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lunes, 3 de octubre de 2016

LOS BANCOS SE CREEN DUEÑOS DE NUESTRA PLATA


Son las 11 de la mañana de un lunes. Comienzo la semana y no tengo efectivo. Paso por una empresa a retirar un cheque de unos servicios prestados. Y decido: opción número 1- volver al parqueo a recoger el vehículo e irme a recoger a los chicos al colegio. Opción número 2 – Caminar 8 cuadras hasta el banco más cercano a cambiar en efectivo el cheque. Decido la opción  número 2.


No importa. Lo pude haber hecho de manera diferente. Cambiar la ruta. Entrar a un autobanco. Hacerlo en otro momento. Pero no, decido la opción número 2, mido mis tiempos. Camino rápido. Sudo un poco. Grabo el proceso a medias. Estoy apurado. Los minutos avanzan rápidamente. Tal vez no llegue a tiempo al colegio. Eso me estresa.

Verifico el cheque. Miro el logo del Banco Mercantil Santa Cruz. Reviso en mi billetera mi carnet de identidad. Esta todo en orden. En ese momento pienso. Para cambiar el cheque necesito más tiempo del requerido. Así que decido utilizar mi tarjeta de débito del banco. Es más fácil y seguro lo hago más fácil. Mi tarjeta de débito del banco está gastada porque siempre la llevo en la billetera. Es algo que se gasta con el tiempo. A todos nos pasa. Se borran los números. La banda magnética también sufre daño. Incluso el pequeño chip que lleva inserto. Pero no importa. Pienso de todas maneras entrar al cajero y retirar efectivo.

Llego al banco, donde tengo mi cuenta. Entro al cajero automático. Y lo que me preocupaba. El lector del cajero no lee mi tarjeta. Salgo del cajero. Miro hacia adentro del banco. No había nadie haciendo fila ni esperando. Entro y saco mi ticket para ser atendido. Me llama el cajero número 1. Me saluda amablemente. Un joven de unos 21 años. Pareciera que tiene menos. Lo miro y le entrego mis documentos: Carne de identidad y tarjeta de débito. Me pide deslizar la tarjeta por la maquinita donde meto el pin. Le digo que es en vano, ya que siempre me rechaza el artefacto. Porque la tarjeta está gastada, el lector de la cinta magnética no  la lee. Me mira insistiendo en que realice la operación. Lo miro y pienso. Hago la operación y verá que no pasa nada. Entonces me hará la operación manualmente. Error. La máquina dio otra vez error y el chico que me atendía en la caja también. Llamó a la supervisora. Una joven, bajita y menuda. Con lentes negros que le tapaban media cara. Le explico la situación y me pidió hacer de nuevo la operación. Obedecí como mero trámite esperando que ella diera la señal de aprobación de que realice la operación manualmente. Pero para mi sorpresa, al estilo de funcionario público mal pagado. Me dijo. Señor, tiene que cambiar su tarjeta. Le costará Bs. 80. De otra manera no podemos atenderlo.

Pero como, pensé. Sin alterarme decidí que me devuelva la tarjeta. Salí del banco profiriendo algunas malas palabras pero en silencio. Caminé las 8 cuadras que habían de diferencia entre la sucursal y la central del Banco Mercantil Santa Cruz. Entré. Saqué mi ticket. Por suerte había poca gente esperando. Me tocó la ventanilla 5. Una joven muy amable me atendió. Me preguntó que operación iba a realizar. Le dije retiro. Le di el monto.  Me pidió mis documentos. Agarro mi tarjeta de débito y sin pedirme que deslice la tarjeta por la cinta magnética, procedió a entregarme el dinero que le había pedido de mi caja de ahorro.

Fin de la historia.


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