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miércoles, 18 de diciembre de 2013

La persona más inteligente y más triste del mundo.

TONTA DE AMOR


@750palabras


Que chistoso es el cerebro, te puede hacer la persona más inteligente y más triste del mundo.

Cuando Ángela cumplió 10 años, le regalaron una muñeca tamaño gigante, cerraba los ojos y lloraba cuando le sacaban el chupete. Esa tarde, que jugaba a ser mamá de una niñita de plástico, al cruzar el umbral de un alambrado que rodeaba la casa apenas terminada, se rasgó la cara con el filo de la púa del alambre,  y le abrió una herida debajo de la mirada, que la acompañaría por el resto de su vida.

Cuando cumplió 15 años, en vez de fiesta,  se confirmó  en la catedral como fiel servidora católica, con su vestidito blanco, guantes y rosario en mano, emprendió  una marcha hacia la pubertad dolorosa, fingiendo no tener nada en el rostro. La tristeza se apoderó de ella.

El colegio lo pasó con elevados promedios, calificaciones propia de una estudiante  sobresaliente. Se aprendió los números romanos hasta el mil, la profesora de historia la adoraba, en lenguaje nunca tuvo problemas, peor en religión que se sabía al dedillo la cruces y los designios de los mandamientos.

Luego vinieron las clases en los institutos, las declaraciones forzosas de trabajo, las imaginarias sesiones amatorias lejos de casa, los piropos por la calle, caminando por la plaza, subiendo al microbús, dedicándose a pintar sonrisas amargas en los labios. Todo el mundo sabía que esa mirada con el rostro rasgado ocultaba algo, el misterio de lo incierto, el silencio de la tragedia, el terror de la mente.

Era un suplicio levantarse, caminar hasta el baño, abrir el grifo, mirarse al espejo;  el cerebro le había configurado una mirada devastadora, inescrupulosa y desacertada. Era una mentira cada día cuando decía que el problema que le había provocado esa cicatriz lo había planeado alguien malo. que alguien había pensado arruinarle la vida una y otra vez cada mañana. Todo un tormento, mares nefastos de pensamientos negativos golpeando contra su rostro.

En el pulpito, el cura clamaba, la iglesia se silenciaba y atormentada por la acusación escuchaba decir: "cada uno de nosotros somos dueños de nuestro destino, pero solo una persona te hará libre" La libertad pensó, ¿cuándo será el día que conozca la libertad? se preguntaba; se encontraba presa de una imagen, de un dolor que la cegó y le cambió la mirada; un simple evento, un hecho nutrido de imprevistos. ¿dónde estaba la libertad ese día para no haber elegido salir a jugar al patio, dejar la muñeca tirada y atrincherarme en mi cuarto?, rezaba en la iglesia una y otra vez.

Un veneno maldito tenía esa púa de alambre se decía, un virus infeccioso que desarrolló todo su potencial en el espíritu de su amargura, sentimiento aparte, involucrado con los designios mal entendidos de los mensajes bíblicos. ¡Sos tirana de tu mirada!, se repetía una y otra vez, ¡sos tirana porque no te permites ser feliz! se castigaba inexorablemente cada día. La repetición es una causa del cerebro, es esa maquinita que procesa todo lo que guardamos y ordena con comandos   en un computadora para procesar ordenes que aunque vayan en contra de uno, se ejecutan  una y otra vez. La inteligencia nunca es un factor de credibilidad de nada.

Como parte del castigo, el cerebro, influenciado por recuerdos machucantes de escenas de castigo, decidió enviarla al otro lado del mundo, a buscar el amor con alguien más triste que ella. Salió con las maletas llenas de esperanza, con el martirio detrás. Llegó a cruzar la frontera y se encontró con el destino, despiadado y maloliente, recurrió al aprendizaje de los vientos y los cometas y, se dejó llevar por las cauces del rio de la aventura. Se desnudó frente al espejo, se miró perdidamente, sin encontrar una herida más que la de su cara, y pensó, soy perfecta. tengo el agrado de presentarme ante ti, le dijo a su amante  improvisado y provisional, virgen y despojada de toda enseñanza perturbadora, de iglesia y colegio de convenio, para asegurarme ser tuya por un trance de mediodía.

Caminó por la vieja Europa, repasando en la mente las calles de su infancia, miraba en los vitrinales de las grandes tiendas en Madrid, la cicatriz que le había marcado la vida. Susurraba alegre, que prefería vivir tonta de amor, a inteligente en soledad. Emborrachada de tanta locura, se olvido de sus defectos y corrigió algunos comandos mentales que hacían a  su cerebro, su carcelero, proxeneta y demandante.

Cuando volvió, después de 2 años de autoexiliarse de sus pecados, se encontró de nuevo con ella misma, se miró y se reconoció, ¿Dónde estuviste? le reclamó, su imagen fragmentada de su niñez y adolescencia, seguían caminando alrededor de su mente.






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