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jueves, 23 de abril de 2015

Día del libro, que buena idea.



Mi profesora de lenguaje en intermedio, lo que hoy llaman primaria, se llamaba Eva. Era chiquitita, tenía problemas al caminar y usaba unos lentes negros que le cubrían casi toda la cara. El sujeto, verbo y predicado lo aprendí con ella. El uso de la coma, la tilde y los dos puntos suspensivos. Nos enseñó a leer y a escribir con propiedad. Con destino, sin miedo. Repetíamos los dictados, la artillería gruesa de los gerundios y los adverbios.  La “m” antes de la “b” y la “p”, nos hacía construir mundos, historias fantásticas que me llevaba a la casa y las dibujaba en mi mente.

Luego vino el profesor Chambi, gracioso y apresurado para hablar, que nos hizo meter  las narices en otros libros, más sesudos, más del mundo, más enteros. Las venas abiertas de América Latina de Galeano,  no lo entendía pero las exponíamos en clase, a Shakespeare y el mercader de Venecia, luego a Gabriel García Márquez con cien años de soledad. La batalla de  Boquerón de Luis Fernández, el Pozo de Augusto Céspedes, la Divina Comedia de Dante, y la niña de sus ojos de Antonio Díaz Villamil.

El libro, siempre estuvo cerca: en la mochila, en la lista de útiles, en la casa, en el armario. Papá siempre compraba enciclopedias de 5 o 10 tomos, el atlas, el famoso diccionario y para las matemáticas el Baldor con el tipo barbudo de turbante en la tapa. Que hubiéramos hecho sin los libros, sin esos que vinieron después, apareciéndose en el camino sin que sepamos como llegaban a nuestras manos: al principito con el dibujo del sombrero, la boa y el elefante, con mi planta de naranja lima de José Mauro de Vasconcelos y otros que se perdieron en el camino.

Los libros, esa pasión desmedida por leer todo: a Nietzsche para agarrar a martillazos las ideas, a Saramago para perder la lucidez y encontrar la ceguera, a Isabel Allende con su casa de los espíritus, a Benedetti y sus historias de oficinas. Que haríamos sin ellos, no entenderíamos nada de lo que nos rodea, no tendríamos ni la más idea donde estamos parado, no hubiéramos descubierto el universo ni sus latitudes, ni agujeros negros ni la breve historia del tiempo de Stephen Hawkins. Todos son buenos, incluso los malos.





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