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miércoles, 26 de junio de 2013

Las oficinas del olvido

Las oficinas son lugares encerrados donde la gente escribe, piensa y olvida. El paso del tiempo es tortuoso y casi siempre conlleva una pesadumbre. El escribir en estos lugares es un acto pagado, deshecho, pasado por un mar de lágrimas. Es un acto que no tiene alma, que se hace con los pies, que se piensa pero se olvida. Es un mecanismo de olvido total. Cuando la gente entra a las oficinas, las letras son adornos incómodos. Casi siempre están atiborradas en los estantes con un montón de cartapacios y objetos que no tienen ningún valor, como las cajas fuertes, los sellos, las sillas giratorias. Todas las palabras escritas en esos lugares son sacados de la lujuria, del pensamiento ultrajado. Las palabras se sienten obstruidas y no dejan paso al romanticismo, a la buena letra, al orden ideológico, a la fe cristiana. Es una monotonía que sucede mientras pasa el tiempo desmedido.

Benedetti, Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia, (Paso de los Toros, Uruguay, 14 de septiembre de 1920  Montevideo, Uruguay, 17 de mayo de 2009) más conocido por sus poemas de escritorio, logró diseñar una estructura lingüística en base a las oficinas. Esos lugares pusilánimes, los convirtió en escenas de amor, de pasión, de locura infinita. Febrero de 1958, un viudo dedicado a los números, enterrado en una oficina, vive de recuerdos del amor de su vida que en paz descanse; entra suntuosa, con las caderas ceñidas por el uniforme de oficina, llega Laura y se sienta para enamorarle infinitamente. La historia de Martín Santomé, descifra al hombre que el autor encontró en una oficina cualquiera. Entre memorándum y planillas de ausencias de empleados, entre informes de ventas finales y cuentas por cobrar, la oficina se abre al espectro de las letras pero de manera ambigua. Donde mejor se lleva es en las notarías, allí encuentran historias que son inverosímiles, también en los juzgados, en los de la defensoría de la mujer duermen muchas historias en el archivador amarillo rápido, en el palacio de justicia, la redacción de memoriales sucumben a las palabras, dejan sus últimos alaridos de sensatez para convertirse en penas y culpas del ciudadano juzgado por mil quinientas pesetas del alma.


Cuando las oficinas se convierten en lugares donde el enamoramiento surge de manera espontánea, aumentan los mensajitos secretos, en “post it” improvisados, encubiertos con un clip que lo delata al final, enviados en papeles membretados mal impresos, y descifrados por los compañeros de trabajo que no entienden como un titular de página pueda tener un corazoncito dibujado con lápiz labial. Las oficinas se han convertido en lugares de cacería para los solteros, lugares donde encuentran el espacio ideal para hacer el amor, encima de la fotocopiadora, en la cocina escondida al final del pasillo, en la oficina del jefe, en la mesa de reuniones de directorio. Allí surgen nuevas historias de amor que al final el escritor las aprovecha, pero más aún el que atestigua lo vivido en prosa oficinista. “La encontré sentada en recepción, el olor a cigarro penetrado en las alfombras, me hizo olvidar bajarme en el piso ocho, tú estabas sentada frente al comerciante de la calle mayor que venía a realizar su ingreso de mercadería, tú le hacías el informe de entrada por almacenes, sonó el teléfono piloto, el guardia se incomodó al verme mirarte fijamente, el silencio se ensañó contra nosotros en el mostrador.”

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