Sobre las cadenas convertidas en
yugos moleculares que desatan una furia clandestina de dolor y fauces creadas
en hemisferios mercantes desde el mar báltico hasta las membranas absolutistas
del cerebro donde las neuronas realizan un
trabajo certero de lucha y clase, de soberbia y ganas.
Desde donde raya la cancha hasta
donde termina el universo inflado de las cosas perdidas de las militancias
torpes y seculares, donde los destinos son distintos y los finales parecidos. Allí
llegan con la voz sedienta de palabras que marcan las partidas y las salidas de
puertos y buques cargados de ilusiones monoteístas. Que el incendio deje en
cenizas los cabildos petitorios de mejunjes políticas abdicando el proceso a
una mentalidad retrograda para avanzar hacia el futuro. Una deslealtad con la
clase soñante que deja los salarios y las horas trabajadas metidas en sus
electrodomésticos que lo domestican y lo hacen mascar frente al monitor de la
indolencia la precariedad de una vida sin motivos ni causas, ni izquierdas ni
derechas, ni desfases a deshoras, ni talentos convertidos en utilitarios,
robots de cerebro blando, sentimientos encontrados, misterios rehuidos,
deshechos desechados.
Ante la blandiente espada
virtual, como la de Damocles cayendo y no cayendo, cimbrándose en la ardiente
idea del asesinato, de la ruda realidad, de la muerte impensada, caen los barítonos
que cantan a regañadientes, canciones escritas en dos tiempos el siglo pasado.
Se van los malolientes, los que ridiculizan la victoria para no ganar ni
perder. Los que buscan la pelea y encuentran las celdas frías de la soledad. El
tiempo pasa, es ilimitado. La sentencia es dura y caerán sin pena. Los colorados
alzando la pierna con el fusil en el hombro, en bayoneta se le irán las penas. Serán
los testigos mudos de un infructuoso término de tiempo y de esclavos que viven
cansados, con las espaldas apoyadas al cemento, mirando los techos de una
ciudad hundida en rencor y maltrato. Las selfies malhumoradas, los trastorno de
los tronos, desheredados de su herencia, sin pasado ni presente. Oscuros los
lentes con los que se ocultan, mirando con las pupilas dilatadas, enfrentados a
su codicia, desmayados a su invención, dejan todo, dejan nada, se le cayeron
las luces, el templo construido dejó a los feligreses aturdidos, con ítem para
la salud mental de los que quedan, en desbande saldrán de sus minas y prenderán
las mechas, cuando se encuentren con el oro gastado de sus vidas, a los
cuarenta, muertos de indecencias, ven a
sus hijos viejos de infancia, sin pasado ni futuro. Caerán las ballestas con
los símbolos patrios, con el rojo de la sangre, el amarillo de los soles y el
verde de los matorrales, donde escondidos están los que se miran al espejo y no
reconocen a los valientes que cansados de imposturas decidieron mascar coca,
antes que seguir mascando tierra desolada, con roña y sin plata.
El Cristo recibe al papa, de
espaldas a la indecencia, sentencian los que saben que miran los ojos secos de
cementos, verdades que brillan a la luz del sol, que la iglesia se mete debajo
de las sotanas, que enfermas las
hermanas rezan por rosarios, sus cruces y sus santas. Debajo del felpudo,
derechos adquiridos, del comunismo rebelde a la programación virtual de células,
que transgénicos no polemizan con mentiras arquitectónicas, que destruyeron
instituciones, levantaron altares, que la patria o muerte no es suficiente, que
el terrorismo es un mal chiste, una película mal contada, un balazo de frente
oculto en un cinta en alta definición. Que se pasea por Europa con la plata del
pueblo, musicalizando con Wagner, la cartesiana y oblicua solicitud de que el
fin justifica los medios, o los miedos.
Dejaron los barcos quemados en
los aeropuertos, no pueden volver y tampoco quien le escriba, al coronel.
No hay comentarios:
Publicar un comentario