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martes, 27 de agosto de 2013

LA CAÑOTO Avenue


LA CAÑOTO
Avenue

@750palabras

Cuando vivíamos por la (Av.) Cañoto, entre la (calle) Isabela católica y Charagua, la vida era apacible, hermosa, calmada. Las casas tenían patio, la avenida recién sellada con asfalto, los camellones llenos de árboles algodoneros y Toborochis.

Corrían los ochentas, cuando la revolución de la hiperinflación había pasado, cuando salíamos a la calle todavía se sentía el hedor de las botas de los militares y la hostilidad de la policía. La cárcel quedaba en el centro, a pocas cuadras de la plaza, y los cuarteles a pocos pasos del segundo anillo.

A la medianoche, los autos dejaban de pasar, y se escuchaba uno de vez en cuando; no era como ahora, que los autos no paran toda la noche. Las aceras eran "caminables", vivía pensando que era el paseo perfecto para la gente que le gustaba trotar bajo la luz de la luna; ahora, la vida es imposible de día y de noche, caminar a las cero horas, implica correr el riesgo de ser asaltado sin más remedio ni el auxilio que el de las sombras nocturnas. Todo puede ocurrir.

Aunque en esos tiempos, después de que pasó el turbión como si fuera parte de la ladera del río Piray, las cosas se fueron empeorando poco a poco, ese lapso de años (80´s), fueron los mejores para esa parte de la ciudad.

Los vecinos se conocían, sus hijos jugaban al fútbol en los jardines centrales, los negocios eran rentables, los bicicleteros colgaban sus bicis viejas y nuevas para alquilar. Estaba el silpanchero, el gomero de Don Santos, la familia Becerra que su casa quedaba en la mitad de la esquina y salía hasta la otra cuadra adyacente.

Nosotros teníamos un árbol inmenso plantado en el patio, recibía a los visitante con sus hojas grandes cargadas de resinas con las cuales hacíamos bolas de goma, que rebotaban hasta el techo donde al final se perdían, También teníamos un perro llamado Bobby, que nació el mismo año que mi hermano mayor (61), que había vivido en el campo toda su vida, y de pronto lo hicieron citadino; de andar por los cañaverales, pasó a andar en las pollerías de los vecinos, restaurantes administrados por asiáticos. Las ventas (pulpería) eran caseras, las puertas se abrían hacia arriba quedándose como una especie de toldo, media agua.

Pero esa tranquilidad poco a poco se desvanecía. Tres eventos marcaron mi indolencia pueril y sacaron a relucir la intranquilidad de mi madre para con el lugar.

La primera fue cuando Percy (15), el nieto de Don Joaquín y la señora Nancy, después de ver muchas películas de Bruce Lee, en una intrépida jugada de fútbol en el camellón central de la avenida, actuó como tal, se lanzó hacia la pelota que se metía debajo de los autos, corriendo y salvándola; en consecuencia, un Datsun rojo, lo levantó de un golpe, cayendo en el capot y rebotando en el asfalto caliente de esa hora.

El segundo evento que me fue cambiando la visión del lugar, fue el asalto a la familia Valdivia, que vivían en la esquina, aprovechando que tenían espacio para poner un restaurante, dejaron cocinando unas salchichas para vender panchitos afuera del lugar; cerca de la medianoche, unos jovenzuelos pasados de copa, agarraron la tira de embutidos y corrieron con ellos como perros asaltando la carnicería; no tomaron en cuenta que el hermano mayor de los Valdivia había salido campeón departamental de lucha libre y que tenía una fuerza descomunal, a pesar de su tamaño (1.60 mts). No corrió más de 30 metros el avezado ladrón: sintió que lo agarraban del cuello, lo tiraban al piso y le ponían la bota texana en la cara. Los golpes se escucharon tan fuerte, que los vecinos salieron a ver la lucha libre afuera de la casa. Lo tiraba al piso, lo levantaba de nuevo, lo dejaba caer poniéndole la bota en la  oreja.


El tercer evento que no dejó que duerma durante mucho tiempo, sin poder cerrar los ojos y cargar esa imagen, fue cuando atropellaron a un anciano a pocos metros de la casa. Los autos, al no haber demasiado tráfico en el horario nocturno y a la falta de existencia de un semáforo como los hay ahora, pasaban corriendo a más de cien por hora, esa noche, para desgracia del infortunado anciano, que se prestaba a cruzar la avenida, tuvo la mala suerte de no ver el bólido, quemando llantas y desaforado, embestirlo sin gana y gracia. Su cuerpo se elevó por lo cielos y su cabeza fue a golpearse precisamente al filo de la acera. Sus sesos salpicaron en la jardinera y el silencio de la noche quedó contrastado con el frenazo de las llantas del auto, que al segundo de lo sucedido, emprendió viaje nuevamente para perderse en el olvido.

Hoy en día, caminar por la (av) Cañoto, es toparse con un nido de prostitutas y travestis ofreciendo sus servicios amatorios, peleándose el lugar; es enfrentarse con los palomillos, cleferos o carteristas que deambulan perdidos sin saber que hacer. Es arriesgarse a ser víctima de las trancaderas, de los malos olores de los restaurantes que aun ofrecen pollo a la brasa y a la broasted altamente tóxicos.

Sigue el viejo Pollo Moderno, los budines y mocochinchis del Kiosco Beni, la ventita de la esquina llamada "La Tapera" y los recuerdos de aquel lugar apacible que  un día fue.


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