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jueves, 20 de octubre de 2016

EL CONEJO BLANCO


Eran casi las siete de la noche. Caminar por la alameda era una especie de suerte de la mala. De esas cosas que a uno se le ocurre hacer porque no se da cuenta de lo que pasa.

Llevaba conmigo un conejo. Mi pantaloncito azul elite. Mi polera blanca del colegio. Mi carita de niño. Mi voz entrecortada. Todo parecía una especie de noche turbia. Acorralado por autos que pasaban a mil kilómetros por segundo. Por la avenida principal. Se llenaba de gente. Comprando pollo estaban los borrachos. Ya la gente se metía clefa en la cabeza y alucinaba con eso. El, acariciaba su cabeza suavemente. Sus ojos eran rojos. Su aliento pestilente. Su voz cariñosa. Su mirada perdida. 

Tenía hambre, estaba claro. El conejo le llamaba la atención. No era mío. No era de nadie. Era blanco como la nieve. Yo nunca conocí la nieve. La vi en dibujos animados. Ese momento me pareció lo más caricaturesco. La luz del poste en la esquina. El cuadrado encerrado del alambrado en la alameda. Camellón que me encerró cinco minutos. Acercándose a mi cuerpo desvalido. Sus manos torcían mis dedos. El conejo temblaba de la angustia. Lloraba a sollozos sin gritar. El trémulo momento me mataba. No temblaba, sacudía mis tripas por dentro. El miedo era rotundo y amargo. No tenía escapatoria.

Mamá me había hablado de ellos. Los ropavejeros le decían. Los que se roban a los chicos. Confuso estaba porque yo no era la víctima. Era el conejo. Quería el conejo, no a mí. Pero igual temblábamos los dos. Con los ojos abiertos de misterio. El segundo pasaba lentamente.

Cuando me alejé lentamente después que el olor del pegamento le haya hecho efecto aún más. Me miró. Me sonrió. Me largó. Me liberó. Apretando con fuerza el animalito blanco. Corrí a la vereda del frente. De la avenida bajaban los coches modelo ochenta. Las llantas  gastadas en el asfalto. El tiempo que estuve pensando casi nada. El miedo me paralizó las ideas.

Pero eso presagiaba el comienzo de una historia más macabra. Una historia que duró cinco minutos pero que se repite en mi mente cada cien días. Cien minutos. Cien segundo. La inocencia perdida. El olor a tabaco. La humillación permitida. La ignorancia destructiva. Todo se juntó en esos momentos, cuando la crisis nos había golpeado.


Aprendí la lección pero no comprendí lo que me había pasado. El tiempo me llenó de preguntas que fui respondiendo poco a poco. Sabía que existía una explicación irresponsable, inexplicable, derrotada.

https://youtu.be/3ColTb4myaY?list=PLSm7fVYC7ZKWuIB86FzQKJjez5iHpW-sZ



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