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lunes, 24 de mayo de 2021

LA DEPRESIÓN EN TIEMPOS DE CUARENTENA

 

 

El personaje de este cuento no tiene final. No vive en un lugar determinado. Anda sonriente por los sueños de los demás. Deambula por los cuartos oscuros de la irrealidad. Es un ser insatisfecho. Cada día logra prorrogarse un poco más en la mente del occiso mental.

Ese personaje se llama la depre...Si, la depresión. Es una especie de carga invisible, que se trepa en la cabeza y gobierna desde adentro, con artilugios tan sencillos como decir: no vas a poder salir. Es una voz, es una manía, es una torpeza, es un silencio. Las personas que conviven con la depresión no saben que viven con ella. Es engañosa, frágil y fuerte a la vez, porque cada vez que te llega la alegría, se angustia y comienza a meterte ideas en el hipotálamo, ahí donde no llega la comprensión y la razón se inquieta, pero no puede hacer nada, porque la depre, la depresión anda menoscabando su integridad. Ya no se puede razonar sin pensar que no vale la pena.

 

 

Hubo un tiempo que la depre, la depresión se vestía de simpatía, y sonreía mostrando los dientes, y tú los mostrabas también, que cuando gritabas sentías que te quedabas sorda, para que se calle ella de una vez. La depresión tiene como único objetivo atraparte y no dejarte ir.  Ese cuento nadie te lo contó, el de la primera vez que te sentiste triste, porque todo el mundo te hablaba de la alegría, pero nadie se ocupaba de ella, de la tristeza, de sentirse solo, o sola, o comprendido, o incomprendida. La señora depresión no le gusta que pienses, le gusta verte llorar, para luego correr y consolarte, y decirte que todo va a estar bien, si te mueves de un lado a otro, si te encoges de hombros y metes la cabeza entre las rodillas, y si lloras como un bebé, cada noche y día, no duermes y te desmayas y despiertas a cada minuto.

La depresión te vuelve invisible, ya no te ves ni al espejo, se te van las ganas de comer, de vivir, de sentir. Es un fantasma que nunca muere, que está pendiente de tus penas, es su alimento más sagrado, tu angustia, es su postre bendecido por la irrealidad. Ya no tienes que llamarla, la depresión siempre está esperando a que le abras la puerta, está a un minuto de tiempo de donde estas y nunca se cansa. “La depre”, esa maldita forma que se encarna en tus estúpidas ideas, se vuelve una persona, te borra del mapa, y deja su espectro arraigado en tu cuerpo.

 

Yo no sé cómo se siente, pero me han contado, y no hace falta que la viva en carne propia para saber cómo es, porque tu piel se vuelve diáfana cuando ella habita en tu mente. Se muestra en tu mirada perdida, se viste de pereza en tu cuerpo, atropella toda actitud de voluntad, derrumba todas las columnas de tus creencias. Es tan hábil, que entra sigilosamente en los momentos que la desazón se encuentra con el destino. Ese destino que hizo que seas lo que eres. Transforma una vida plena en un vacío profundo. Esa es la tristeza, y cada vez que llegue a tu puerta, no la dejes entrar, y si entró, déjala salir, porque no quiere estar en un lugar con vida, quiere estar en un lugar con muerte. Eso pasa cuando decides no continuar con ella. Se amarra a tus piernas, no te deja caminar, tapa tus ojos, llora contigo, entibia la cama para que te duermas, allí comenzará a entrometerse con tus sueños, con tu destino, lo cambiará, hasta que ya no quede rastro de lo que solías ser.


Papá siempre bailó con ella, como si ese momento fuera eterno. Esa eternidad se acabó cuando papá murió hace tres meses, ese baile se acabó, se terminó, y la realidad de su vida se había transformado en un momento oscuro. No se puede vivir así. No se puede continuar así. Aprovecha la desgracia un momento eterno de tristeza. Llama a su amiga la depresión y termina con todo lo que habían construido. Ellos, mientras bailaban, no sospechaban, que un momento después de 60 años, se iban a separar, un momento, a descansar, un momento, a esperar a que todo vuelva a ser como era antes.  





A escala mundial, se calcula que casi 300 millones de personas sufren depresión, lo que equivale a un 4,4% de la población mundial.

Más de 300 millones de personas en el mundo sufren depresión, un trastorno que es la principal causa de discapacidad.

Se considera el principal motivo por el que las personas se suicidan.

Cada año terminan con su vida cerca de 800.000 personas, siendo la segunda causa de muerte entre personas de 15 a 29 años.

La depresión es un trastorno mental frecuente, que se caracteriza por la presencia de tristeza, pérdida de interés o placer, sentimientos de culpa o falta de autoestima, trastornos del sueño o del apetito, sensación de cansancio y falta de concentración.

 

 

 

 

 

viernes, 21 de mayo de 2021

VIAJANDO A ORINOCA EL MUSEO DE EVO

 

Son las 5 de la mañana. Mi vuelo es a las 8 y media. Abro la heladera y no encuentro nada. Está frio.

 

Oruro es una ciudad fría. Lo sé porque lo he visto en las fotos. La gente sufre de frio. Yo estoy por saberlo.



Me subo a un avión. Camino muchos pasillos, escáner y aduana de paso, levanto los brazos, saco todo lo que tengo en el bolsillo, nunca suelto la cámara.

Viajo con Neneko, tiene como 10 años menos, pero un inmenso repertorio de chistes que no sabe que los tiene. Los dos sabemos que vamos a hacer un viaje de placer, pero al mismo tiempo de trabajo. Hace más de tres meses que nos encerraron. Encerraron al mundo entero. Por una cuarentena que quiso castigar a un virus. Dejarlo solo en las calles, pero no pudieron.

 

El vuelo sale a las 8 y media. Llega en 1 hora hasta Oruro. Pero antes hace una parada en Cochabamba, para cambiarnos de avión y así proseguir el destino hacia las alturas. Estamos tranquilos. Respiramos profundo. No sabemos qué es lo que va a pasar. Solo sabemos que tenemos que ir. Porque el encierro nos cansó.

Teníamos una misión que cumplir, pero no era tan así. Nos pidieron que vamos a ver algo que todo el mundo decía que era espectacular. Que nadie más lo había visto como nosotros lo íbamos a mirar. Nos pidieron que busquemos elefantes.

Cuando llegamos a Oruro, el clima cambió totalmente. La ciudad con el carnaval más emblemático del mundo, después del de Rio de janeiro. La Diablada, el corso y la imagen de una virgen de más de 40 metros de altura nos esperaba en el pasillo de recepción en un mural.

 

Pasamos el pasillo del recibidor de pasajeros y nos encontramos con las puertas abiertas a conocer la ciudad. Salimos a buscar un taxi y nos encontramos con varios. En un sargento de voces que pedían llevarnos, nos decidimos por el último de la fila, reaccionaron los primeros, nos subimos al taxi mediante insultos y malas palabras tiradas entre los choferes del mismo sindicato. Arrancó el vehículo, con todas las normas de seguridad. Un alcohol en gel en la espalda del asiento del pasajero delantero y una actitud dura en el rostro. Fuimos mirando el paisaje. Diferente al verde en Santa Cruz, adornado con los cerros y al fondo de la vista, la imagen de la virgen del socavón que lucía un color blanco eclipse.

Nuestra misión estaba marcada, teníamos que ir donde los buses o micros partían hasta el Museo de Orinoca. Solo una pregunta bastó para saber cómo llegar. Y la respuesta fue clara. Desde el mercadito Abaroa puede tomar un “surubí”

 

¿Un surubí? pregunté – si, me dijo, ahí le dicen a qué hora sale. Me dijo el taxista después de hacer un viaje de 15 minutos desde el aeropuerto. Bajamos, exploramos el ambiente, nada del otro mundo me dije, los mismos rostros lo vemos en Santa Cruz, me dije. Compré una tarjeta para cargar al celular y ni bien vimos un surubí, vehículo de pasajeros más pequeño que un minibús, donde viajan cómodamente sentados unas 10 personas, empezamos a negociar el pasaje.

 

Algo parecía funcionar bien, los tiempos, ya que preguntamos cuanto tiempo tarda en llegar hasta Orinoca, y nos dijeron 3 horas. El cálculo estaba bien. Eran menos de las 10 y el viaje tenía que ser pronto. Negociamos con el chofer, arreglamos por un precio conveniente, más para él que para nosotros y nos subimos al transporte interprovincial. No se llenó porque pagamos por los asientos vacíos, que luego el hombre en el camino se encargó de ir llenando rompiendo el trato unilateralmente.

La ciudad, la gente, las casas, con un color cetrino, con techos de zinc, aparecían como un cuadro pintado por la misma naturaleza. A lo lejos el lago Uru - Uru se pintaba seco.

 

En esta ciudad viven cerca de doscientas mil personas, sino más. El comercio es incipiente. La gente corre de un lado para el otro. Se mueven al ritmo del día, con un sol tímido que arroja rayos fríos por el viento.

Media hora de viaje, el asiento reclinable en la parte de en medio del surubí chillaba entre freno y freno, entre peaje y mercadito que aparecía en el camino. Luego, al lado derecho, solo desierto; lo mismo al lado izquierdo.

 

Cada vez más adentro. El lago Poopó parecía que estaba por ahí. Seco tal vez. Una que otra comunidad con canchitas de pasto sintético y una escuelita media destruida, media construida. Varias banderas del MAS, varios grafitis vitoreando a Evo. Mucha pobreza. El área rural de Oruro tiene una belleza diferente. Sus horizontes están cargados de colores que levantan al sol y el salitre en una especie de espejismo arrogante. Es la naturaleza que construye a un país, con una carretera que une esos misticismos rodeado de nada, absolutamente nada. Otra vez, una comunidad en medio del camino, una canchita de pasto sintético y otra escuelita con los grafitis de Evo Cumple.

Fueron casi tres horas de viaje, cuando de pronto una voz que salía de al frente gritaba, / ahí está la casa del Evo-  miramos, y no encontramos nada, solo una chocita derruida entre un montón de campo árido y un camino que conducía a otra comunidad. Estamos cerca de Abaroa, decía un joven vestido de buzo futbolero y un cangurito, mientras hablaba con su madre por celular. Estaba dando las coordenadas. En un asiento adelante del nuestro había otra señora, que llevaba a un gallo metido en una caja y a un perrito blanco con los dientes chuecos. Volvía de Cochabamba, pero solo de visita. Es triste por acá -  nos decía. ¿Les gusta? Nos preguntaba.




Por cortesía le dije que sí, pero no había manera que no lo esté. Estaba viajando a un lugar recóndito del país conociendo un departamento del país que en otras circunstancias nunca lo iba a hacer. El destino final era el MUSEO de ORINOCA, más conocido como el museo de Evo Morales.

Cuando llegamos, nos recibieron un par de calles destruidas, llenas de polvo, se bajó la señora con el gallo y el perrito de los dientes chuecos, y aprovechamos para estirar las piernas. Las demás personas también ya habían bajado.

 

Luego nos llevaron al Museo, a la vuelta de la esquina del lugar donde el pueblo comenzaba y la carretera continuaba. Estaba cerrado, ya lo temíamos, no atendía a turistas y no turistas  desde que el anterior gobierno había abandonado sus funciones, después de los 21 días de lucha en las calles. Después de que todo un país decidió sacar a un dictador y poner a una mujer.

 


Nadie nos atendió en el lugar, pero aprovechamos para mirar desde el cielo el lugar. Un pueblo de 600 habitantes, que no tiene agua potable, peor alcantarillado. Apenas logramos divisar una cancha más grande de pasto sintético al subirnos a un mirador que estaba en esa especie de plazuela que sirve de antesala del armatroste construido en medio de la nada en un pueblo que se llama Orinoca y que fue donde se crío el ex presidente boliviano.

 

Continúa…

 

 

 


jueves, 20 de mayo de 2021

EL TÍTULO ES LO DE MENOS: NOTICIAS DE UN DÍA ANTERIOR A ESTE

 

Ayer tomé 1 taza de café, 2 tarros de red bull, medio litro de agua y manejé durante 45 minutos por la ciudad de norte a sur, de este a oeste, para darme cuenta que todavía nos falta mucho como sociedad.

 


Revisé mil veces mi celular, me agregué a un nuevo grupo de noticias donde me pasaron dos malas y una buena. La primera mala decía que se había muerto un compañero de trabajo, la segunda que otra colega estaba al 50% de su capacidad respiratoria. La única buena era un espejismo. Decía algo así como que ya llegaban las vacunas.

 

De todas maneras, eso de ir por la ciudad derramando lágrimas mientras manejo se ha vuelto muy recurrente. La gente ya no tiene lástima por ellas, ahora sale y corre por las calles, sabrá Dios para que lo hacen. En números, hay más de 100 mil personas sin trabajo deambulando por estas aceras, buscando trabajo donde no existe.

Los que están saturados de trabajo son los médicos. Había seis reinfectados en sala de espera luego de que hayan vuelto a sus terapias intensivas. Ya estaban vacunados y sin embargo se volvieron a enfermar, hablo de los médicos. No tiene nada de normal pensando que la gente que cree en las vacunas, lo hace para que tenga la sensación de salvarse. Es la referencia: la primera vacuna te dio solo un 35% de protección de inmunidad, con anticuerpos fabricados en un laboratorio. Eso es mentira, tenía que haber sido 65; y ya la gente se siente decepcionada.

 

Eso debería declararse como un mal endémico. La gente se decepciona por todo y por nada. Sobre todo, por los políticos, por las grandes corporaciones que solo ven números que se transforman en dinero, no ven personas haciendo filas. Ven cifras con asteriscos o símbolos de monedas extranjeras. Habría que crear un “día del Decepcionado”, para recordar que no debemos decepcionarnos de las cosas que ya sabemos que pueden pasar y, deberíamos ser más auténticos, como los robots o bots que manejan las redes sociales y las nuevas machine learning. Deberíamos aprender de ellos o ellas, si es que tiene género, como la robot sophia, que tiene una cara de pelotuda, pero que en un abrir y cerrar de ojos ya calculó las mil maneras de cómo puedes morir en los próximos 10 años. Y nada de sorprenderse que dentro de una de sus opciones sea la de ella “pensando” en aniquilar a la humanidad; ¿razones? Se preguntará: por “pelotuda” se responderá.

En fin. Lo cierto es que, dentro de las probabilidades de que nos sintamos decepcionados por algo, está la de quedar inmunizado para siempre, y es algo que no va a suceder, como que los teléfonos celulares duren para siempre. Es como los cuerpos de los seres humanos. No duramos para siempre, por eso existen los ataúdes, los sepelios, los cementerios. El cielo y el infierno. No somos en cuerpo carne y hueso para siempre, y eso debemos saber reconocer, para no vivir atribulados de que es lo que va a pasar. Ya sabemos que es lo que va a pasar. Supongo eso es lo que dicen los políticos cuando son elegidos. Los únicos que no se decepcionan son ellos, porque ellos saben que nos van a fallar. No hay político que no entienda que su función en el curul es decepcionar. Porque están hechos a la medida de un grupo de personas con intereses. Juran que los pone el pueblo. Desde que existe la publicidad o propaganda política, gana el que más gasta en cambiar la forma de pensar de la gente. El que invierte más en hacer pensar a la gente que ellos son la mejor opción. Siempre ha sido así.

 

Entre otras cosas, cabe destacar: ya tenemos Miss Universo, una mexicana metro noventa salió elegida. Hamas sigue atacando a Israel o viceversa. Donald Trump se prepara para volver. Evo sigue siendo un maleante vestido de político manejando una tropa de hienas que se ríen cuando convulsionan al país. Murió Pablo Calucho, periodista Somos Todos, que demostró mucho valor al enfrentarse a las estructuras típicas de los medios periodísticos y, forjó una marca personal en base a su gallardía y enamoró a un público que lo seguía y que lamenta su muerte. Su corazón colapsó a las nueve de la mañana de ayer, su esposa Noelia Echalar lo despidió con el corazón roto y muchos de nosotros que pudimos alguna vez conversar con él, lamentamos su partida.

 

Hay otros datos que están saliendo a la luz, como por ejemplo: la ciudad que están construyendo a espaldas de Santa Cruz, esa que llaman la Nueva, cerca del aeropuerto, se asoció con un grupo financiero que según los tuiteros, forman parte de un grupo grande de políticos de blue, que están lavando sus penas en un conglomerado que lo único que busca es hacer un paralelo de esta ciudad matando los bosques y alimentando la esperanza de la gente pobre de este país, haciéndolos creer que van a  construir una ciudad inteligente. 

 

Eso es todo por hoy, me pasé de las 750 palabras prometidas por día, espero no se indigesten si llegan a leer esto.

 


 

 

martes, 9 de febrero de 2021

Hombre muere en su oficina y se dan cuenta tres días después

 

Estuvo muerto en su escritorio y nadie se dio cuenta hasta después del fin de semana.

 


Macabro suceso se dio en el canal de los unidos por la alegría. Cuando se descubrió que su gerente de producción de contenidos no asistía a la reunión de las 8 de la mañana que todos los lunes reunía al comité del medio de comunicación. En ese preciso momento supieron que algo andaba mal.

 

Eran las 10 de la noche del día viernes, por cuestiones de presupuesto se grabaron todos los programas del fin de semana cumpliendo el horario pactado. Todos cansados, agarraron sus horas trabajadas y se fueron a sus casas, todos menos uno. El gerente de producción nunca se fue del canal.

 

Era de conocimiento de las guardias de turno que los hombres como él podían quedarse horas infinitas encerrados en sus cubículos: editando, produciendo o por último descansando de horas de trabajo para no irse a casa. Esa fue la normalidad aceptada por todos. Desde el viernes que se fueron sin darse cuenta que faltaba uno, hasta el día lunes que volvían a sus puestos laborales, la sospecha de que el productor principal del canal no se levantase de su escritorio ya causaba rumores extraños en los pasillos del canal.

 

Las primeras personas en tomar distancia de todo lo que estaba pasando fueron quienes trabajan en limpieza, prefirieron comenzar por los pasillos adyacentes a la oficina principal del funcionario cansado y luego entrar silenciosamente al despacho del hombre que ya estaba frio encima de su teclado.

Nadie tomó en cuenta que un paro cardiaco había fulminado al corazón del hombre, que con las mejillas apretando el mouse y la mesa del escritorio, habían dejado un hilo de saliva que salía desde su boca hasta las teclas del teclado.

 

Luego llegó la recepcionista, que en modo automático comenzó a retener las llamadas telefónicas para no despertar al occiso, sin mirar siquiera de reojo la posición que estaba contrapesado entre el sillón giratorio y el mesón que soportaba su cuerpo. Más de cien kilos de hombre rendido yacían en ese pedestal desafortunado de su existencia. Algo pasó, se paró su corazón, se obstruyeron sus arterias, se le acabó de una vez el mundo.

 

Pero el tiempo es sabio, permitió recorrer con la mirada perdida la puerta de su oficina y observar lentamente todos los recortes de periódicos, la foto de su hija, de su perra siberiana, atada a un cuadro prendido en la pared junto con un montón de baterías de cámaras de filmación, que escondían secretamente pedazos de papel con dibujos olvidados realizados en un kínder de la ciudad por las manos de su niña, que a dos mil kilómetros de distancia le sonreían en esa foto congelada con ella y sus doce añitos. Atrás de ella su mamá, su ex mujer. Divorciado y alejado de su familia, ese hombre traducía su vida en un exceso de trabajo, con menos horas dedicadas a descansar y más a producir un programa tras otro.

 

Los directivos estaban contentos, es difícil mantenerlos a gusto, invierten mucho dinero para ver resultados, pero ahí estaba él siendo el resultado de un millón de dólares que tenían que convertirse en dos y luego la depreciación, fulminaba el resto del trabajo.

Era argentino, llegó joven al país, casi junto con los primeros equipos que en esa época había comprado el canal para empezar a transmitir desde su nueva ubicación. Antes esto no era un canal. Era una salita convertida en set de tv, con varias cámaras U-Matic cargadas al hombro y otras postradas en trípodes tan grandes como un caballete de albañil.

 

La cocina estaba escondida al frente de su oficina, cruzando el pasillo principal, la recepcionista podía oler el aroma de las tazas de café que se tomaba todos los días. Ese hombre, pesado, arrastraba su cuerpo para servirse un litro de agua hirviendo en tostados granos de un sobre que traía exclusivamente para él. Eso lo mantenía despierto en la mayor parte de la mañana, pero luego del almuerzo, no sabía nadie si comía o no. El noticiero tenía que salir perfecto, los gráficos, las luces, los micrófonos, el telepronter, todo tenía un cuidado casi exclusivo por parte de él. Y el programa antes del noticiero, y el primero de la mañana y el último de la noche, sin contar de que tenía que revisar de que los capítulos de las novelas turcas coincidan con los tiempos de los auspiciadores y terminen con el avance exacto para dejarlos en suspenso para el próximo día. Mantenía un horario estricto para que cada segundo valga lo que pagaban los anunciantes: ¿te parece poco 42 dólares por segundo en prime time?

 

Lo obsesionaba la perfección. La dedicación de horas y días no tenían una sola justificación. Su matrimonio lo sintió y por eso al final de su carrera quedó estancado en su propio escritorio con un montón de correos por responder. Uno de ellos, el mío. Ese correo donde le proponía un programa que le iba a cambiar el rating del fin de semana. Pero, no logró responderlo, tal vez ni siquiera pudo abrirlo, o lo que es peor, lo dejó en el basurero digital de su pc.


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sábado, 8 de agosto de 2020

Papá y mamá ya no nos cuidan, nosotros los cuidamos a ellos

Me niego a abandonar este blog...Lo estaba mudando a Wordpress pero google otra vez me mandó una notificación diciéndome en pocas palabras que va a reformar todo y que no lo abandone, porque todo va a mejorar..


En fin...

Sigo escribiendo en crónicas introspectivas - #750Palabras


-Hace rato quería hacer este post-

...Para hablar sobre mi familia, mis padres y mis hermanos, porque siempre es bueno saber de dónde uno viene, para entender hacia donde va.

Y busqué lugares de nacimiento de mis padres, quienes fueron sus padres, mis abuelos, de donde venían, si lograron algo en la vida, o si fueron algo importante. Pero me di cuenta que no era necesario citar certificados de nacimientos, ni títulos obtenidos en el tiempo, ni si somos rico, si fuimos o si seguimos siendo pobres.

Me di cuenta que lo que somos ahora es lo más importante, ahora en tiempos que el mundo cambió, que lo más importante es estar bien.

Cuando miro a mi familia, a mis padres, a mis hermanos encuentro todo lo que estaba buscando. Me sorprendo como se cambiaron los roles; Papá y mamá ya no nos cuidan, nosotros los cuidamos a ellos,

Mis hermanos ya no son mis hermanos mayores o menores: son mis compañeros de vida, son mis héroes.

Soy el último de 7 hermanos.

El surrapo como dicen,

El que vio envejecer a sus padres.

El que vio como sus hermanos y hermanas batallaron para sostener la salud de sus padres.

Hermanos que se rajaron el lomo en el exterior para no olvidarse que tienen padres que siempre lo esperan

Hermanas que sintiendo la lejanía de los kilómetros están pendientes cada día por teléfono, video llamada o mensajes de texto para saber cómo están sus viejitos.

Eso es lo que somos, y es lo más importante, una familia unida por el único fin de mantener tranquilos a nuestros padres.

Para que tengan una vejez digna.

Tranquilidad y vida, para mirarnos decir que todo está bien.

Pero al cesar lo que es del Cesar,

Y quiero reconocer el trabajo increíble de mi hermana Sandra que mueve cielo y tierra cuando má y pá se enferman. No deja médico tranquilo hasta que consigue la atención necesaria. Y no duerme las horas suficientes hasta que vuelven a casa con la salud restablecida.

Mi hermana Sonia.

Batalla al mismo ritmo, cuando toca esperar en los pasillos del hospital o atender en la casa a papá. Calladita atiende sus necesidades y se busca en el espejo esa niña que papá adulaba.

Y mi hermano Rony,

Que en su silencio y diligencia remedia todos los imprevistos.

Sin hacer mucho ruido, va y viene con ellos, los cuida como si fueran sus hijos

Los mima y les oculta su cansancio en su sonrisa torcida

Guingui, Vicky y Mosi,

Deben sufrir el doble, porque la distancia los agobia por no poder estar en cuerpo; sobre todo cuando se enferman y nos tuercen los nervios porque sabemos que la edad está haciendo su trabajo.

Papá y mamá tienen más de 50 años de casados. Se conocieron en el mismo barrio donde vivían, se enamoraron...se escaparon juntos a vivir la familia que querían.

 Papá era tornero de profesión y mamá Ama de casa, dueña de una cocina privilegiada, jefa de una tribu que entraba y salía de la casa.

-        - Cuénteme mamá ¿Cómo hacía para lidiar con 4 chicos y 3 niñas?

¿Cómo mantenía en silencio la casa cuando llegaba papá a la hora del almuerzo y nos hacía respetar su siesta antes de que vuelva a su torno?

 

 

 

 

 

 


sábado, 4 de julio de 2020

EL REGISTRO DEL CAOS


Salgo corriendo con la frase bajo el brazo de un webinario de la fundación Gabo, me acabo de robar una idea que se siente caliente todavía en mis tímpanos. 

El registro del caos. Ladrón de frases calientes me dicen. 

Los registros  los imagino como esos cardex que utilizaban los contables en los años anteriores al software digital para llevar los Debe y Haber en las empresas. Esta vez hay más registros andando por las calles para definirlos como caos.

Uno de ellos es la lectura incipiente de los infectados por Covid19 en UNITEL. Leen los positivos como si fueran del día, sabiendo que los resultados obtenidos por jornada tienen un retraso de casi 30 días. ¿Se puede tener un caos más evidente que ese?

Otro de los caos más estrepitosos de la década pandémica son las atribuciones que se toman los políticos para seguir haciendo lo que les da la gana, o mejor dicho, lo que les da plata a sus bolsillos. Es obvio que la obsesión  de los políticos es el poder, pero el poder atrae el dinero, sin dinero no hay poder, y tampoco no hay prebenda, ni coimas, ni extorsión, ni corrupción, es decir, todo lo malo que sigue a la palabra político. 


El caos en los hospitales, nunca antes habíamos visto tanta gente enferme caminando por las calles y ni siquiera se dan cuenta. El miedo los hace deambular de un lado para el otro, con sus enfermos a cuesta, esperando en las entradas de emergencia, un espacio para que sus covid19 puedan ser atendidos a tiempo. Muchos no llegan a tener suerte y mueren a metros del centro médico. 

Es tan difícil llevar un registro exacto del caos, pero vemos y anotamos los que son de envergadura estructural. Una sociedad que se vendió a un partido político no puede estar exigiendo que les abran las puertas de los hospitales sabiendo que apoyaron a uno que las cerraba para abrir porterías en canchitas de pasto sintético. 

Tal vez ese sea el mayor registro de todos los "Caos" que han habido en Latinoamérica y el mundo. Un presidente que se dedicó a robar está siendo vitoreado para que vuelva a seguir robando. Es tanto el caos que la tierra no soporta tanta estupidez que tiembla.

La década pandémica, la estamos empezando a vivir el año 2020, justo cuando empezamos a creer que ya estamos en un mundo civilizado, nos encuentra este virus desnudos de cuerpo y alma. Se entró por nuestras narices y nos enfermó el pulmón izquierdo y derecho, no discriminó a nadie y esto generó el peor de los caos, que la gente no se esperaba tanta honestidad por parte de un virus, que sin decir nada entró a nuestro mundo a desafiarnos. 



sábado, 22 de junio de 2019

SOBRE LEER Y ESCRIBIR


Estoy obligado a escribir todos los días, desde que mi profesora de primaria me enseñó con el librito Alma de Niño, a reconocer las palabras, leerlas y escribirlas.

Desde ese día la magia se encendió.

Un día de 5to de primaria, en el escritorio de mí hermana mayor, apareció un librito que titulaba: El Método Palmer, de escritura veloz. Lo abrí, tiernamente, reconocí los trazos que subían y bajaban en medio de un torbellino de trazos que giraban en dos rayas horizontales que medían el trazo. Ese día comencé a perfeccionar mi caligrafía. El esfuerzo tuvo recompensas, letras elegantes, trazos delineados, dibujando las palabras parecía que adquirían otro sentido.

Pero mi principal admiración comenzó cuando al llegar a primero intermedio, del sistema antiguo de educación, las letras se fueron combinando con números. El trinomio cuadrado perfecto aparecía en mis páginas de borrador. La elevación a la décima potencia sobre la letra “n”  o “x”, me llevaban a un mundo de ficción, que si bien me alegraba la imaginación, la pereza mental de esos tiempos y, la cancha de fútbol instalada al frente de mi casa, no me dejaba gobernar plenamente mi voluntad de estudiar.

Ajeno a esos disturbios estudiantiles, en una tarde de aburrimiento, descubrí el dibujo. Sentado en una banqueta en el centro de la sala de mi casa, dibujé a un Jesús con un cordero agazapado en su regazo. Mientras miraba el libro bíblico, repasaba cada una de las texturas de la portada y la trasladaba a una pieza de papel cuadriculado. Y esmerilé el lápiz y me sentencié por más de dos horas a dibujarle el rostro al barbudo que sujetaba a ese animalito, que entrelazado en sus brazos, complicaba la copia fiel del libro.

Leer, escribir, dibujar, pensar. Los números romanos me plantearon una hipótesis más radical. Pensar que ese imperio calculaba con ese sistema de números, me dejaba la gran intriga si realmente fueron un imperio de la sabiduría. Podría haber llegado al mil dibujando en una tarde los números en romano, pero la caricatura que se me hacía en la página en blanco no me atrajo.

Luego vino la taquigrafía y mecanografía, ese tecleo en máquinas de escribir era todo un desafío. Posar los dedos en las posiciones correctas para hacerlos trotar de manera tal que cuando parasen hayan escrito algo con sentido en la hoja de papel bond. El margen, el renglón, la barra espaciadora, la mayúscula, el carrete de cinta color rojo  y negro. Todo tenía una maquinación de fábrica moldeadora de ideas. Si te acercabas a mirar las puntas de los brazos donde estaban las letras y los números en metal, te sorprendía al ver que eran tan pequeñas, número 12 en tamaño arial. Todo fríamente calculado para escribir hasta el más mínimo detalle. Paréntesis, comillas, comas, punto aparte y seguido, dos puntos, el acento. Estaba en ese artefacto color blanco todas las palabras del universo, sometidos a un sistema exacto.

Pero hubo mucho tiempo, en mi crecimiento y desarrollo de niño a adolescente, que aprendida la lección lo demás era una tortura, entre ellos, escribir todo lo que el profesor o profesora copiaba en la pizarra. No había emoción reescribir en la hoja en blanco lo mismo que estaba en el texto que luego el docente pasaba a la pared negra con tiza blanca. Era como aprender algo tan maravilloso para después sentenciarte a desaprender que ese arte era hermoso. La tortura de escribir se volvió tediosa y, pasado los años, la juventud rebelde comenzó a menospreciarla, porque la habían convertido en un instrumento de esclavitud. Después del colegio, las tareas eran interminables: copiar de la página 3 hasta la 100; pasar del cuaderno de borrador al cuaderno de Deber, todos los apuntes dictados por el profesorado. Entrar a una especie de acalambramiento  de la mano para cumplir con la tarea diaria era ni más ni menos, que un sometimiento inhumano. Obviamente que eso se traducía en rebeldía, en incumplimientos y luego en desacato familiar estudiantil. Las primeras fases de un entumecimiento generacional a raíz de un método que nos sepultó a muchos.

Recurrentemente vuelve ese sueño/pesadilla por las noches, cuando con mis compañeros disfrutábamos esos momentos que la profesora se salía del aula para caminar los 50 metros hasta la dirección. El descalabro que se armaba cuando la cancerbero se retiraba para darse un respiro del mal olor de la clase por el calor insoportable de los meses de septiembre y octubre, que pringaban con tierra el sudor de las once de la mañana, justo cuando volvíamos del recreo para terminar de escribir el testamento de tarea que nos dejaban en la pizarra.

Tal vez, si la escritura y la lectura hubieran sido utilizadas de otra manera para educar y no para castigar, habría más gente interesada en mejorar la calidad de vida del estudiante y de las personas y, nos ahorraríamos millones de dólares en tizas malgastadas repintando letras muertas que sin el talento son como piedras frías en el camino.


sábado, 31 de agosto de 2013

Oscar y la máquina secuenciadora de ADN

CRONICA 
Oscar y la máquina secuenciadora de ADN

@750palabras

Oscar, no quería abandonar su campo, sus vacas, sus torcazas y todo lo que le recordara su niñez; pero su madre, que vivía pensando que hacer con su hijo menor, lo mandó a estudiar a Argentina, según ella, algo que tenía que hacer con su vida.
Lo subieron al tren, luego a una flota, lo dejaron en la frontera y ahí, mediante una transacción en Yacuiba, lo introdujeron a un taxi que lo llevó hasta Buenos Aires. Más tardó en llegar que en volverse, no quería saber de las universidades y menos estudiar, algo raro pasaba en él. Extrañaba su vaca, su ternero, la leche a las seis de la mañana.

Otra vez, lo subieron al tren, lo metieron a la fuerza a la flota y lo enviaron en avión al microcentro porteño, hospedado en un hotel de media estrella, comenzó a estudiar: las plazas, las calles, los campos, la General Paz, Puerto Madero y por fin, se quedó estancado en una universidad cerca del río de la plata.

Estudió por más de cinco años, su madre nunca supo que, porque no le importaba. El, que era de poco escribir, y con el resentimiento de hijo forzado a hacer lo que no quería, tampoco le contó que no estudió ni derecho, ni arquitectura, ni publicidad, ni nada de lo que su madre alguna vez soñó.

Al volver a su rancho, allá en Tundi, pueblito de mala muerte, afueras de la ciudad, y lejos de todo lo que tenga que ver con tecnología, desembarcó en la frontera con Chile, una máquina que traía vía exprés desde Europa, Nadie sabía lo que era, ni los de la Aduana, por eso no supieron cuánto pedirle como coima para hacer pasar la máquina rara.


Oscar, había preparado un cuarto especial para su herramienta de trabajo, para esa máquina que nadie entendía que hacía. Su madre al verlo llegar con el camión de mudanza trayendo un armastrote descomunal, donde más eran cajas y plastoformo prendidos con cintas adhesivas con anuncios de frágil, no entendió de qué se trataba.

Al mes de llegada la carga, Oscar le pidió a su madre que le prestara a Rosita, la vaca favorita de la familia, que estaba a punto de cumplir siete años. Ella no entendía que podía hacer con una vaca que lo único que hacía era espantarse las moscas con la cola,  y deambular rumiando todo el día.

A los pocos meses, apareció una vaca, idéntica a rosita, y luego otra, y luego otra, y así hasta completar un lote de diez vacas idénticas. Oscar satisfecho, al ver que su trabajo daba frutos, comenzó a sacarle fotos para enviarla de nuevo a la universidad de donde había salido. Su madre que vivía en su mundo eterno de hacer pan, biscochos y patascas para vender los fines de semana en la ciudad, no se había percatado de tal situación.

Doña felicidad, -le dijo la vecina del siguiente canchón, -sus vacas gemelas, se están comiendo los choclos de mi campo-, ella no entendía de que se trataba, cuando salió a ver, a la mujer y su vaquero subido en un caballo lleno de garrapatas, lo que denunciaba, no podía creer lo que veían sus ojos. Su vaca rosita, estaba reproducida por diez, todas idénticas, llenas de manchas negras, con la oreja cortada, y las patas chuecas.



No le dijo nada a su hijo, porque pensó que era una venganza de él, por haberlo mandado durante cinco  años a un lugar que no quería, y por hacerlo estudiar a la fuerza. Se quedó aterrorizada porque no sabía que era lo que había estudiado su hijo en realidad. -Y si ha estudiado magia negra, pensó-.

Unas semanas después, cuando su madre se encontraba descansando en su mecedora, en el patio, mientras terminaba de amanecer, vio como los pollitos que pasaban corriendo tras los maíces que le tiraba al suelo, tenían algo raro, se acerca a mirarlos de cerca, después de haberse puesto los lentes, y haberse agachado lo suficiente como para enfocar bien, descubrió que todos los pollitos que seguían a su mama gallina, tenían cada uno dos juegos de alas, parecía que estaban a punto de volar con la súper potencia de un par de juegos de alitas extras. Lanzó un grito al cielo y salió despavorida corriendo hacia la cabina telefónica más cercana del lugar. En Tundi casi nunca pasaba nada que llame la atención, los menonitas caminaban descalzo por los alrededores, como si vivieran en el siglo veinte, los camiones todos eran de los años setenta, y los teléfonos celulares eran algo que no quería usar por ser parte de una modernidad que ella se resistía a entender.

Oscar, no pudo evitar la risa sarcástica al ver a su madre, con la cara de terror, al desconfiar de que su hijo se haya convertido en el famoso Dr. Frankenstein, haciendo de los pollitos adefesios articulados con más de dos alitas. y no solo eso, en su área de trabajo donde tenía la máquina rara que nadie sabía de qué se trataba, había un ternero con dos cabezas, un perro que maullaba, un loro que hablaba perfectamente el inglés, y muchos cerditos caminando en dos patas.
Oscar no podía dejar de reír, cuando vio a su madre, que horrorizada agarraba sus pilchas, y corría a la parada del colectivo para que la lleve a la ciudad. Nunca se enteró que su hijo, había estudiado biología y farmacia y que en ese lapso, un científico loco, lo llevó de su aprendiz en biotecnología.


Cuando le preguntaron en la aduana, que era lo que hacía la máquina, él dijo inocentemente: "es un secuenciador de ADN".

viernes, 23 de agosto de 2013

Beto: el basurero de Normandía

BETO: EL BASURERO DE NORMANDIA
El hombre que vive de lo que los demás botan

750palabras


Vivía escarbando la basura desde ya hacía mucho tiempo atrás, desde 1983 cuentan los que saben, desde los días en que el rio se puso bravo y se entró a la ciudad e inundó todo.

Las bolsas de basura eran su pasión, no podía ver una sin llevarse la mano a la boca para lamerse las babas. Era así: cuentan que tenía (tiene) una enfermedad; "un talento innato", explicaba una de sus vecinas, porque no cualquiera encuentra un paquete de dinero en fajos de cien tirado en pleno basurero.

Roberto tenía 15 años cuando descubrió el placer y el talento de ejercer el oficio de basurero. Desde aquel día sábado que se quedó escarbando en el basural que se había formado en la posa central del barrio; en vez de ir a jugar a la canchita como religiosamente hacíamos todos los muchachos de la zona.

La alcaldía, que entre otras necesidades, tenía que tapar el Curichi más famoso de la cuadra con lo que sea, no tuvo mejor idea que botar en el hueco semiprofundo de la laguna artificial, la basura que desechaban los vecinos de la ciudad: por esos años, el censo indicaba que no pasaban de los novecientos mil habitante en todo el esqueleto de la urbe. Ese día, el cielo estaba encapotado, el viento nos pegaba a la cara anunciando una lluvia de norte, y Roberto, dominado por un instinto que lo llevó a quedarse a escarbar entre la basura, encontró un tesoro escondido en la última volquetada de basura descargada.

El descubrimiento fue íntimo: cuenta que primero vio una bolsa negra, no le dio importancia, porque pensó que era carne podrida o papel de baño, porque el olor nauseabundo lo tenía; pero su voz interior lo hizo agarrarla, zarandearla, para ver caer, primero un billete, luego un fajo, y al final, abrir desesperadamente el cofre de plástico, para encontrar diez mil pesos. Salió corriendo directo a su casa, que no quedaba a más de dos cuadras, enloquecido volvió para verificar si no había más. A la semana estrenó bici, con llantas pantaneras BMX

Desde ese día, desde esa mañana, sentí que perdimos a un amigo, a un compañero de equipo, de cancha, porque Roberto, no volvió a ser el muchacho jocoso que se divertía jugando pelota con los pies descalzos.

Pasaron los años, y "Beto" como le decía su mamá, seguía encontrando cosas en el basural del barrio: Reloj, cadenas, llantas, cuadernos, libros de español - Guaraní, biblias, espejos rotos. Se dedicó al oficio a tiempo completo, sin pensarlo dos veces. Se levantaba  a las seis de la mañana, se cambiaba para ir al colegio, desayunaba, agarraba los cuadernos, y en vez de tomar la ruta para ir al establecimiento educativo, se dirigía directamente al basural del barrio, que cada vez era menos, porque el municipio había decidido limpiar el lugar.

La desesperación de Beto, al no tener el basural cerca de su casa, un basural como Dios manda, empezó a hurgar en las bolsas que sacaban los vecinos, que dejaban colgadas en las rejas de las casas, para que los perros no la muerdan y la escarben; pero él, al igual que los caballos y las vacas que pasaban por el barrio: con el hocico, la cabeza rumiante y las manos de Beto, deshacían la envoltura de mierda, desperdicios y cosas que no tenían arreglos.

Al poco tiempo, desde el concejo municipal, decidieron abrir un vertedero, lo llamaron Normandía, quedaba al sur este de la ciudad, entre el naciente sol y el plan 3000, proyecto de urbanización para gente afectada por el turbión. Beto al saber eso, agarró sus ropas y todos sus bártulos encontrados en la basura y, se fue a vivir con los Suchas que comenzaron a pulular por el lugar. Fue el primero en llegar al barrio, cuentan los vecinos de Paurito, pueblo aledaño, no había ni avenida cuando él llegó con el primer camión de basura. Dicen los que lo vieron arribar: lucía  como capitán de un barco pirata desembarcando a una isla desierta solo para él,  con la frente en alto, levantando la nariz, aspirando el aire que emanaban los camiones.


Se volvió un experto: cada día se revolvía la basura de un barrio completo. Luego los clasificó por distrito; decía: a mí me gusta mucho la basura que llega del distrito 5, donde viven los nuevos riquitos de la ciudad, los de Equipetrol, encuentras manjares entre sus bolsas de supermercado, zapatos de medios uso, y alijos de coca metidos en ceniceros Árabes; los que no tienen nada bueno, pero de vez en cuando traen alguna sorpresa, son las basuras que traen del distrito 9, se nota que por esa zona son pobres, sus bolsas de basura son menores y cada vez que escarbo encuentro botellas de cerveza quebradas, bolsas de azúcar llenas de mierda y juguetes hechos a mano, trompos y bicu bicu destruidos.

Los del distrito 11, son los más agradables, casi siempre, la basura viene con helados un poco derretidos, despedazados por mitades y con uno que otro televisor en blanco y negro “arreglable”, periódicos, revistas y cajetillas de cigarrillos rubios.

Cada día era una sorpresa para Beto, que decidió vivir entre los escombros,  entre los deshechos de los demás y la esperanza de encontrar, de nuevo, otra bolsa llena de fajos de billetes rojos de a cien.


Normandía - Vertedero municipal
Santa Cruz de la Sierra


jueves, 22 de agosto de 2013

Los hijos del Éxodo

LOS HIJOS DEL EXODO
La década de los abrazos rotos.

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Cinco millones de personas ya habían salido del país, todos escapando del desempleo. Sólo quedaban las ruinas de una economía que se derrumbaba a cada paso que uno daba.

Los más inteligentes decidían emigrar al interior del país, los más osados se lanzaban en aviones repletos al viejo mundo. En ese ir y venir mujeres y hombres  encontraron la excusa perfecta para acceder al éxodo.

Cinco millones uno, cinco millones dos. Acaban de desembarcar en Madrid, en el aeropuerto de Barajas: vaciaron sus carteras, sus maletas, sus pasaportes con acento latino. Luego de desembarcar, miraron las fotos de sus familias: uno de los fotografiados, el menor de todos, tenía la cara alegre pero la sonrisa mordida, los ojos llorosos, no se le notaba, pero ahí estaba, con un nudo en la garganta. Pero como los éxodos no son lastimeros, más al contrario buscan hacer fuerte a las personas, Ana, guardó la foto y la metió en el fondo de su cartera.

Sarita, que amilanada por su certeza de que el paraíso que había dejado no se comparaba en nada con el viejo continente, decidió apretarse las ganas de volver, mordió en silencio su miedo, su cicatriz que le rodeaba su memoria, el rostro deslucido de hermana e hija, y caminó segura de que, por lo menos, le iba a arrancar una historia de amor al viaje.

Como ellas, muchos hombres y mujeres, salieron corriendo del país: albañiles, confeccionistas, arquitectos, ingenieros, licenciados. toda la mano de obra productiva se volcó a los campos europeos a cosechar naranjas, a pintar casas, a cuidar ancianos y niños.

Cinco millones y seguimos contando, al poco tiempo, esa cifra comenzó a borrarse, ya no se sentía sus ausencias, la gente caminaba más libre, con más espacio en las ciudades principales, había trabajo pero para comer, había plata pero para gastar solamente. La plata llegaba en courrier, en sobres metidos en maletas de viajantes improvisados que de pronto aparecían en las casas de los hijos, de los esposos, de las esposas que se habían quedado a esperar que el aventurero, el exiliado por necesidad económica, mande sus euros para convertirlos en bolivianos.

¡Como cambió la niña!, comentaba la vecina del barrio, su madre se fue hace cinco años,  y desde entonces que no ha vuelto; ella tenía diez añitos, ahora baila el vals con sus abuelos; quince años y ya piensa, que quizá la vida no valga tanto, sin su madre a su lado.

Unos investigadores, realizaron un estudio y denominaron, a esa cantidad de gente que emigró y a esa cantidad de gente que se quedó a esperar al emigrado que vuelva, "los hijos del éxodo". Gente que sufrió de alguna manera la falta de alguien y no por muerte natural, sino alejamiento físico. Esto afectó a la estructura de la sociedad, que al tener ciudadanos habitando la ciudad en estado casi vegetativo, proclive al hedonismo, sucedieron varios cambios en la estructura de la conciencia colectiva. Eso provocó que haya más gente, que durante una década, se dedique a esperar, a no producir como debiera una sociedad que progresa, a dejar que las cosas pasen, como pasa el agua por el río.

Cinco millones de personas salieron del país, 10 millones se quedaron esperando a que vuelvan, dos millones nacieron en esa situación: hijos de niñas olvidadas, de matrimonios separados por las distancias, de jóvenes indiscretos sin supervisión adulta, procreando.

Al finalizar el éxodo, muchos volvieron y encontraron que la ciudad que habían dejado, que el barrio desde donde habían salido con los pies embarrados, no era el mismo. Sus historias no le pertenecían, las miradas eran desconfiadas, las salutaciones inverosímiles. Muchos se quedaron viviendo en el extranjero, porque decidieron irse con sus familias completas, pero no volvieron a hablar de la misma manera, porque como alienígenas, pasaron a mejor vida, involucrándose en una sociedad que los aceptó como una herramienta necesaria.

Cuando volvieron al país, los aeropuertos se abarrotaron, se mojaron las salas de espera de tanto llanto concebido como felicidad. Los aviones volvían repletos, con gente que se había ido de chinela y volvía con acento español, francés, argentino, diciendo "vale" en vez de “elay”, pronunciando las "eses" exageradamente, con los ojos curtidos en los naranjales y tomatales.

Las cámaras de televisión grababan, una y otra vez, la llegada del éxodo, la vuelta del hijo pródigo, del campesino vuelto urbanita a la fuerza, del hombre que se fue dejando una familia, y volvió encontrándose con otra realidad.