LA
DESIGUALDAD EN TIEMPOS DE RIQUEZA
@750palabras
Cuando
el presidente firmaba el decreto del doble aguinaldo sentenciaba, con voz de
pastor, que la igualdad ya no era más una utopía.
Cinco
de la mañana, las campanadas de la iglesia central daban a gritos de hierro la
voz de alerta de que el día había comenzado. En el gabinete ministerial, desde
la silla del ministro de economía, la certeza de que el dinero acorralado en
cuentas de bancos de empresarios, muy pronto, saldrían a borbotones, cayendo
directamente, al bolsillo de los empleados.
El
cálculo era certero, inimaginado, perverso por otro lado. La mayoría de la
gente que trabaja lo hace de manera independiente, sin hacer ni esperar por
otro, solo valen de sus esfuerzos artísticos por ganarse la vida. Algunos cocinan,
otros limpian, muchos barren, la mayoría revende lo que encuentra en el mercado
negro. Otros piensan y creen en el héroe empresario, en el hombre que se va a
sostener por su propia cuenta y va a dar trabajo a otros, aunque sea para
sobrevivir, pero lo va a hacer.
Cuando
el párrafo primero ingresa a la hojilla en blanco y pinta con tinta negra la
norma, los muchos y pocos que estaban sentados alrededor del presidente no
sabían de que se trataba, quizás porque ellos también son empresarios, y no era
bueno prevenir para lamentar. Ese es el objetivo, herir pero no matar, decir
para luego desdecir y quedar sano de toda locura.
Al
promediar la medianoche, todo estaba resuelto, al día siguiente la gente se iba
a levantar con dolor de cabeza, por beber un trago que emborracharía de dolor y
de alegría. Los empresarios, agarrados del periódico, leían con asombro, una
suerte de mal chiste, refutado con fuentes oficiales; mientras tanto, los
incrédulos trabajadores, obreros, proletariado ajustado a sus medidas, tampoco
entendían que era un segundo aguinaldo, hasta que cayeron en razón, y
comenzaron a beberse su decimo cuarto sueldo del año, sin haberlo recibido.
La
economía es una prostituta, que se deja con el que más tiene, es su trabajo, no
es una ofensa, es su negocio, no una posición política. Entonces cuando a la
economía se le arroja dinero a mansalva a la calle, se genera una pira que arde
hasta el cielo y fermenta un engendro llamado inflación. Este monstruo luego se
come parte de los sueldos, de los saldos remanentes después de haber logrado
cubrir los costos de la canasta familiar. Pero eso no es nada, es un monstruo
que llega y se instala y pone su propio puesto de comida en el mercado, donde
el precio que el dispone es lo que los demás también proponen.
Las
empresas, saqueadas por la inconsciencia de quienes apenas han administrado su
propio dinero para dar trabajo a otros arriesgando su propio capital, se
encierran a buscar soluciones, estos seres vivos que son las empresas,
comienzan a pensar en desmembrarse, a decapitar ciertas partes del cuerpo, para
sostener el peso del resto de la estructura orgánica. Hay que sacrificar, y
casi siempre el sacrificio es humano, no venden activos, decapitan recursos humanos,
gente que feliz por un segundo aguinaldo, no saben que están perdiendo a corto
plazo, su única fuente laboral, a diferencia de los que gobiernan, que tienen
comprado hasta sus ataúdes para irse al más allá a disfrutar de sus riquezas
que les ha dejado la gobernancia pública.
No
hay reparos, el mal ya está hecho, valga la redundancia, que aunque no se hayan
nombrado antes, los muertos en esta guerra siempre son los supuestos
beneficiados de estas normas, de estos doble aguinaldos, que son como bayonetas
cuando llegan a atravesar el cuerpo sin previo aviso.
Los
presupuestos quedaron añicos, las planillas sin bordes en blanco porque los
números grandes no caben en boletas de pagos de caja chica. Los instrumentos
financieros y las movidas seculares pasan a ser obsoletas y el intercambio de
rezos en las iglesias aumentan, donde los
fieles dueños de empresa, jefes de poco y nada, buscan refugio, aunque sea en
la repetición de palabras de consuelo para no ser condenados a un embargo por
falta de pago de una obligación financiera o fiscal.
El
año que subió un empresario al poder, lo vendió todo; el año que subió un
proletariado al poder, lo regaló todo. El primero vivía de comisiones por
venta; el segundo de adulos y victorias pírricas. Pareciera que la igualdad en
tiempos de riqueza es lo mismo que la desigualdad en tiempos de pobreza, no
importa el orden de los factores, el resultado es el mismo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario