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domingo, 19 de abril de 2015

Fútbol de domingo



Levantarse en la mañana, bien temprano, porque el partido es a las ocho y cuarto, es la sensación que extrañaba desde hace mucho tiempo. Jugar un partido en la cancha del barrio, con otros como yo que apenas pueden alcanzar la pelota, pararla como se debe y correr hasta alcanzarla.

El fútbol siempre fue una preocupación para mi, desde si soy titular, hasta si hoy voy a jugar bien. Si me voy a lesionar, o si va a llover. Es una dinámica que se cuenta por fines de semana, por partido a partido. Es una medición del tiempo diferente. Cada partido suma o resta puntos. Cada jugada suma o resta valor. Cada gol suma o resta importancia.

Me acuerdo la primera vez que jugué un campeonato, tenía 10 años, armaron un equipo con los chicos del barrio, todos entre los catorce, quince y dieciséis. Necesitaban que lleven también refuerzos que pagaran la cuota. La sensación de saberse en un equipo era única. Pertenecer a un grupo de uniformados, con chuteras y canilleras, con el número en la espalda era una sensación indescriptible. Ese día debuté en la banca, y mientras pasaban los segundos, los minutos, los tiempos, el primero, el entretiempo. Mientras todos sudaban, renegaban yo miraba impaciente, buscando a lo lejos de la inmensa cancha la pelota, soñando como la iba a patear, que jugada iba a hacer, como sería el gol, con los nervios de punta si me equivocaba, todo pasaba en un segundo. Y las ganas de orinar eran insoportables, la espera me desesperaba,  me decía el técnico, el más grande de todo el grupo que ya iba a entrar. Luego de dar mi cuota, mi foto, mi pasaporte para salir de la casa y viajar en micro por más de una hora al otro lado de la ciudad, al final, lo único que obtuve fue unas ganas de llorar de impotencia. Ya no podía hacer nada, no podía meter el gol, no podía correr e improvisar un centro para que entre el nueve y la meta la pelota. Ya no podía retroceder el tiempo y esperar de nuevo a que hagan el cambio y entre a debutar. Fue imposible detener el segundero del reloj. El partido se había acabado. Perdimos.

Cuando volvimos a la casa, no me acuerdo ni como, ni con quien, ni cuanto tardamos. Si almorcé, si dormí o si me olvidé que me habían embaucado para ser suplente de los suplentes. Ese domingo de fútbol fue el peor de todos.

Pero después los demás domingos, se llenaron de goles, de historias, de repaso de jugadas buenas y malas, con los que metían goles y con los que los pelaban, con los que atajaban o con los que se dejaban meter. El tiro libre, el kichute roto, el túnel, la famosa chilenita que otros le decían chinelita, la palomita, el taquito, darle de primera, pararla de pecho, la rabona, y todo ese idioma de las canchas de barrio, de los que habitan ese rectángulo, y de los que viven mirando las jugadas repetidas desde los bancos aledaños.

Los domingos de fútbol, ya sea en la canchita del barrio, en el estadio o  mirarlo por televisión era un ritual ineludible. Un sagrado momento que es difícil de explicar por qué lo hacemos quienes hemos vivido pensando y consumiendo fútbol desde niños. La pelota número cinco llena de barro, o la tango, o la brazuca, la que sea, es una cómplice de todas esas historias que se arman domingo a domingo, seguro ella sabrá explicar esa locura que sentimos quienes corremos, hipnotizados como idiotas detrás de ella, llorando y gritando en un partido de fútbol.




jueves, 15 de agosto de 2013

Ñarri Méndez en la canchita del barrio

La canchita del barrio “La Bélgica” siempre fue el lugar donde todos los muchachos de la cuadra se reunían cada tarde para jugar a la pelota; los partidos comenzaban a las cuatro de la tarde, pero poco a poco iban apareciendo desde las dos y media; nosotros, que no teníamos edad para batirnos en duelos futboleros ni peso para que nos admitieran porque éramos peladingos, aprovechábamos ese espacio de tiempo y espacio vacío entre el almuerzo y el pitazo inicial de los partidos interbarriales.

Salíamos del colegio fiscal de convenio con Dios, “Fé y Alegría Mariscal Sucre”, a las doce en punto, hasta que jugábamos un partidito más en la cancha con barro, se hacían las doce y media; hasta que llegábamos a la casa corriendo, eran las doce y cuarenta;  hasta que nos limpiábamos la mano y la cara y dejábamos tirados los uniformes y los cuadernos eran las doce y cuarenta y cuatro.


Papá llegaba siempre a esa hora, es su moto panadera, marca Yamaha color roja; llegaba apurado para prender la tele y mirar el resumen de la fecha del fútbol local y nacional; pasaba del canal 7 TVB, al canal 11 TVU; en el siete estaba Toto Arevalo con “Deporte Total” y en el once Fernando Nurmberg con “Facetas Deportivas”, como en esos tiempos no había controles remotos, el que se tenía que levantar a cada rato a cambiar de canal,  era yo,- ¡toc! - ¡toc! -  ¡toc! -, sonaba el dial de las frecuencias en el único televisor del barrio disponible.






Al sentarnos en la mesa a almorzar, siempre la sopa iba primero, junto con el cocacho de bienvenida propinado por papá por no comer todas las verduras. El hombre era (-es-) algo tosco y cariñoso, nos mostraba sus bigotes mojados por la sopa y nos acariciaba la cabeza por nuestras ocurrencias.

Acabado el segundo, corríamos directo a la cancha, con los kichutes puestos y los shorcitos azules de educación física que mamá quería que me los saque para que no los ensucie. Joaquín Herrera y su hermano Richard, los hermanos Peinado a quienes le decíamos cariñosamente  “Los culo de vieja” y los hermanos “Los macanudos” flaquitos  por el hambre y los bichos,  eran parte de la selección local del barrio. Al frente, como equipo contrincante, siempre estaban los hermanos, primos y “demases” que vivían a orillas  de la posa, “los Cuellar”.

Los partidos eran clásicos jugados en barro, tierra, sol, cascote y grama de la brava, que cuando te caías, te picaba.


Cuando Ñarri llegaba a la cancha, con su pinta de gran jugador, con su sonrisa de niño y peinado Guayaba, se dejaba adular por los del barrio; entonces ahí, nosotros, párvulos e indefinidos, nos sentábamos a la orilla de la canchita, con la pelota llena de barro, mal costurada, tamaño número cinco, y nos preparábamos a observar, admirar, quedarnos con la boca abierta, cuando jugaba Ñarri.

Todos los que presenciábamos los partidos que él jugaba, sabíamos que era un tipo diferente, un jugadorazo, un crack como le gustaba decir en esa época a los cronistas de fútbol. Él, con sus chuteras Puma, su tamaño justo para saltar a la cancha, nos deslumbraba con sus jugadas rápidas, con la pelota pegada a su pie, con su sencillez y arrogancia de ídolo.



Yo no sabía cómo se llamaba, sólo sabía que le decían Ñarri, hasta que un día de esos, desapareció; muchos años después, cuando lo vi con la polera de Real Santa Cruz jugando en el Tahuichi, me di cuenta que el muy vivo, se había ido a jugar con los grandes, con los que saben, a la liga profesional; con razón ya no lo veíamos en la canchita del barrio, con razón las tardes eran más tranquilas y la gente no se colgaba de las bardas de las casas aledañas para verlo jugar, con razón los estadios se llenaban otra vez.

Adhemir “Ñarri” Méndez, con la número Diez, era un elegante para jugar, tenía el pase largo preciso, la gambeta corta, el enganche desafiante, pateaba tan bien con la zurda como con la derecha. Por eso lo quisieron tener en Blooming, y luego en Oriente Petrolero, donde sus goles, su forma pausada y vibrante de jugar, lo llevaron a la gloria del fútbol nacional.



Un día de Agosto de 1996, la muerte le llegó de repente, apagando su chispa y sus ganas. Adhemir Méndez tenía 30 años. Según la noticia reproducida en un periódico internacional, El País de España, lo encontraron muerto a las 04:00 de la madrugada, en la avenida Brasil, supuestamente atropellado por un automóvil, aunque el cuerpo presentaba signos que hacían presumir otras causas; según los informes de la policía, el cuerpo de Ñarri, tenía las marcas de las ruedas sobre el pecho y las piernas, además de un orificio a la altura del cuello producido por un objeto punzante.