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martes, 17 de diciembre de 2013

La procesadora de datos emocionales


EL CONTADOR DE SEGUNDOS
Procesadora de datos emocionales

@750palabras


Vivía contando los segundos de todos los eventos de su día. las horas de sueños, los  segundos perdidos, los pasos andados, ¡todo!

Una mañana caliente, en pleno segundo anillo, cuando el rojo lo frenó en seco, y el semáforo inteligente le dio la cuenta del tiempo que iba a permanecer allí, apostillado en su auto, soportando el sol quemante del casi mediodía, empezó a contar: 36, 35, 34, 33...y así hasta llegar al esperado verde para continuar por el carril derecho. Luego llegó el siguiente semáforo, y comenzó la misma cuenta, pero esta vez de memoria, mientras miraba al mimo que jugaba con cinco pelotas tiradas al aire, para que al final del conteo, reciba una moneda de regalo por semejante proeza.

Pasaron los días, pasaron los meses y Eduardo no se había dado cuenta que el hábito de contar todo,  segundo a segundo,  lo había desarrollado a tal punto que se tornaba obsesivo: sacaba las cuentas de gastos  diarios  una y otra vez, contaba los billetes que residían en su billetera y los quintos que tintineaban en el bolsillo, sumaba las veces que se levantaba por las noches:  él, su esposa y sus hijos. Los pitazos que daba el guardia en su ronda nocturna, llevaba las cuentas de las veces que los vecinos discutían.

10 segundos para esperar el elevador, 20 segundos para subir hasta el segundo piso, 5 segundos para que se abra la puerta. 4 pasos para llegar a la casa, dos vueltas a la llave de la entrada  principal, y 2 cucharadas de café con 4 y media de azúcar. Contaba los pasajeros en los micros, los postes de luz a su paso, los autos estacionados por cuadra, los quintos que recibía el loquito de la Avenida Brasil para recaudar para su pucho.

Nunca fue bueno para las matemáticas pero le gustaban: cuando estaba en el ciclo intermedio del colegio Mariscal Sucre, se desesperaba por pasar de la simple aritmética a hacer problemas de Algebra, lo miraba al Baldor como un libro desafiante, al cual quería vencer. Nunca lo hizo, su capacidad de concentración le impedía pasar la tarde completa traduciendo todos esos números amarrados por cuentas que al final del compendio de problemas matemáticos, los podía adivinar sin esforzarse mucho.

Un día malcriado, el profesor de matemáticas, le puso un cero tan grande, en su hoja de examen, que tuvo el temor de mostrarle a su padre, ese día comenzó a estudiar caligrafía para falsificar la firma de su progenitor: treinta años después, le  confesaría su astucia,  en una transacción cualquiera, cuando el hombre cansado de la vista, le pide firmar por él.

Guardaba  las cuentas de las mujeres que había llevado a la cama, las horas perdidas en los micros yendo y viniendo, los goles marcados en la canchas de los barrios de la ciudad. los libros leídos y las películas vistas. todo desordenado en un trajín diario que se acumulaba en su memoria.

Siempre pensó que en los números estaba la solución a todos los problemas habidos y por haber. La reducción de los errores, la contabilización de los éxitos, la simulación de una trayectoria en base a las estadísticas, ¡todo!; pero, lo que no entendía era, porque nunca llegaba a la cuenta final. la sumatoria de todos esos eventos, la transversalización de toda esa información no la había podido capitalizar.

Un día, en su locura de llevar todos esos datos a una máquina, decidió construir una procesadora de datos, que arroje como cuenta final, las veces que perdió y ganó,  haciendo la contabilización de esos números, una herramienta para entender, que más allá de contar y contar, está el entender, a cada paso, a cada segundo, lo que ocurre alrededor.

la matriz principal, el eje funcional, era su familia: la veces que le decía que los amaba, los momentos cuando más se enojaba, los días enfadado y las noches cansado de alegría. Los dientes de leche de sus hijos, las veces que repetía "te lo dije", los momentos tristes y los momentos alegres, los dejavuses y las repeticiones propia de la automatización de las cosas. Los "claro que si" y "los como no", los "te amo" y los "te odio". Las horas frente al monitor del televisor,  de la pc y de la tablet. Las fotos sacadas con el smartphone, los clics de "Me gusta" de las fotos subidas al facebook, y los tuit retuiteados por otros. Una interface de datos propio de la inteligencia emocional, vectores con líneas funcionales trazando las puntos de equilibrio cuando las ganancias son absolutas o las pérdidas devastadoras.

Al terminar la máquina, Eduardo, agarró su procesadora de datos emocionales, y la  encerró en una caja hermética, llena de claves de seguridad y la guardó en el fondo del mar de sus preocupaciones, como quien siembra una semilla para cosechar en el tiempo, los números perdidos de su vida.





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