lunes, 9 de septiembre de 2013

“No puedo verte” María Nazareth y Erick Elera

“No puedo verte”, tema escrito por Fabio Zambrana para María Nazareth, cantante boliviana y Erick Elera, cantante peruano.

Fabio tiene la capacidad de comprimir sentimientos, emociones, música, palabras de éxito en canciones. Un hombre que con una “Bomba” logró sacudir su mundo. Con 21 años de carrera musical logró ser un signo de dedicación y buena oportunidad en el ámbito artístico boliviano y del mundo. 


Esta vez, Fabio compuso una canción para una niña que soñaba con conocer a su cantante y actor favorito. Lo hizo pensando por ella; del otro lado, escribió la parte del cantante que no puede ver a sus fans, lo hizo pensando por él. María Nazareth es una niña que desde pequeña comenzó a cantar, su ceguera la hace una chica especial ya que no para de soñar mirando la vida con los ojos del alma. Dibuja su entorno con los sonidos que percibe, la música fue el mejor escenario para sentirse segura.

Este tipo de historia es la que uno espera que Dios le ponga en su camino, dice Fabio, es algo que no podía dejar pasar.

Gabriel Feldman, productor del cantante peruano - actor de la novela Al fondo hay sitio, le pidió a Fabio componerle una canción; luego María Nazareth tocó también las puertas de él; fue el momento donde pensó que se podía dar una combinación de dos voces que le podían dar vida a un hit.


En menos de una semana, el video colgado en Youtube llegó rápidamente al casi medio millón de
reproducciones.

Messi tiene síndrome de Asperger según Romario

La última de las ultimas: Messi tiene el Síndrome de Asperger, según Romario.

Romario, Romário da Souza Faria (Río de Janeiro, Brasil, 29 de enero de 1966) es un exfutbolista brasileño, conocido deportivamente como Romário Uno de los mejores jugadores de “futibol” del mundo, ex jugador del Barcelona, hombre que parecía que llevaba amarrada la pelota al pie, ha asegurado via twitter  que Messi, el mejor futbolista del mundo, tiene este síndrome. Según asevera, esta enfermedad hace que el argentino tenga una concentración casi absoluta y por eso su desempeño dentro del campo de juego

Wikipedia: El síndrome de Asperger o trastorno de Asperger es un conjunto de problemas mentales y conductuales que forma parte de los trastornos del espectro autista. Se encuadra dentro de los trastornos generalizados del desarrollo.








sábado, 31 de agosto de 2013

Oscar y la máquina secuenciadora de ADN

CRONICA 
Oscar y la máquina secuenciadora de ADN

@750palabras

Oscar, no quería abandonar su campo, sus vacas, sus torcazas y todo lo que le recordara su niñez; pero su madre, que vivía pensando que hacer con su hijo menor, lo mandó a estudiar a Argentina, según ella, algo que tenía que hacer con su vida.
Lo subieron al tren, luego a una flota, lo dejaron en la frontera y ahí, mediante una transacción en Yacuiba, lo introdujeron a un taxi que lo llevó hasta Buenos Aires. Más tardó en llegar que en volverse, no quería saber de las universidades y menos estudiar, algo raro pasaba en él. Extrañaba su vaca, su ternero, la leche a las seis de la mañana.

Otra vez, lo subieron al tren, lo metieron a la fuerza a la flota y lo enviaron en avión al microcentro porteño, hospedado en un hotel de media estrella, comenzó a estudiar: las plazas, las calles, los campos, la General Paz, Puerto Madero y por fin, se quedó estancado en una universidad cerca del río de la plata.

Estudió por más de cinco años, su madre nunca supo que, porque no le importaba. El, que era de poco escribir, y con el resentimiento de hijo forzado a hacer lo que no quería, tampoco le contó que no estudió ni derecho, ni arquitectura, ni publicidad, ni nada de lo que su madre alguna vez soñó.

Al volver a su rancho, allá en Tundi, pueblito de mala muerte, afueras de la ciudad, y lejos de todo lo que tenga que ver con tecnología, desembarcó en la frontera con Chile, una máquina que traía vía exprés desde Europa, Nadie sabía lo que era, ni los de la Aduana, por eso no supieron cuánto pedirle como coima para hacer pasar la máquina rara.


Oscar, había preparado un cuarto especial para su herramienta de trabajo, para esa máquina que nadie entendía que hacía. Su madre al verlo llegar con el camión de mudanza trayendo un armastrote descomunal, donde más eran cajas y plastoformo prendidos con cintas adhesivas con anuncios de frágil, no entendió de qué se trataba.

Al mes de llegada la carga, Oscar le pidió a su madre que le prestara a Rosita, la vaca favorita de la familia, que estaba a punto de cumplir siete años. Ella no entendía que podía hacer con una vaca que lo único que hacía era espantarse las moscas con la cola,  y deambular rumiando todo el día.

A los pocos meses, apareció una vaca, idéntica a rosita, y luego otra, y luego otra, y así hasta completar un lote de diez vacas idénticas. Oscar satisfecho, al ver que su trabajo daba frutos, comenzó a sacarle fotos para enviarla de nuevo a la universidad de donde había salido. Su madre que vivía en su mundo eterno de hacer pan, biscochos y patascas para vender los fines de semana en la ciudad, no se había percatado de tal situación.

Doña felicidad, -le dijo la vecina del siguiente canchón, -sus vacas gemelas, se están comiendo los choclos de mi campo-, ella no entendía de que se trataba, cuando salió a ver, a la mujer y su vaquero subido en un caballo lleno de garrapatas, lo que denunciaba, no podía creer lo que veían sus ojos. Su vaca rosita, estaba reproducida por diez, todas idénticas, llenas de manchas negras, con la oreja cortada, y las patas chuecas.



No le dijo nada a su hijo, porque pensó que era una venganza de él, por haberlo mandado durante cinco  años a un lugar que no quería, y por hacerlo estudiar a la fuerza. Se quedó aterrorizada porque no sabía que era lo que había estudiado su hijo en realidad. -Y si ha estudiado magia negra, pensó-.

Unas semanas después, cuando su madre se encontraba descansando en su mecedora, en el patio, mientras terminaba de amanecer, vio como los pollitos que pasaban corriendo tras los maíces que le tiraba al suelo, tenían algo raro, se acerca a mirarlos de cerca, después de haberse puesto los lentes, y haberse agachado lo suficiente como para enfocar bien, descubrió que todos los pollitos que seguían a su mama gallina, tenían cada uno dos juegos de alas, parecía que estaban a punto de volar con la súper potencia de un par de juegos de alitas extras. Lanzó un grito al cielo y salió despavorida corriendo hacia la cabina telefónica más cercana del lugar. En Tundi casi nunca pasaba nada que llame la atención, los menonitas caminaban descalzo por los alrededores, como si vivieran en el siglo veinte, los camiones todos eran de los años setenta, y los teléfonos celulares eran algo que no quería usar por ser parte de una modernidad que ella se resistía a entender.

Oscar, no pudo evitar la risa sarcástica al ver a su madre, con la cara de terror, al desconfiar de que su hijo se haya convertido en el famoso Dr. Frankenstein, haciendo de los pollitos adefesios articulados con más de dos alitas. y no solo eso, en su área de trabajo donde tenía la máquina rara que nadie sabía de qué se trataba, había un ternero con dos cabezas, un perro que maullaba, un loro que hablaba perfectamente el inglés, y muchos cerditos caminando en dos patas.
Oscar no podía dejar de reír, cuando vio a su madre, que horrorizada agarraba sus pilchas, y corría a la parada del colectivo para que la lleve a la ciudad. Nunca se enteró que su hijo, había estudiado biología y farmacia y que en ese lapso, un científico loco, lo llevó de su aprendiz en biotecnología.


Cuando le preguntaron en la aduana, que era lo que hacía la máquina, él dijo inocentemente: "es un secuenciador de ADN".

viernes, 30 de agosto de 2013

CRONICA DE CIUDAD Los micros parte del genoma citadino

CRONICA DE CIUDAD
Los micros, parte del genoma citadino

Los micreros son los que mueven la ciudad, corren todo el día por sus arterias y casi que se vuelven necesarios para la existencia de este organismo vivo, que es la urbe cruceña.

Todos los días miles de personas, se suben a uno de estos vehículos para trasladarse a su trabajo.

Esta es la historia de una de ellas, que vive en los micros de la ciudad como una casa rodante, ya que el mundo se ve diferente desde allí. Comienza su recorrido en la zona sur, desde donde agarra el micro que sale desde la refinería y se lanza en un viaje tremendo hasta la zona norte, kilometro catorce casi quince, es su manera de vivir, es su forma de recrear el mundo en un viaje sin parar.

Luego de llegar a la parada final, toma otro micro que la dirige por otro tramo más espeluznante aún, es una línea que acaba de crearse que solo entra a barrios recién creados, llenos de pozos y movimientos tectónicos, con pasajeros que suben en estado de ebriedad y casi siempre con el olor característicos de los chivos. Suben y bajan, suben y bajan, llegan hasta su recorrido, dicen parada y bajan a prisa para no ser arrastrados por la corriente de aire que deja el transporte público.

Según cuenta ella, que los peores micros, son los que entran a los mercados, casi todos ellos entran a los más populosos centros de abastecimiento, donde, no solo personas entran para ser transportados de un punto de la ciudad a otro, sino, también sus animales: no faltan los perros, los gatos, los patos, los loros, las chivas, los chanchitos, lechoncitos, todo tipo de animales escondidos en bolsos de aguayo.

También suben mercaderías: desde los tomates casi podridos, no vendidos en el centro, comida para los chanchos en las casas, abarrotes, comidas, frituras y alimentos perecederos que huelen quiabó, podridos por el paso del tiempo.

No faltan los montacargas humanos, esos hombres que viven de arrastrar, cargar, llevar como animales las mercaderías de los grandes gremialistas, que utilizan a estos pobres hombres como bagayeros de contrabando, para que las autoridades pertinentes no lo coloquen en el régimen general  y paguen impuestos.

Prosigue su viaje más allá de los olores, esta mujer que vive de escuchar las historias de las personas que se sientan al lado de ella, atrás o adelante, dice que estás son mejor que quedarse viendo la mejor de las novelas en la televisión o la superproducción de una película gringa. Las historias que ha escuchado sentada en los micros duran generalmente veinte minutos, la duración de un viaje de dos personas que cuentan todo sin pudor mientras se trasladan de un punto a otro en la ciudad. Dramas familiares, amores encontrados, amantes, mujeres infieles, fulanitas que se acuestan con el fulanito, deudas impagas, amores maltratados, hijos maleducados, todo.

En ese ir y venir, se puede decir que Ofelia, que es como se llama esta científica que estudia la vida cotidiana subida en un micro, ha logrado descifrar el genoma del cruceño, ese hombre pobre que tiene que utilizar el transporte público. Comenzando desde el chofer que es el pretérito perfecto de los hombres de las cavernas, pasando por las amas de casa que visten de madres y cocineras con los rulos en las cabezas pensando en voz alta, hasta los hijos de todos los vecinos del pueblo y sus problemas personales, existenciales y menstruales. Todos se encuentran en ese universo llamado micro: el transporte público de la ciudad.

Desde que tengo uso de razón, dice Ofelia siempre me gustó viajar en estos vehículos que lleva a muchas personas de un lado a otro: la historia se remonta a mi niñez cuando tenía que subirme al colectivo de la línea uno, un camión ñato que había sido adaptado para ser vehículo que preste este servicio, era una especie de cacharro bien alimentado, con las láminas de su chasis levantadas y una caja de cambios que sonaba como si los fierros estuvieran torciéndose por dentro y suplicando aceite y grasa para continuar.

Alguna vez también existieron unos micrangos llamados ENTA, empresa nacional de transporte, que era un experimento por demás de desubicado ya que su estructura de gigante apenas podía entrar por las estrechas calles de la ciudad. Luego vinieron los misiles, micritos donde todos los pasajeros entraban agachados, apretados como sardinas, y traumatizados por las grandes velocidades imprimidas para llegar a marcar la tarjeta.

Ofelia, vive sentada en los micros como una pasajera eterna, que encontró la manera de nunca estar quieta, en un solo lugar, con compañía de los choferes de micros, ha encontrado una familia y una extensión de su aventura viajera, por el ombligo del mundo.




jueves, 29 de agosto de 2013

CRONICA INTROSPECTIVA: El escritorio de Barthez

CRONICA INTROSPECTIVA
El escritorio de Barthez

@750palabras

El escritorio como medio de transición al subconsciente

Ese rincón del mundo que se llama escritorio, donde colocamos cada uno de nuestras necesidades cotidianas de ejecutivo, administrador, portador de transacciones, etcéteras y etcéteras... es el lenguaje omnímodo de las cosas pendientes, hechas y mal hechas. Es el recordatorio de las cosas que estamos haciendo y de las que faltan por hacer.

En lo apretado del plano subjetivo, Barthez, encuentra la foto de su hijo, estampada en un trabajo escolar, donde dice “Te amo Papá”, es un ordenador de lapiceras y cosas comunes, es el regalo por el día del padre, es la ilusión de un niño de encontrar en un detalle pensado por la profesora.

Las llaves del auto, de la puerta principal de la casa, de la casa en la que solía vivir y ya no vive. Hay una cámara fotográfica y una de ficción. Billetera, la funda del celular. Facturas pagadas, pañuelos, y una reportera marca Sony que nunca ha utilizado. Marcadores y clips. Recibos de tipo de cambio del banco.

Una taza de café, sorpresivamente dos perforadores, uno de color negro y otro de color verde. Auriculares de estudio, más facturas, un “UHU stic” para colar los papelitos de ayuda memoria en la pizarra acrílica. Y el teclado con su monitor mirando pendiente lo que escribe. No dice nada, inmutado, sacrificado, le salen ojos de pixeles y no dice nada.

El resto se encuentra en orden, el polvo que se acumula todos los días, los papeles del banco retirados con prisa para que nadie vea los números rojos.

El trámite del escritorio es simbólico, es el lugar donde se encuentran la silla giratoria con los cajones archiveros, es el cargo inmediato, es el rol del administrador que no se quiere asumir como tal.

Los administradores son tipos fríos, que no tienen sangre en la cara y que cuando ven los números que no le cuadran, le genera dolor de cabeza e irritaciones malhumorantes. Barthez es uno de ellos.

Es el trabajo de un malabarista que juega con el destino tratando de torcerle el brazo para que lo favorezca.

Lo que falta en el escritorio de Barthez es el teléfono fijo, que por alguna extraña razón nunca existió. Debe ser por la falta de capacidad de comunicarse dirán algunos, tipo bueno pero atrasado en sus deberes de relaciones públicas.

Introvertido, desanimado, desasosegado, es un arraigado al cargo, emergido de las aulas de las universidades que petrifican el alma y el espíritu del ser humano. Cargado de nebulosas, “estupidizado”, cargado de penas y llantos, esperando el final del día para comenzar a vivir, entramado en unas vacaciones que no puede acceder, mirando fotos de otros en playas lejanas, copernicano, casi bipolar,  que no sabe  aplicar la ley de Murphy, porque perdió el buen humor; vive desesperado y casi agobiado, los trámites le han quitado dos cuartos de respiración, anda acongojado, le duele la espalda, tiene gases y orina cada hora y media.

Lo peor de todo del administrador, es que no tiene secretaria, ha intentado tener pero las faldas lo seducen y siempre cae en la tentación de olvidarse de que el cargo solo es para las funciones de la empresa y no para conquistar amores repentinos con mujeres que se sientan a escribir el dictado y  rol de llamadas.  Convencido de que tal aspecto no lo deja concentrarse prefiere tener charlas aleatorias con todo el personal y salir a pagar cuentas y a cobrar cheques atrasados.

El administrador tiene por ventaja su posición, que es como una contradicción porque él piensa que es una obligación hacer lo que hace. Correr al banco a pedir préstamos, salir a la calle a buscar clientes, agendar pagos de impuestos y trámites ante el ministerio del trabajo. Sacar licencias de funcionamiento y nuevos trámites de las administradoras de pensiones. Es un mundo enrevesado para un solo hombre que solo quería hacer empresa. Pero que tiene la firme convicción de no volver a pisar una empresa más como empleado.

El administrador cuenta con la salvaguarda de que todo puede salir bien y victorioso cuando pasen los días y lo encuentren solvente y bien parado. Pero eso pasa por ser una película de ficción cuando se imagina que abrir un negocio es tan difícil como cerrarlo.


Pero hay un escritorio más que falta por explorar de Barthez, el de la pc, la laptop, el ipad, el celular, y el de la agenda. El misterio de las personas que hacen de su rutina un trámite de colas y calvarios, es destramado, allí, con perfil casi exacto de su personalidad, es su escritorio.