La canchita del barrio “La
Bélgica” siempre fue el lugar donde todos los muchachos de la cuadra se reunían cada tarde para jugar a la
pelota; los partidos comenzaban a las cuatro de la tarde, pero poco a poco iban
apareciendo desde las dos y media; nosotros, que no teníamos edad para batirnos
en duelos futboleros ni peso para que nos admitieran porque éramos peladingos, aprovechábamos
ese espacio de tiempo y espacio vacío entre el almuerzo y el pitazo inicial de
los partidos interbarriales.
Salíamos del colegio fiscal de
convenio con Dios, “Fé y Alegría Mariscal Sucre”, a las doce en punto, hasta
que jugábamos un partidito más en la cancha con barro, se hacían las doce y
media; hasta que llegábamos a
la casa corriendo, eran las doce y cuarenta; hasta que nos limpiábamos la mano y la cara y
dejábamos tirados los uniformes y los cuadernos eran las doce y cuarenta y
cuatro.
Papá llegaba siempre a esa
hora, es su moto panadera, marca Yamaha color roja; llegaba apurado para
prender la tele y mirar el resumen de la fecha del fútbol local y nacional; pasaba
del canal 7 TVB, al canal 11 TVU; en el siete estaba Toto Arevalo con “Deporte
Total” y en el once Fernando Nurmberg con “Facetas Deportivas”, como en esos
tiempos no había controles remotos, el que se tenía que levantar a cada rato a
cambiar de canal, era yo,- ¡toc! - ¡toc!
- ¡toc! -, sonaba el dial de las
frecuencias en el único televisor del barrio disponible.
Al sentarnos en la mesa a
almorzar, siempre la sopa iba primero, junto con el cocacho de bienvenida
propinado por papá por no comer todas las verduras. El hombre era (-es-) algo tosco
y cariñoso, nos mostraba sus bigotes mojados por la sopa y nos acariciaba la
cabeza por nuestras ocurrencias.
Acabado el segundo,
corríamos directo a la cancha, con los kichutes puestos y los shorcitos azules
de educación física que mamá quería que me los saque para que no los ensucie. Joaquín
Herrera y su hermano Richard, los hermanos Peinado a quienes le decíamos
cariñosamente “Los culo de vieja” y los
hermanos “Los macanudos” flaquitos por
el hambre y los bichos, eran parte de la
selección local del barrio. Al frente, como equipo contrincante, siempre
estaban los hermanos, primos y “demases” que vivían a orillas de la posa, “los Cuellar”.
Los partidos eran clásicos
jugados en barro, tierra, sol, cascote y grama de la brava, que cuando te
caías, te picaba.
Cuando Ñarri llegaba a la
cancha, con su pinta de gran jugador, con su sonrisa de niño y peinado Guayaba,
se dejaba adular por los del barrio; entonces ahí, nosotros, párvulos e
indefinidos, nos sentábamos a la orilla de la canchita, con la pelota llena de
barro, mal costurada, tamaño número cinco, y nos preparábamos a observar,
admirar, quedarnos con la boca abierta, cuando jugaba Ñarri.
Todos los que presenciábamos
los partidos que él jugaba, sabíamos que era un tipo diferente, un jugadorazo,
un crack como le gustaba decir en esa época a los cronistas de fútbol. Él, con
sus chuteras Puma, su tamaño justo para saltar a la cancha, nos deslumbraba con
sus jugadas rápidas, con la pelota pegada a su pie, con su sencillez y
arrogancia de ídolo.
Yo no sabía cómo se llamaba,
sólo sabía que le decían Ñarri, hasta que un día de esos, desapareció; muchos
años después, cuando lo vi con la polera de Real Santa Cruz jugando en el
Tahuichi, me di cuenta que el muy vivo, se había ido a jugar con los grandes,
con los que saben, a la liga profesional; con razón ya no lo veíamos en la
canchita del barrio, con razón las tardes eran más tranquilas y la gente no se
colgaba de las bardas de las casas aledañas para verlo jugar, con razón los
estadios se llenaban otra vez.
Adhemir “Ñarri” Méndez, con
la número Diez, era un elegante para jugar, tenía el pase largo preciso, la
gambeta corta, el enganche desafiante, pateaba tan bien con la zurda como con
la derecha. Por eso lo quisieron tener en Blooming, y luego en Oriente
Petrolero, donde sus goles, su forma pausada y vibrante de jugar, lo llevaron a
la gloria del fútbol nacional.
Un día de Agosto de 1996, la
muerte le llegó de repente, apagando su chispa y sus ganas. Adhemir Méndez tenía
30 años. Según la noticia reproducida en un periódico internacional, El País
de España, lo encontraron muerto a las 04:00 de la madrugada, en la avenida
Brasil, supuestamente atropellado por un automóvil, aunque el cuerpo presentaba
signos que hacían presumir otras causas; según los informes de la policía, el
cuerpo de Ñarri, tenía las marcas de las ruedas sobre el pecho y las piernas,
además de un orificio a la altura del cuello producido por un objeto punzante.
Su historia es larga, difícil
de contar, yo solo lo conocí en la canchita del barrio, los que lo conocieron
mejor saben la verdad, de un hombre que tenía ganas de hacer historia en el fútbol
nacional; pero algo pasó, que no sabemos explicar, porque se fue sin avisar. Hace
17 años.
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| El Rincón del Coleccionista Arte Página Oriente Petrolero |
La camiseta de esta entrega es una de las favoritas de siempre. Tiene vínculos sentimentales muy fuertes por ser una de las últimas que usó Adhemir "Ñarrí" Mendez. Aquél año 1996, Oriente fue protagonista y mucho tuvo que ver nuestro número 10. El mejor jugador y además el goleador del torneo (lo fue incluso estando ausente). El sponsor técnico de ese año fue la marca alemana PUMA. De los modelos que se usaron durante la temporada, éste sin duda fue el más llamativo; un diseño absolutamente noventero con diferentes tramas albiverdes. Un ícono.















