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jueves, 30 de abril de 2015

El Loco del Coronel

“Ayer en el OpenMouth de los ballesteros, nacieron 150 figurines de los cuales cinco quedaron descamisados casi al filo del precipicio”.

“Desde Mangul hasta Tegucigalpa las erupciones habían marcado ese día de tremenda conmoción. Ni la ONU, ni los viajantes mercantes habían encontrado nada en la filatelia de la embarcación. Caídos en batalla titularían los tabloides de la época. Pero no fue para tanto. Ni tanta epístola ni poca monta habían provocado el trabajo sarmiento de la embarcación que fue denominada de ¨La Muerte¨”

Como si estuviera ante un foro de miles de personas, hablaba en público, por la alameda de la Avenida Las América, en la ciudad de Santa Cruz de  la Sierra, cierto día se encontró con su foto titulada en el reverso de una de las páginas del periódico local más vendido y leído. Se miró y vio a un tipo que según sus palabras, era un político prolífico que sacaba leyes y denunciaba estafas al Estado, desde su curul de “Amanecer en Democracia” elaboraba mítines y defendía la ciudadanía como ningún otro después de Andrés Ibáñez, grande su locura que ni el mismo se reconocía en el espejo o en los reflejos de los vitrinales de los restaurantes donde el pasaba todos los días, peor se iba a reconocer en la plana, semiplana de un periódico, semiperiódico, estampado como un recuerdo con una bajada de: Locos del recuerdo pasean por la ciudad.

Su rutina era siempre la misma, decolaba por la Irala, viajaba por la René Moreno y, le daba una vuelta a la plaza principal, husmeando en los zapatos de los que se sentaban en los asientos de los lustrabotas. Gatomichi, lo observaba, lo saludaba desde su lugar al frente de la Alcaldía y el asentía con la mirada y moviendo ligeramente la cabeza y dejando la pupila en la esquina del ojo, pasaba abarrotado de periódicos viejos y un sombrero que a veces lo tenía y otras veces, lo dejaba olvidado sabrá Dios donde. Su traje, como el de un político ilustre lo delataba, no era un loco cualquiera.

Mientras paseaba sus incipientes ideas por las aceras de la ciudad, discutía con un vehemente énfasis de esquizofrénico con alguien más que parecía responderle de manera crónica a sus preguntas tiradas al aire. Los taxistas lo miraban, los turistas le sacaban foto, los perros lo seguían un par de cuadras, hasta que se daban cuenta que lo que decía eran incoherencias.

¿Dónde va ese Coronel?, decía, que se cree que es denunciar por denunciar, que calamidad de las fuerzas armadas, tener un coronel de tan baja valía, que no recuerda si las armas salieron o no salieron, si son o no son las que presentaron en la conferencia de prensa como trofeo de una emboscada bien buscada en el hotel las Américas. Como va a desafiar al Ministro de Defensa, acusarlo de dejar de ser mojigato y estrujarse con universitarias, ser mal paria y otras cosas más, gritaba efusivo, por la calle mercado, cerca de donde era la cárcel en los ochentas, donde los militares llevaban a los estudiantes que protestaban contra García Meza.

Los locos en la ciudad se cuentan con los dedos de la mano pero este es especial, es un loco que lee noticias todos los días, se da cuenta de lo que pasa y de lo que no pasa. Se sienta a escuchar conversaciones ajenas, toma café al lado de los cafecitos para disimular su argucia para entender las situaciones de los empresarios y los asambleístas que tejen y tejen, ahora con marquetineros y shows armados, toda la parafernalia que hace a la política nacional, decía uno de los lustreros que trabajan en la plaza de armas. Es un loco lindo, sabiondo, estudiado. Que conoce de leyes. Pero algo le pasó, comentaba entre silaba y saliva que se le escurría entre los dientes que ya no tiene. Desde que estoy yo aquí, no hay otro, que hable tanto y con tanta seriedad,  como él.






miércoles, 29 de abril de 2015

En clave de FA


Sobre las cadenas convertidas en yugos moleculares que desatan una furia clandestina de dolor y fauces creadas en hemisferios mercantes desde el mar báltico hasta las membranas absolutistas del cerebro donde las neuronas realizan un  trabajo certero de lucha y clase, de soberbia y ganas.

Desde donde raya la cancha hasta donde termina el universo inflado de las cosas perdidas de las militancias torpes y seculares, donde los destinos son distintos y los finales parecidos. Allí llegan con la voz sedienta de palabras que marcan las partidas y las salidas de puertos y buques cargados de ilusiones monoteístas. Que el incendio deje en cenizas los cabildos petitorios de mejunjes políticas abdicando el proceso a una mentalidad retrograda para avanzar hacia el futuro. Una deslealtad con la clase soñante que deja los salarios y las horas trabajadas metidas en sus electrodomésticos que lo domestican y lo hacen mascar frente al monitor de la indolencia la precariedad de una vida sin motivos ni causas, ni izquierdas ni derechas, ni desfases a deshoras, ni talentos convertidos en utilitarios, robots de cerebro blando, sentimientos encontrados, misterios rehuidos, deshechos desechados.

Ante la blandiente espada virtual, como la de Damocles cayendo y no cayendo, cimbrándose en la ardiente idea del asesinato, de la ruda realidad, de la muerte impensada, caen los barítonos que cantan a regañadientes, canciones escritas en dos tiempos el siglo pasado. Se van los malolientes, los que ridiculizan la victoria para no ganar ni perder. Los que buscan la pelea y encuentran las celdas frías de la soledad. El tiempo pasa, es ilimitado. La sentencia es dura y caerán sin pena. Los colorados alzando la pierna con el fusil en el hombro, en bayoneta se le irán las penas. Serán los testigos mudos de un infructuoso término de tiempo y de esclavos que viven cansados, con las espaldas apoyadas al cemento, mirando los techos de una ciudad hundida en rencor y maltrato. Las selfies malhumoradas, los trastorno de los tronos, desheredados de su herencia, sin pasado ni presente. Oscuros los lentes con los que se ocultan, mirando con las pupilas dilatadas, enfrentados a su codicia, desmayados a su invención, dejan todo, dejan nada, se le cayeron las luces, el templo construido dejó a los feligreses aturdidos, con ítem para la salud mental de los que quedan, en desbande saldrán de sus minas y prenderán las mechas, cuando se encuentren con el oro gastado de sus vidas, a los cuarenta, muertos de indecencias, ven  a sus hijos viejos de infancia, sin pasado ni futuro. Caerán las ballestas con los símbolos patrios, con el rojo de la sangre, el amarillo de los soles y el verde de los matorrales, donde escondidos están los que se miran al espejo y no reconocen a los valientes que cansados de imposturas decidieron mascar coca, antes que seguir mascando tierra desolada, con roña y sin plata.

El Cristo recibe al papa, de espaldas a la indecencia, sentencian los que saben que miran los ojos secos de cementos, verdades que brillan a la luz del sol, que la iglesia se mete debajo de  las sotanas, que enfermas las hermanas rezan por rosarios, sus cruces y sus santas. Debajo del felpudo, derechos adquiridos, del comunismo rebelde a la programación virtual de células, que transgénicos no polemizan con mentiras arquitectónicas, que destruyeron instituciones, levantaron altares, que la patria o muerte no es suficiente, que el terrorismo es un mal chiste, una película mal contada, un balazo de frente oculto en un cinta en alta definición. Que se pasea por Europa con la plata del pueblo, musicalizando con Wagner, la cartesiana y oblicua solicitud de que el fin justifica los medios, o los miedos.

Dejaron los barcos quemados en los aeropuertos, no pueden volver y tampoco quien le escriba, al coronel.



domingo, 19 de abril de 2015

Fútbol de domingo



Levantarse en la mañana, bien temprano, porque el partido es a las ocho y cuarto, es la sensación que extrañaba desde hace mucho tiempo. Jugar un partido en la cancha del barrio, con otros como yo que apenas pueden alcanzar la pelota, pararla como se debe y correr hasta alcanzarla.

El fútbol siempre fue una preocupación para mi, desde si soy titular, hasta si hoy voy a jugar bien. Si me voy a lesionar, o si va a llover. Es una dinámica que se cuenta por fines de semana, por partido a partido. Es una medición del tiempo diferente. Cada partido suma o resta puntos. Cada jugada suma o resta valor. Cada gol suma o resta importancia.

Me acuerdo la primera vez que jugué un campeonato, tenía 10 años, armaron un equipo con los chicos del barrio, todos entre los catorce, quince y dieciséis. Necesitaban que lleven también refuerzos que pagaran la cuota. La sensación de saberse en un equipo era única. Pertenecer a un grupo de uniformados, con chuteras y canilleras, con el número en la espalda era una sensación indescriptible. Ese día debuté en la banca, y mientras pasaban los segundos, los minutos, los tiempos, el primero, el entretiempo. Mientras todos sudaban, renegaban yo miraba impaciente, buscando a lo lejos de la inmensa cancha la pelota, soñando como la iba a patear, que jugada iba a hacer, como sería el gol, con los nervios de punta si me equivocaba, todo pasaba en un segundo. Y las ganas de orinar eran insoportables, la espera me desesperaba,  me decía el técnico, el más grande de todo el grupo que ya iba a entrar. Luego de dar mi cuota, mi foto, mi pasaporte para salir de la casa y viajar en micro por más de una hora al otro lado de la ciudad, al final, lo único que obtuve fue unas ganas de llorar de impotencia. Ya no podía hacer nada, no podía meter el gol, no podía correr e improvisar un centro para que entre el nueve y la meta la pelota. Ya no podía retroceder el tiempo y esperar de nuevo a que hagan el cambio y entre a debutar. Fue imposible detener el segundero del reloj. El partido se había acabado. Perdimos.

Cuando volvimos a la casa, no me acuerdo ni como, ni con quien, ni cuanto tardamos. Si almorcé, si dormí o si me olvidé que me habían embaucado para ser suplente de los suplentes. Ese domingo de fútbol fue el peor de todos.

Pero después los demás domingos, se llenaron de goles, de historias, de repaso de jugadas buenas y malas, con los que metían goles y con los que los pelaban, con los que atajaban o con los que se dejaban meter. El tiro libre, el kichute roto, el túnel, la famosa chilenita que otros le decían chinelita, la palomita, el taquito, darle de primera, pararla de pecho, la rabona, y todo ese idioma de las canchas de barrio, de los que habitan ese rectángulo, y de los que viven mirando las jugadas repetidas desde los bancos aledaños.

Los domingos de fútbol, ya sea en la canchita del barrio, en el estadio o  mirarlo por televisión era un ritual ineludible. Un sagrado momento que es difícil de explicar por qué lo hacemos quienes hemos vivido pensando y consumiendo fútbol desde niños. La pelota número cinco llena de barro, o la tango, o la brazuca, la que sea, es una cómplice de todas esas historias que se arman domingo a domingo, seguro ella sabrá explicar esa locura que sentimos quienes corremos, hipnotizados como idiotas detrás de ella, llorando y gritando en un partido de fútbol.