ellos están sujetos a lo que diga el autor. En su totalidad, el escritor es un totalitario, no hay objeciones que valgan porque él es dueño de la palabra, y, solo él la da.

El determinismo en la vida del hombre, es la mano de un dios que le ha dado un camino absoluto, lleno de piedras, lleno de árboles con frutas, (Los árboles del paraíso son dos árboles que aparecen en el Antiguo Testamento en la historia del Jardín del Edén. Uno de ellos es conocido como el "Árbol del Conocimiento del Bien y el Mal" (simplificado como Árbol del Conocimiento), lleno de gente. Cuando el hombre quiere cambiar su historia y también de camino, no encuentra atajo, ni puentes que lo lleven a otro lado que no sea el predestinado. Por eso el destino tiene mala fama de ser dictador. El escritor utiliza todos estos recursos, pero incluso se da el lujo, de generar paradojas, el crea otros caminos, deja que el individuo crea que puede hacer lo que le de la gana. Que puede manejar su destino y cambiar de caminos el rato que quiera. Es una paradoja que abre agujeros negros dentro del universo del escritor, donde la vida se convierte en algo más real que la vida misma. Cuando el escritor crea estas paradojas, casi siempre genera un conflicto que alimente su creación, su historia. El forma parte de ella, y, quiere hacerlo así para que de esa manera, pueda engañar al determinismo y fugarse de su propia historia mediante la historia de otros personajes creado por él. Cuando el escritor crea estos huecos negros, abismales en el mundo suceden muchas cosas, la fe se rompe en mil pedazos, las libertades comienzan a configurarse de diferente manera, se crea espíritus críticos, opositores al régimen, generaciones de creyentes del determinismo salen a las calles a protestar por el ensaño de creador, y, de dictador. No soportan más los grilletes del determinismo.

El escritor está hecho de carne y sangre, sus personajes de pensamiento y sentimientos, los dos sufren, uno por no tener lo que tiene el otro. Todos definen este acto de querer lo que el otro tiene, sin saber que también lo contiene, lo ha llevado a salir a buscar las verdades que supuestamente viven ocultas y que pocos son los privilegiados que la encontrarán. El conocimiento del futuro, el conocimiento sobre los secretos de la vida, el escritor se inspira en estos antagonismos para crear y crearse. Solo él sabe que lo que define como historia, destino de sus personajes, lo llevaran al lugar donde se esconde la verdad de las cosas.


Entre las prerrogativas que tiene el escritor es el de crear sus propios mundos. Sus propios dioses y sus propias reglas. Para que el viva en esos lugares experimentando como sería vivir allí. La creación lo inspira y hace más que cualquier otro ser humano. Recrea la vida desde su inspiración, desde su sentir, vive como nadie más ha vivido, es hombre, es mujer, se convierte en niño, en animal, en universo, piensa por él y piensa por todos. Nunca deja de crear y se fija en todos los detalles, desde la puerta y la ventana de la casa donde habita su personaje, hasta los pensamientos que le adornan la cabeza. Es un psicópata, es un parroquiano, es un loco, es un desviado de la vida para seguir creando. Cuando el escritor crea el prospecto de sus personajes se adivina entre ellos, tiene relaciones incestuosas, porque él se convierte en padre y madre.

Cuando el hombre se descubre dentro de su propia obra, y se descubre porque se logró engañar y entró a la historia como un personaje cualquiera; decidió meterse incógnito para que no lo reconozca su propia mano y lo borre intolerablemente, porque puede causar daño a su obra. Cuando el hombre se encuentra en su propia obra, trata de liquidarlo dándole una muerte digna de pontífice, de patriarca o de asesino. El escritor, trata de mantenerse al tanto de todo y a un lado del resto, pero no puede con su genio porque tiene que volver loco al lector, que es su primera víctima, tanto así que logra meterlo en la historia, identificarlo con algún personaje y de ahí no dejarlo salir nunca más, porque al igual que la tecnología de punta puede entrar a su cerebro, enquistarse en una idea de que todo lo que leyó era asombrosamente espectacular, puede lograr que sus personajes no se mueran nunca. Cuánto tiempo puede vivir un hombre después de muerto. Mucho tiempo, mediante la escritura, el escritor busca la inmortalidad. Pocos saben que el determinismo se trata de eso, que es tratar de hacer que las cosas pasen de una manera predeterminada, que nada sea cambiado, que todo siga su curso, que el mundo de vueltas y el recuerdo de lo que hemos hecho perdure por toda la eternidad.

Cuando el determinismo busca la eternidad entre una de sus metas, está buscando que sea algo posible, lo imposible. El tiempo en que escribo estas palabras, estos textos, siento la presencia de un par de personajes que están detrás de mi hombro, mirando cada una de las palabras que escribo,  observando si lo que escribo está entre las expectativas de ellos.

El hombre que tiene el sombrero blanco y una especie de poncho y el otro que por su posición, solo se ve la sombra de su figura, parados atrás mío, forman parte de la esquizofrenia del escritor, que cree que el mundo está pendiente de él, y de lo que pueda hacer.

miércoles, 26 de junio de 2013

Las oficinas del olvido

Las oficinas son lugares encerrados donde la gente escribe, piensa y olvida. El paso del tiempo es tortuoso y casi siempre conlleva una pesadumbre. El escribir en estos lugares es un acto pagado, deshecho, pasado por un mar de lágrimas. Es un acto que no tiene alma, que se hace con los pies, que se piensa pero se olvida. Es un mecanismo de olvido total. Cuando la gente entra a las oficinas, las letras son adornos incómodos. Casi siempre están atiborradas en los estantes con un montón de cartapacios y objetos que no tienen ningún valor, como las cajas fuertes, los sellos, las sillas giratorias. Todas las palabras escritas en esos lugares son sacados de la lujuria, del pensamiento ultrajado. Las palabras se sienten obstruidas y no dejan paso al romanticismo, a la buena letra, al orden ideológico, a la fe cristiana. Es una monotonía que sucede mientras pasa el tiempo desmedido.

Benedetti, Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia, (Paso de los Toros, Uruguay, 14 de septiembre de 1920  Montevideo, Uruguay, 17 de mayo de 2009) más conocido por sus poemas de escritorio, logró diseñar una estructura lingüística en base a las oficinas. Esos lugares pusilánimes, los convirtió en escenas de amor, de pasión, de locura infinita. Febrero de 1958, un viudo dedicado a los números, enterrado en una oficina, vive de recuerdos del amor de su vida que en paz descanse; entra suntuosa, con las caderas ceñidas por el uniforme de oficina, llega Laura y se sienta para enamorarle infinitamente. La historia de Martín Santomé, descifra al hombre que el autor encontró en una oficina cualquiera. Entre memorándum y planillas de ausencias de empleados, entre informes de ventas finales y cuentas por cobrar, la oficina se abre al espectro de las letras pero de manera ambigua. Donde mejor se lleva es en las notarías, allí encuentran historias que son inverosímiles, también en los juzgados, en los de la defensoría de la mujer duermen muchas historias en el archivador amarillo rápido, en el palacio de justicia, la redacción de memoriales sucumben a las palabras, dejan sus últimos alaridos de sensatez para convertirse en penas y culpas del ciudadano juzgado por mil quinientas pesetas del alma.


Cuando las oficinas se convierten en lugares donde el enamoramiento surge de manera espontánea, aumentan los mensajitos secretos, en “post it” improvisados, encubiertos con un clip que lo delata al final, enviados en papeles membretados mal impresos, y descifrados por los compañeros de trabajo que no entienden como un titular de página pueda tener un corazoncito dibujado con lápiz labial. Las oficinas se han convertido en lugares de cacería para los solteros, lugares donde encuentran el espacio ideal para hacer el amor, encima de la fotocopiadora, en la cocina escondida al final del pasillo, en la oficina del jefe, en la mesa de reuniones de directorio. Allí surgen nuevas historias de amor que al final el escritor las aprovecha, pero más aún el que atestigua lo vivido en prosa oficinista. “La encontré sentada en recepción, el olor a cigarro penetrado en las alfombras, me hizo olvidar bajarme en el piso ocho, tú estabas sentada frente al comerciante de la calle mayor que venía a realizar su ingreso de mercadería, tú le hacías el informe de entrada por almacenes, sonó el teléfono piloto, el guardia se incomodó al verme mirarte fijamente, el silencio se ensañó contra nosotros en el mostrador.”