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jueves, 15 de agosto de 2013

Ñarri Méndez en la canchita del barrio

La canchita del barrio “La Bélgica” siempre fue el lugar donde todos los muchachos de la cuadra se reunían cada tarde para jugar a la pelota; los partidos comenzaban a las cuatro de la tarde, pero poco a poco iban apareciendo desde las dos y media; nosotros, que no teníamos edad para batirnos en duelos futboleros ni peso para que nos admitieran porque éramos peladingos, aprovechábamos ese espacio de tiempo y espacio vacío entre el almuerzo y el pitazo inicial de los partidos interbarriales.

Salíamos del colegio fiscal de convenio con Dios, “Fé y Alegría Mariscal Sucre”, a las doce en punto, hasta que jugábamos un partidito más en la cancha con barro, se hacían las doce y media; hasta que llegábamos a la casa corriendo, eran las doce y cuarenta;  hasta que nos limpiábamos la mano y la cara y dejábamos tirados los uniformes y los cuadernos eran las doce y cuarenta y cuatro.


Papá llegaba siempre a esa hora, es su moto panadera, marca Yamaha color roja; llegaba apurado para prender la tele y mirar el resumen de la fecha del fútbol local y nacional; pasaba del canal 7 TVB, al canal 11 TVU; en el siete estaba Toto Arevalo con “Deporte Total” y en el once Fernando Nurmberg con “Facetas Deportivas”, como en esos tiempos no había controles remotos, el que se tenía que levantar a cada rato a cambiar de canal,  era yo,- ¡toc! - ¡toc! -  ¡toc! -, sonaba el dial de las frecuencias en el único televisor del barrio disponible.






Al sentarnos en la mesa a almorzar, siempre la sopa iba primero, junto con el cocacho de bienvenida propinado por papá por no comer todas las verduras. El hombre era (-es-) algo tosco y cariñoso, nos mostraba sus bigotes mojados por la sopa y nos acariciaba la cabeza por nuestras ocurrencias.

Acabado el segundo, corríamos directo a la cancha, con los kichutes puestos y los shorcitos azules de educación física que mamá quería que me los saque para que no los ensucie. Joaquín Herrera y su hermano Richard, los hermanos Peinado a quienes le decíamos cariñosamente  “Los culo de vieja” y los hermanos “Los macanudos” flaquitos  por el hambre y los bichos,  eran parte de la selección local del barrio. Al frente, como equipo contrincante, siempre estaban los hermanos, primos y “demases” que vivían a orillas  de la posa, “los Cuellar”.

Los partidos eran clásicos jugados en barro, tierra, sol, cascote y grama de la brava, que cuando te caías, te picaba.


Cuando Ñarri llegaba a la cancha, con su pinta de gran jugador, con su sonrisa de niño y peinado Guayaba, se dejaba adular por los del barrio; entonces ahí, nosotros, párvulos e indefinidos, nos sentábamos a la orilla de la canchita, con la pelota llena de barro, mal costurada, tamaño número cinco, y nos preparábamos a observar, admirar, quedarnos con la boca abierta, cuando jugaba Ñarri.

Todos los que presenciábamos los partidos que él jugaba, sabíamos que era un tipo diferente, un jugadorazo, un crack como le gustaba decir en esa época a los cronistas de fútbol. Él, con sus chuteras Puma, su tamaño justo para saltar a la cancha, nos deslumbraba con sus jugadas rápidas, con la pelota pegada a su pie, con su sencillez y arrogancia de ídolo.



Yo no sabía cómo se llamaba, sólo sabía que le decían Ñarri, hasta que un día de esos, desapareció; muchos años después, cuando lo vi con la polera de Real Santa Cruz jugando en el Tahuichi, me di cuenta que el muy vivo, se había ido a jugar con los grandes, con los que saben, a la liga profesional; con razón ya no lo veíamos en la canchita del barrio, con razón las tardes eran más tranquilas y la gente no se colgaba de las bardas de las casas aledañas para verlo jugar, con razón los estadios se llenaban otra vez.

Adhemir “Ñarri” Méndez, con la número Diez, era un elegante para jugar, tenía el pase largo preciso, la gambeta corta, el enganche desafiante, pateaba tan bien con la zurda como con la derecha. Por eso lo quisieron tener en Blooming, y luego en Oriente Petrolero, donde sus goles, su forma pausada y vibrante de jugar, lo llevaron a la gloria del fútbol nacional.



Un día de Agosto de 1996, la muerte le llegó de repente, apagando su chispa y sus ganas. Adhemir Méndez tenía 30 años. Según la noticia reproducida en un periódico internacional, El País de España, lo encontraron muerto a las 04:00 de la madrugada, en la avenida Brasil, supuestamente atropellado por un automóvil, aunque el cuerpo presentaba signos que hacían presumir otras causas; según los informes de la policía, el cuerpo de Ñarri, tenía las marcas de las ruedas sobre el pecho y las piernas, además de un orificio a la altura del cuello producido por un objeto punzante.